Ésta, la más grandiosa de todas las dispensaciones
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    Ésta, la más grandiosa de todas las dispensaciones

    Deseo hablarles de la continua ansiedad que se percibe en el mundo y de algunos de los problemas a los que nos enfrentamos. Desde el 11 de septiembre de 2001, los acontecimientos internacionales y el nuevo y extendido uso de la palabra terror han provocado gran temor y alarma entre nosotros. Soy consciente de que muchos de ustedes se han preguntado qué relación guarda todo esto con el fin del mundo y con lo que les pasará en él. Muchas personas han preguntado: “¿Es ésta la hora de la segunda venida del Salvador y de todo lo que se ha profetizado en torno a ella?”.

    De hecho, no mucho después del 11 de septiembre, un misionero me preguntó con total sinceridad y lleno de fe: “Élder Holland, ¿son éstos los últimos días?”. Presencié la gravedad de su rostro y algo de temor en los ojos. Le dije: “Sí, élder, estamos en los últimos días, pero no hay nada nuevo al respecto. La prometida segunda venida del Salvador comenzó con la primera visión del profeta José Smith en 1820. Podemos tener la certeza de que nos hallamos en los últimos días, años y años de últimos días”. Le estreché amistosamente la mano y me despedí. Él sonreía; se le veía más tranquilo después de contextualizar todo aquello y, al marcharse, parecía caminar con la cabeza un poco más erguida.

    Me apresuro a decir que entiendo lo que me estaba preguntando aquel joven. Su verdadera pregunta era: “¿Podré terminar mi misión? ¿Tiene caso que siga adelante con mis estudios? ¿Puedo abrigar la esperanza de casarme? ¿Tengo futuro? ¿Podré ser feliz?”. Les digo a ustedes lo que le dije a él: “Un sí rotundo a todas esas preguntas”.

    En cuanto a cuándo será el momento exacto de la triunfante y de todos conocida Segunda Venida y de sus conmovedores sucesos, lo desconozco. Nadie lo sabe. El Salvador dijo que ni aun los ángeles del cielo lo sabían (véase Mateo 24:36).

    Deberíamos buscar las señales, vivir lo más fielmente que nos sea posible y compartir el Evangelio con todas las personas a fin de que sus bendiciones y su protección estén al alcance de todo el mundo. Pero no nos paralicemos porque ese evento y los demás relacionados con él aún están por acontecer. No podemos dejar de vivir; de hecho, debiéramos vivir más plenamente que nunca. Después de todo, ésta es la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

    Tengan fe, y no temor

    A aquellos que se hallen consternados por lo que nos depara el futuro, deseo decirles sólo un par de cosas, y lo hago con amor y desde mi corazón.

    Primero, jamás debemos permitir que el padre del miedo (el mismo Satanás) nos aparte de nuestra fe y nos impida ser fieles. Toda persona de toda época ha tenido que caminar por la fe hacia lo que siempre ha albergado cierta incertidumbre. Ése es el plan. Simplemente sean fieles; Dios está al mando. Él sabe quiénes son y conoce sus necesidades.

    Fe en el Señor Jesucristo, ése es el primer principio del Evangelio. Debemos seguir adelante. Dios espera que tengan la suficiente fe, determinación y confianza en Él para seguir adelante, seguir viviendo y seguir regocijándose. Él espera que no se limiten a simplemente encarar el futuro, sino que lo reciban y lo amolden, que lo amen, se regocijen en él y se deleiten en las oportunidades que se les presenten.

    Dios aguarda ansiosamente el tener la oportunidad de contestar sus oraciones y de hacer realidad sus sueños, como lo ha hecho siempre. Pero no podrá hacerlo si ustedes no oran, si no sueñan. En resumen: No puede hacerlo si no creen.

    Dos pasajes consoladores

    Tengo aquí dos pasajes de las Escrituras que van dirigidos a aquellos que viven en tiempos peligrosos.

    El primero se halla en la sección 101 de Doctrina y Convenios, una revelación que se recibió mientras los santos que se habían congregado en Misuri estaban padeciendo terrible persecución. Me atrevo a decir que aquél fue el periodo más difícil y peligroso —y permítanme agregar “aterrador”— que, hasta ese momento, había conocido la Iglesia.

    Pero a pesar de lo temible de la situación, el Señor dijo a Su pueblo:

    “Consuélense, pues, vuestros corazones en lo concerniente a Sión, porque toda carne está en mis manos; quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios.

    “Sión no será quitada de su lugar, a pesar de que sus hijos han sido esparcidos.

    “Los que permanezcan y sean de corazón puro volverán a sus heredades, ellos y sus hijos, con cantos de gozo sempiterno, para edificar los lugares asolados de Sión;

    “y todas estas cosas para que se cumplan los profetas” (D. y C. 101:16–19).

    Consuélense, pues, sus corazones en lo concerniente a Sión; y recuerden la definición más fundamental que jamás se haya dado de Sión: Los “puros de corazón” (D. y C. 97:21). Si conservan sus corazones puros, ustedes, sus hijos y sus nietos cantarán cantos de gozo sempiterno mientras edifican Sión, y no serán quitados de su lugar.

    El otro pasaje que deseo compartir es del Salvador; son unas palabras que dirigió a Sus discípulos antes de la Crucifixión cuando ya ellos sentían temor y padecían confusión y persecución. El último consejo colectivo que les dio durante Su ministerio terrenal fue: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

    De modo que, en un mundo atribulado, recordemos nuestra fe. Recordemos también las demás promesas y profecías que hemos recibido, todas las que son tranquilizadoras, y vivamos más plenamente, con más audacia y valor que en cualquier otra época.

    Cristo ha vencido al mundo y nos ha preparado el camino; Él nos ha dicho a los que vivimos en esta época: “Por tanto, ceñid vuestros lomos y estad apercibidos. He aquí, el reino es vuestro, y el enemigo no triunfará” (D. y C. 38:9).

    Tres citas proféticas

    Todo esto desemboca en el segundo punto que deseo abordar sobre la época que nos ha tocado vivir. Nos presentamos sobre el escenario de la vida terrenal en la dispensación más grandiosa jamás concedida al género humano y necesitamos sacarle el mayor partido posible.

    Ésta es una de mis citas favoritas del profeta José Smith (1805–1844): “El establecimiento de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular. Han mirado adelante, con gloriosa expectación, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de esta época… Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días”1.

    Consideren la siguiente y similar afirmación del presidente Wilford Woodruff (1807–1898): “El Todopoderoso está con este pueblo. Tendremos todas las revelaciones que necesitemos si cumplimos con nuestro deber y obedecemos los mandamientos de Dios… Mientras viva, deseo cumplir con mi deber; deseo que los Santos de los Últimos Días cumplan con su deber… Su responsabilidad es grande y poderosa. Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos contemplan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo. Nos encontramos reunidos… por el poder y el mandamiento de Dios. Estamos efectuando la obra de Dios… Cumplamos con nuestra misión”2.

    Por último, quisiera compartir las siguientes palabras del presidente Gordon B. Hinckley, nuestro profeta actual, que nos guía a través de los difíciles momentos del presente: “Nosotros, los de esta generación, somos la última cosecha de todo lo que nos ha antecedido. No es suficiente sólo ser conocidos como miembros de esta Iglesia; sobre nosotros descansa una solemne obligación; aceptémosla y esforcémonos por llevarla a cabo.

    “Debemos vivir como verdaderos discípulos del Cristo, con caridad hacia todos, haciendo bien por el mal que recibamos, enseñando por medio del ejemplo los caminos del Señor y llevando a cabo el extenso servicio que Él nos ha señalado.

    “Que vivamos dignos del glorioso don de luz, entendimiento y verdad eterna que hemos recibido a través de los peligros del pasado. De alguna manera, de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles”3.

    Durante un representativo periodo, nuestros profetas no se han centrado en el terror de los tiempos en que vivieron, ni en las nada halagüeñas situaciones de los últimos días en los que vivimos; antes bien, decidieron hablar de la oportunidad, de la bendición y, sobre todo, de la responsabilidad de aprovechar los privilegios que se nos han concedido en ésta, la más grandiosa de todas las dispensaciones. Me encanta cuando el profeta José Smith dice que los profetas, reyes y sacerdotes del pasado “han mirado adelante, con gloriosa expectación, hacia el día en que ahora vivimos… y… han cantado, escrito y profetizado acerca de esta época”. ¿De qué se gloriaban? Les aseguro que no estaban pensando en el terror ni en la tragedia. El presidente Woodruff dijo: “Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos contemplan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo”. Permítanme repetir también las palabras del presidente Hinckley: “A través de los peligros del pasado… de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles”.

    No sé cómo les hace sentir todo esto, pero en lo que a mí respecta, de repente desaparece toda ansiedad innecesaria sobre la época que nos ha tocado vivir y me siento humilde, espiritualmente conmovido y motivado por la oportunidad que se nos ha concedido. Dios cuida de Su mundo, de Su Iglesia, de Sus líderes y, ciertamente, cuida de ustedes. Asegurémonos de ser “puros de corazón” y de ser fieles. Cuán bendecidos serán. Cuán afortunados serán sus hijos y sus nietos.

    Piensen en la ayuda que hemos recibido para llevar la luz del Evangelio a un mundo en tinieblas. Contamos con cerca de 53.000 misioneros, muchos más que en cualquier otra época. ¡Y esa cifra se repite cada dos años gracias a los jóvenes que reemplazan a los que regresan a casa! Pero aún se necesitan más.

    Hace unos 2.000 años más o menos, había un solo templo en el Antiguo Mundo y dos o tres en toda la historia del Libro de Mormón, pero en la actualidad ¡los templos se multiplican con tanta rapidez que apenas podemos contarlos!

    Súmenle el milagro tecnológico de las computadoras, que nos ayudan a documentar nuestra historia familiar y efectuar las ordenanzas de salvación por nuestros antepasados fallecidos; súmenle el transporte moderno, que permite a las Autoridades Generales dar la vuelta al mundo y testificar del Señor en persona a todos los santos y en toda nación; súmenle también a todo esto que allí adonde no podemos ir, podemos “enviar”, como dicen las Escrituras, las transmisiones vía satélite (véase D. y C. 84:62).

    A todo esto súmenle elementos como la educación, la ciencia, la tecnología, la comunicación, el transporte, la medicina, la alimentación y la revelación, y entonces comenzaremos a entender a qué se refería el ángel Moroni cuando le dijo repetidas veces al joven profeta José Smith, citando a Joel, un profeta del Antiguo Testamento, que en los últimos días Dios derramaría Su Espíritu sobre “toda carne” y que todo el género humano sería bendecido por la luz que iluminaría todos los aspectos del conocimiento como parte de la restauración del evangelio de Jesucristo (Joel 2:28; cursiva agregada; véase también José Smith—Historia 1:41).

    Tengamos en cuenta todas estas bendiciones que tenemos en nuestra dispensación y detengámonos para decirle a nuestro Padre Celestial: “Grande eres Tú”4.

    Una fiesta de bodas

    Quisiera agregar otro elemento a esta perspectiva de la dispensación. Ya que ésta es la última y la más grandiosa de todas las dispensaciones, dado que todas las cosas tendrán un fin y se cumplirán en nuestra época, los miembros de la Iglesia tenemos una responsabilidad específica que no tuvieron del mismo modo los miembros de la Iglesia de otros tiempos. Tenemos la responsabilidad de preparar la Iglesia del Cordero de Dios para recibir al Cordero de Dios en persona, en triunfante gloria, en Su papel milenario como Señor de señores y Rey de reyes.

    Tenemos la responsabilidad, como Iglesia y como miembros individuales de esa Iglesia, de ser dignos de que Cristo venga a nosotros, de que nos acoja, nos acepte, nos reciba y nos abrace. ¡La vida que le presentemos en ese momento sagrado debe ser digna de Él!

    Empleando el lenguaje de las Escrituras, somos los que han sido escogidos en toda la historia para preparar a la novia (la Iglesia) para el Esposo (el Salvador) y ser dignos de la invitación para acudir a la boda (véase Mateo 22:2–14; 25:1–12; D. y C. 88:92, 96).

    Así que al hacer a un lado el temor al futuro, reboso de un sentimiento sobrecogedor del deber de preparar mi vida (y ayudar en la medida de lo posible a otros miembros de la Iglesia a hacer lo propio con sus vidas) para la llegada de ese día por tanto tiempo profetizado, para el momento en que presentemos la Iglesia a Aquel a quien pertenece.

    No sé cuándo será ese día tan singular ni quién estará presente para verlo, pero esto sé: Cuando Cristo venga, los miembros de Su Iglesia deben parecer y actuar como deben hacerlo los miembros de Su Iglesia a fin de que Él nos acepte. Debemos estar haciendo Su obra y viviendo Sus enseñanzas. Él tiene que reconocernos de inmediato y con facilidad como verdaderos discípulos Suyos.

    Ciertamente, es por eso que dijo el presidente Hinckley: “No es suficiente con sólo ser [nosotros, ustedes y yo, ahora, en esta época] conocidos como miembros de esta Iglesia… Debemos vivir como verdaderos discípulos del Cristo”. Éstos son los últimos días, y tanto ustedes como yo debemos ser los mejores Santos de los Últimos Días que sea posible.

    Vivan con confianza

    ¿Abrigan los últimos días un futuro feliz para ustedes y su posteridad? ¡Sin duda! ¿Habrá momentos difíciles cuando se cumplan esas inquietantes advertencias y pro- fecías de los últimos días? Por supuesto que sí. ¿Aquellos que hayan edificado sobre la roca de Cristo resistirán los vientos, el granizo y los impetuosos dardos en el torbellino? Ustedes saben que sí. Ésa es la promesa. ¡Es Su promesa! Esa “roca sobre la cual estáis edificados… es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

    Les dejo mi amor y mi testimonio de que Dios no sólo vive, sino que los ama. Él los ama a ustedes. Todo lo que Él hace es por nuestro bien, por nuestra protección. En el mundo hay maldad y dolor, mas en Él no hay maldad ni nos hará daño. Él es nuestro Padre —un padre perfecto— y nos va a ayudar a guarecernos de la tormenta.

    Testifico no sólo que Jesús es el Cristo, el santo y Unigénito Hijo de Dios, sino que también vive, nos ama y que viviremos eternamente gracias a la fuerza y el mérito de Su sacrificio expiatorio.

    Ésta es la Iglesia y el reino de Dios en la tierra. La verdad ha sido restaurada. Vivan con confianza, optimismo, fe y devoción. Tómense en serio las dificultades de la vida, pero no permitan que les asusten ni les desanimen. Sientan el gozo de los santos en los últimos días, y nunca la agobiante ansiedad ni la destructiva desesperación.

    “No temáis, rebañito… Elevad hacia [Cristo] todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:34, 36).

    “Todavía no habéis entendido cuán grandes bendiciones el Padre… ha preparado para vosotros… sed de buen ánimo… De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las riquezas de la eternidad son vuestras” (D. y C. 78:17–18).

    Dejo con ustedes mi bendición, mi amor y mi testimonio apostólico de la veracidad de estas cosas.

    De un discurso pronunciado en una charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia el 12 de septiembre de 2004.