Élder Dale G. Renlund: Un siervo obediente
    Notas al pie de página

    El élder Dale G. Renlund: Un siervo obediente

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    Izquierda: Fotografía en la oficina, por Tom Smart, Deseret News; fotografía saludando a una mujer, por Joy Basso.

    La vida de Dale y Ruth Renlund no podía ser más ajetreada; tenían casi treinta años de edad y vivían en Baltimore, Maryland, EE. UU. Dale había finalizado sus estudios de Medicina en la Universidad de Utah, y Ruth y él se habían mudado al otro extremo del país para realizar una exigente y prestigiosa residencia médica en la Facultad de Medicina Johns Hopkins. Tenían una hermosa hija, Ashley. Ruth, su querida esposa, se estaba sometiendo a un tratamiento contra el cáncer, y Dale había aceptado obedientemente un llamamiento para servir como obispo.

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    Fotografías cortesía de la familia Renlund, salvo donde se indique lo contrario; retrato © Busath.com; fondo de iStock/Thinkstock.

    En ocasiones, cuando visitaba a los miembros del barrio, Dale llevaba consigo a Ashley. Un día visitaron a un miembro menos activo. “Estaba seguro de que nadie sería capaz de negarle la entrada a la adorable niña que me acompañaba”, recuerda el élder Renlund. Llamó a la puerta de un hombre que antes había rechazado airadamente al consejero del obispo Renlund.

    Cuando abrió la puerta, el hombre, que era tan grande que abarcaba todo el marco de la puerta, lanzó al obispo Renlund una mirada furiosa. La pequeña Ashley, de cuatro años, exclamó: “Bueno, ¿podemos entrar o no?”.

    Sorprendentemente, el hombre respondió: “Supongo que sí… Pasen”.

    Una vez sentados, el hombre le dijo al obispo Renlund que no creía que la Iglesia fuera verdadera, ni tampoco creía en Jesucristo. Continuó hablando con enojo mientras Ashley jugaba con un juguete. Finalmente, ella se bajó de la silla, se acercó a su padre y le dijo al oído, pero en voz alta: “Papi, dile la verdad”.

    Y él así lo hizo. El obispo Renlund compartió su testimonio con el hombre. Él recuerda: “La actitud de aquel hombre se suavizó y el Espíritu entró en su hogar”.

    Ahora, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, el élder Renlund tiene la oportunidad de decir al mundo entero la verdad (véase D. y C. 107:23). “El gozo más grande se siente”, dice el élder Renlund, “al ayudar a llevar la expiación de Cristo a la vida de las personas en cualquier lugar. Creo que este llamamiento me da la oportunidad de hacerlo en mayor escala, en más lugares, como testigo de Cristo a todo el mundo”.

    Herencia escandinava

    Dale Gunnar Renlund nació en Salt Lake City, Utah, EE. UU, el 3 de noviembre de 1952. Sus hermanos y él crecieron hablando sueco. Su madre, Mariana Andersson, era de Suecia; y su padre, Mats Åke Renlund, procedía de una ciudad de habla sueca al oeste de Finlandia. Emigraron de Suecia a Utah en 1950.

    Los padres de Dale se conocieron en la Iglesia en Estocolmo y, cuando decidieron casarse, tomaron la determinación de hacerlo solamente en el templo. Dado que en aquel tiempo no había templos en Europa (el Templo de Berna, Suiza, se dedicó en 1955), la pareja viajó a Utah a fin de sellarse en el Templo de Salt Lake.

    La hermana del élder Renlund, Linda C. Maurer, que es siete años más joven, explica que, al crecer, cada uno de los cuatro hijos “reconoce cuán extraordinarios y fieles fueron sus padres para dejar su patria, sin conocimiento del idioma inglés y con muy poco apoyo, a fin de gozar de las bendiciones del Evangelio y del matrimonio en el templo”.

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    Cuando Dale tenía once años, su padre, un hábil carpintero y constructor, fue llamado a servir durante tres años en Suecia como misionero de construcción. La familia vivió en Helsinki, Finlandia, y en Gotemburgo, Suecia. Asistían a una pequeña rama de la Iglesia, y los niños iban a escuelas públicas suecas. La hermana de Dale, Anita M. Renlund, que es un año más joven que su hermano, recuerda una de las dificultades de aquella transición: “Al principio fue un choque para nosotros porque, aunque hablábamos sueco en casa, no conocíamos la gramática ni la ortografía del idioma”.

    Cuando era niño, Dale tuvo una experiencia que fortaleció su testimonio después de leer el Libro de Mormón. El presidente de misión en Suecia había invitado a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico a leer el Libro de Mormón, por lo que el hermano mayor de Dale, Gary, que en aquel entonces tenía doce años, aceptó el desafío. Dale, que tenía once años, también lo aceptó. Después de leer el Libro de Mormón, oró y preguntó si era verdadero. El élder Renlund recuerda: “Tuve una clara impresión: ‘Todo este tiempo te he estado diciendo que es verdad’. Aquella fue una experiencia extraordinaria”.

    Dale y sus hermanos —Gary, Anita y Linda— recuerdan que cuando la familia regresó a los Estados Unidos, continuaron hablando y orando en sueco. También recuerdan el enorme énfasis que sus padres ponían en el conocimiento de las Escrituras. Decían: “La mejor forma de plantear cualquier asunto a nuestros padres era por medio de las Escrituras”. Anita bromea: “En nuestra familia, conocer las Escrituras era una técnica de supervivencia; no era algo opcional”.

    Curiosamente, Gary y Dale fueron llamados a servir en la Misión Sueca al mismo tiempo. Nunca fueron compañeros, pero los dos pudieron usar su conocimiento de la lengua sueca para servir al Señor como misioneros durante más de dos años. El élder Renlund describe su misión como mucho trabajo, pero una experiencia maravillosa: “Fue algo que cambió mi vida en lo que respecta a mi compromiso y mi determinación de hacer lo mejor que pudiera por ser un discípulo de Cristo”.

    La bendición más extraordinaria

    Tras regresar de su misión en 1974, Dale asistió a la Universidad de Utah. Fue un estudiante excelente y obtuvo una licenciatura en Química. Sus hermanos y amigos más cercanos recuerdan su capacidad, su concentración, su dedicación y su compromiso ante cada tarea; rasgos que continúa poniendo de manifiesto. Gary exclama: “¡Es el hombre más trabajador que he visto!”.

    En su barrio, Dale conoció a una joven llamada Ruth. Era hija de un miembro de la presidencia de estaca, Merlin R. Lybbert, quien posteriormente prestó servicio como Setenta. Dale recuerda que se armó de valor para pedirle a Ruth que saliera con él, pero ella se negó; sin embargo, cuando volvió a intentarlo algunos meses después, aceptó. La versión de Ruth es un poco diferente. Ella recuerda que, cuando él habló de su misión en una reunión sacramental, le causó una buena impresión. Se fueron conociendo mejor y ella se puso muy contenta cuando él la invitó a salir, pero debido a que tenía un compromiso con otra fiesta, tuvo que declinar la invitación. Cuando él la volvió a invitar en otra ocasión, ella aceptó encantada.

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    Izquierda: Fotografías por Kristen Murphy, Deseret News; fotografía del día de su boda © Newman Photography.

    Dale y Ruth se casaron en 1977 en el Templo de Salt Lake, mientras él asistía a la Facultad de Medicina de la Universidad de Utah y ella daba clases en South High School, también en Salt Lake City. “Aparte de la decisión de ser activo en la Iglesia”, afirma el élder Renlund de manera inequívoca, “casarme con Ruth ha sido lo más extraordinario de mi vida”. Su hija, Ashley, nació una semana después de que el élder Renlund se graduara de la facultad de Medicina, en 1980.

    Posteriormente, el élder Renlund tuvo el honor de ser aceptado en el Hospital Johns Hopkins, su primera opción para continuar con su formación médica. La familia se mudó a Baltimore, Maryland, donde él pasó a formar parte del personal médico del hospital.

    Progresar mediante las pruebas

    En octubre de 1981, a la hermana Renlund se le diagnosticó un cáncer de ovarios, y se sometió a dos cirugías y nueve meses de quimioterapia. Mientras se esforzaba por cuidar de Ruth y de su hija, recuerda el élder Renlund, “sentía un gran dolor, y parecía que mis oraciones no llegaban a los cielos”.

    Cuando llevó a Ruth a casa del hospital, ella estaba muy débil, pero querían orar juntos. Él le preguntó a la hermana Renlund si quería hacer la oración. “Sus primeras palabras fueron: ‘Nuestro Padre Celestial, te damos gracias por el poder del sacerdocio que hace que, no importa lo que suceda, podamos estar juntos para siempre’”.

    En ese momento, él se sintió especialmente cerca de su esposa y de Dios. “Lo que antes había entendido con la mente en cuanto a las familias eternas, ahora lo entendía con el corazón”, explica el élder Renlund. “La enfermedad de Ruth cambió el curso de nuestra vida”.

    Para dejar de pensar en la enfermedad, la hermana Renlund decidió asistir a la facultad de Derecho. “Simplemente pensé: ‘Esto solo será una mala experiencia a menos que hagamos algo bueno de ello’”, dice la hermana Renlund. “No estaba en nuestros planes que yo tuviera cáncer siendo tan joven, ni que tuviéramos solo una hija. No sabíamos por seguro si yo sobreviviría, pero sentimos que ir a la facultad de Derecho era lo correcto”.

    Ella prosiguió sus estudios al mismo tiempo que seguía con el tratamiento para su enfermedad y su esposo realizaba su residencia.

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    Obispo en las zonas marginales de Baltimore

    En la época de transición entre los tres años como parte del equipo del centro médico y su especialización en cardiología, al élder Renlund lo entrevistaron para ser obispo del Barrio Baltimore. Brent Petty, quien en aquel entonces era primer consejero de la Estaca Maryland, Baltimore, recuerda la entrevista. Tanto él como el presidente de estaca, Stephen P. Shipley, sintieron “la fuerte influencia del Espíritu Santo” mientras lo entrevistaban.

    El hermano Petty recuerda que “él fue un magnífico obispo” a pesar de los desafíos profesionales y familiares que afrontaba. Cuando el año pasado el élder Renlund recibió su llamamiento al Cuórum de los Doce Apóstoles, el hermano Petty señala que los miembros del Barrio Baltimore, así como los colegas médicos del élder Renlund —la mayoría de los cuales no son Santos de los Últimos Días—, se alegraron mucho y expresaron su amor por él, su admiración por el servicio que prestó y por su excepcional carácter moral.

    Carreras distinguidas

    En 1986, después de que la hermana Renlund se graduara en la Facultad de Derecho de la Universidad de Maryland y el élder Renlund finalizara su programa de tres años de residencia en medicina interna y sus tres años de especialización en cardiología, regresaron a Utah. La hermana Renlund comenzó a ejercer la abogacía en la Fiscalía General de Utah, y el élder Renlund llegó a ser profesor de Medicina en la Universidad de Utah. Durante dieciocho años fue director médico del Programa de Trasplantes de Corazón de los hospitales afiliados de Utah.

    Además, en el año 2000 llegó a ser director del Programa de Tratamiento y Prevención de Insuficiencias Cardíacas en el Intermountain Health Center, en Salt Lake City. Ese programa incluía el implante de válvulas cardíacas y de corazón artificial completo. El doctor Donald B. Doty, reconocido cardiocirujano a nivel internacional, fue colega y amigo del doctor Renlund en el Hospital LDS. El doctor Doty explica: “Su excelente formación, su detallado enfoque, su capacidad administrativa y su compasión eran extraordinarios”.

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    El doctor A. G. Kfoury, un católico devoto que trabajó hombro a hombro con el doctor Renlund durante muchos años, afirma que el doctor Renlund era el principal cardiólogo en trasplantes de la región, y que era “de carácter, integridad, humildad y compasión sin igual”. Dice que el doctor Renlund “hacía que las personas manifestaran lo mejor de sí; y lo hacía discretamente. Escuchaba con atención, le importaba lo que tenían que decir y estaba enormemente interesado en el éxito de aquellos que trabajaban con él”. El doctor Renlund dirigía con calma, mediante el ejemplo; y siempre se interesaba por las familias de sus compañeros de trabajo.

    El doctor Kfoury destaca particularmente la compasión del doctor Renlund hacia los pacientes. Por ejemplo, si un paciente no tenía medio de transporte, el doctor Renlund conducía largas distancias hasta la casa del paciente, lo cargaba hasta su auto y luego lo llevaba al hospital. El doctor Kfoury dijo que aquello era extraordinario.

    Prestar servicio en los Setenta

    Después de servir como presidente de estaca durante cinco años en la Estaca Uno de la Universidad de Salt Lake, en el año 2000 el élder Renlund fue llamado a servir como Setenta de Área en el Área Utah. Más adelante, en abril de 2009, fue llamado como Setenta Autoridad General. Su primera asignación fue servir en la presidencia del Área África Sureste, que cuenta con unidades de la Iglesia en veinticinco países.

    La hermana Renlund comparte cuál fue la reacción de ellos ante este llamamiento: “Fue una sorpresa, desde luego. La gente nos ha dicho: ‘Van a dejar sus carreras cuando están en la cima’. Y probablemente sea verdad; pero si el Señor necesita la cima de nuestras carreras, y ahora es cuando podemos ser útiles, entonces es el momento de ir”.

    Al hablar de su esposa como su héroe, el élder Renlund dice: “Ella hizo el sacrificio más grande”. La hermana Renlund dejó su empleo como presidenta de su bufete de abogados y dejó cargos en prominentes juntas directivas para prestar servicio con él. “Se nos envió a África, y los santos nos enseñaron lo que realmente importa”, dice el élder Renlund.

    Un domingo, en la parte central de Congo, les preguntó a los miembros cuáles eran los desafíos que afrontaban; pero a ellos no se les ocurría ninguno. Les volvió a preguntar y, finalmente, un hombre anciano que se encontraba al fondo de la sala se levantó y dijo: “Élder Renlund, ¿cómo podríamos tener desafíos si tenemos el evangelio de Jesucristo?”. Al reflexionar en aquella experiencia, el élder Renlund explica: “Yo quiero ser como esos santos congoleños, que oran cada día para tener alimentos, que están agradecidos por los alimentos y están agradecidos por sus familias. No tienen nada, pero lo tienen todo”.

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    Mientras prestó servicio durante cinco años en la Presidencia de Área, el élder Renlund viajó miles de kilómetros a través de la vasta Área África Sureste para visitar a los miembros y a los misioneros. Estudió francés, pues es el idioma que se habla en varios de esos países.

    El élder Jeffrey R. Holland, que en aquel entonces era el miembro de los Doce asignado a trabajar con la presidencia del Área África Sureste, dice del élder Renlund: “Nadie se podría haber entregado más al Área, a su gente y a las necesidades de ellos, que el élder Renlund. Trabajó incesantemente para conocer a las personas, para amar sus culturas y ayudar a los Santos a avanzar hacia la luz de la redención”.

    Llamado a ser un testigo especial

    El 29 de septiembre de 2015 recibió una llamada inesperada de la Oficina de la Primera Presidencia. En el Edificio Administrativo de la Iglesia, “el presidente Thomas S. Monson y sus dos consejeros me recibieron afectuosamente y, después de sentarnos, el presidente Monson me miró y me dijo: ‘Hermano Renlund, le extendemos el llamamiento de servir como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles’”.

    El élder Renlund se quedó atónito. Humildemente aceptó el llamamiento, y recuerda: “Creo que el presidente Monson se dio cuenta de que me había quedado helado, así que me miró y me dijo: ‘Dios lo ha llamado; el Señor me lo ha hecho saber’”.

    El élder Renlund regresó a su oficina, cerró la puerta y se arrodilló en oración. Cuando se hubo calmado, llamó a su esposa. “Su reacción fue de extremo asombro”, explica, “pero de compromiso absoluto hacia el Señor, hacia Su Iglesia y hacia mí”.

    Su hija, Ashley, reconoce: “Mi padre se ha destacado gracias a la bendición de los cielos, y ha sido preparado para este llamamiento a lo largo de toda una vida de servicio. Tiene un corazón grande que está lleno de amor”.

    De manera similar, el hermano del élder Renlund, Gary, dice que el élder Renlund “fue preparado durante mucho tiempo para el llamamiento que ha recibido, tanto por medio de desafíos como a través del servicio. Esto forma parte del gran plan que ha sido establecido, y para mí es fácil sostenerlo”.

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    Izquierda: Fotografía en la oficina, por Tom Smart, Deseret News; fotografía saludando a una mujer, por Joy Basso.

    Al reflexionar en la magnitud del llamamiento, el élder Renlund dice: “No me siento calificado, salvo por el hecho de que sé que Jesucristo es el Salvador del mundo. Puedo dar testimonio de Su realidad viviente, de que Él es mi Salvador y el Salvador de ustedes. Sé que eso es verdad”.