2010
Para ir al templo
Julio de 2010


Para ir al templo

Chhom Koemly, Camboya

Desde que nos bautizamos en 2001, mi esposo y yo conversamos muchas veces acerca de viajar al templo con nuestra familia para sellarnos juntos por la eternidad. Sin embargo, nuestros planes se interrumpieron cuando a él, tras diagnosticarle enfermedad del hígado, falleció antes de que pudiéramos ir.

Después de la muerte de mi esposo tenía el corazón destrozado, pero mi deseo de que nuestra familia estuviera sellada por la eternidad era cada vez mayor. Sin embargo, además de viuda era madre de cuatro hijos, sabía que no sería fácil ahorrar el dinero que necesitaba para llevar a mi familia desde Camboya hasta el Templo de Hong Kong, China, aproximadamente a 1.600 kilómetros de distancia.

A pesar de nuestros exiguos ingresos, mis hijos y yo sabíamos que debíamos llegar al templo para ser sellados como familia por la eternidad. Yo seguí trabajando arduamente en la lavandería de un hotel y mis hijos tenían trabajos esporádicos; poco a poco, comenzamos a ahorrar un poco de dinero para nuestro viaje, pero en seguida nos dimos cuenta de que quizá nunca llegaríamos a tener suficientes ahorros.

Como sabíamos que una familia eterna era mucho más valioso que cualquier cosa que pudiéramos tener en la tierra, decidimos vender la única cosa de valor que teníamos: la motocicleta de mi difunto esposo. Después de haberla vendido por una considerable suma de dinero, nuestros corazones se regocijaron al saber que pronto podríamos sellarnos a nuestro amado padre y esposo.

Pero la felicidad nos duró poco. Una semana después de haber vendido la motocicleta, regresamos de la capilla y nos encontramos con que habían entrado a robarnos. Cuando nos dimos cuenta de que había desaparecido el dinero de la venta de la motocicleta, nos invadió un profundo dolor. Durante meses después del robo, seguimos suplicando poder encontrar una manera de ir al templo.

Varios meses más tarde, nuestras oraciones fueron contestadas: nos dijeron que el Fondo general de la Iglesia de ayuda para los participantes al templo* podía ayudarnos. Mis hijos y yo nos regocijamos por la noticia y poco después hicimos el viaje al templo que tanto habíamos estado esperando.

Gracias a la generosidad de otros Santos de los Últimos Días, ahora somos una familia eterna.