2005
Porque mi maestra me ama
febrero de 2005


Porque mi maestra me ama

“Servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13).

Basado en una experiencia de la familia de la autora

Desiree escuchaba asombrada a su maestra de la Primara, la hermana Ruiz. No podía creer lo que le estaba diciendo. Era demasiado bueno para ser cierto. Desiree miró a los demás niños de la clase; no parecían tan sorprendidos como ella, así que terminó por levantar la mano. “¿Lo dice en serio, hermana Ruiz? ¿Realmente haría cualquier cosa por nosotros?”, le preguntó.

“Sí, Desiree”. La mirada amable de su maestra le confirmó, mucho más que las palabras, que lo decía en serio. Pero Desiree seguía preguntándose si sería verdad. Puede que algún día lo averiguara.

No fue ni siquiera una semana más tarde que Desiree pudo poner a prueba la promesa de su maestra de Primaria. Un día, al volver de la escuela, Desiree se encontró una nota pegada en la puerta de su casa. La tomó. Entró en la casa, pero nadie respondió a su saludo. La casa estaba vacía. Una quietud extraña y espeluznante la rodeó, haciendo que se le erizara el vello de la nuca.

“¿Dónde estás, mamita?”, susurró Desiree, mientras las lágrimas le bañaban el rostro. Dejó la mochila del colegio en el sofá y se sentó a su lado. Se acordó de la nota que tenía en la mano y la abrió. Reconoció la letra de su madre, pero no la entendía. Su madre se había olvidado de que aún no sabía leer letra cursiva.

“Haré cualquier cosa por ustedes, porque les amo”. El recuerdo de las palabras de su maestra de la Primaria acudió a la mente de la pequeña Desiree. Tal vez no supiera leer caligrafía en cursiva, pero sí sabía leer la letra impresa y los números. Encontró el número de teléfono de la hermana Ruiz y la llamó para pedirle ayuda.

Cuando le hermana Ruiz supo del dilema de Desiree, le dijo que estaría con ella en un abrir y cerrar de ojos. A Desiree le pareció que pasó mucho tiempo, pero a pesar de que la hermana Ruiz vivía en otro pueblo, el viaje sólo le llevó unos 10 minutos.

Desiree abrió la puerta de la casa y corrió hasta la hermana Ruiz al verla bajar de su auto. Con lágrimas en los ojos, le entregó a su maestra de Primaria la nota de su madre.

La hermana Ruiz leyó la nota y sonrió: “Dice que tu mamá está en casa de tu abuelita haciendo un acolchado”.

Al instante, Desiree recordó que su madre le había dicho que después del colegio fuera a casa de su abuela, que estaba a corta distancia. Le había dejado el recordatorio a Desiree, pero había olvidado escribirla con letras que pudiera leer.

“¿Quieres que te lleve a casa de tu abuela?”, le preguntó la hermana Ruiz.

Desiree negó con la cabeza y miró a la hermana Ruiz. “Usted manejó todo el camino sólo para leerme una nota. Muchas gracias”.

La hermana Ruiz sonrió y Desiree se fijó en que los ojos le brillaban por las lágrimas. “No es para tanto, Desiree. Haría cualquier cosa por ti”.

“Para mí fue mucho”, dijo Desiree.

La hermana Ruiz la abrazó. “Me alegra que pienses así”.

Desiree miró detenidamente antes de cruzar la calle para ir a casa de su abuela. La hermana Ruiz se cercioró de que hubiese llegado a salvo y luego se fue.

“¿Dónde has estado?”, le preguntó su madre al verla entrar. “Estaba empezando a preocuparme”.

“Hoy descubrí que mi maestra de la Primaria es capaz de hacer todo el viaje a a casa para venir y leerme una nota.”

“¿Por qué no la leíste tú misma?”, le preguntó su madre.

“Porque no entiendo la letra cursiva”.

La madre de Desiree se quedó boquiabierta. “Ni siquiera pensé en ello, Desiree. Siento mucho que tuvieras que llamar a tu maestra para que te ayudara”.

“No importa, mamá”, sonrió Desiree. “Mi maestra me dijo que le agradó hacerlo, porque me ama”.

Patricia Reece Roper es miembro del Barrio Leamington, Estaca Delta, Utah.

“El amor a Dios y a Sus hijos constituye el motivo más elevado para servir.”

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, “La enseñanza del Evangelio”, Liahona, enero de 2000, pág. 96.