Las palabras de Jesús: el perdón
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    Las palabras de Jesús: el perdón

    “Perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

    El Salvador desea que cada uno de nosotros sienta Su paz. Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). En estos tiempos tan turbios, un himno bien conocido nos asegura:

    Dulce paz el Evangelio da

    a la mente que busca la verdad.

    Con luz esplendorosa

    La mente del hombre aclara.1

    Puede que haya muchas cosas que nos preocupen y tal vez tengamos razones para estar consternados, pero como observó el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985), la paz y la doctrina del perdón del Salvador están inseparablemente unidas: “La esencia… del perdón es que trae paz al alma previamente ansiosa, inquieta, frustrada y tal vez atormentada”2.

    En Lucas se registra un relato de la vida del Salvador que demuestra esa clase de paz que el Salvador concede cuando recibimos Su perdón (véase Lucas 7:36–50). Se había invitado a Jesús a cenar en casa de Simón, un fariseo. Una mujer, descrita como una pecadora, supo que Jesús estaba en la casa y fue a verlo, llevando consigo un ungüento. Mientras Jesús reposaba en una silla con los pies extendidos y de espaldas a la mesa, la mujer se le acercó por detrás, llorando y regándole los pies con sus lágrimas. Se los enjugó con sus cabellos, los besó y extendió el aromático ungüento sobre ellos, frotando cuidadosamente los pies con el aceite perfumado. Al anfitrión le pareció mal que Jesús aceptara ese acto de amabilidad de una pecadora, y Jesús, percibiendo los pensamientos de él, ofreció a modo de reprimenda una de las lecciones más conmovedoras de la doctrina del perdón.

    Contó la historia de un acreedor que tenía dos deudores, uno de los cuales debía diez veces más que el otro. Ninguno tenía los medios para saldar la deuda, por lo que, en un acto de gracia, el acreedor perdonó a los dos. “Di, pues”, preguntó el Salvador, “¿cuál de [los deudores] amará más [al acreedor]?” (Lucas 7:42). Simón respondió correctamente que el que debía más probablemente le amaría más.

    Entonces Jesús comparó la falta de cuidado y de hospitalidad de Simón hacia Él con las obras de la mujer. El Maestro quería que Simón se viera a sí mismo como el deudor del relato que debía menos y a la mujer como al deudor que debía más. Jesús hizo hincapié en Su modo de pensar, diciendo: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas 7:47).

    Entonces Jesús volvió Su atención a la mujer, y mirándola a los ojos, derramó Su paz sobre ella diciéndole: “…Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, vé en paz” (Lucas 7:48, 50).

    Nosotros no conocemos las circunstancias de las transgresiones de esa mujer, pero podemos imaginarnos la gratitud, la dicha y la paz que debió haber sentido en ese momento.

    Paz en Cristo

    Debemos acudir al Salvador, y no a la sabiduría del mundo, en busca de paz y perdón. Quizás recuerden la historia del hombre paralítico (véase Mateo 9:1–8; Marcos 2:1–12; Lucas 5:17–26).

    El Salvador se hallaba en Capernaum, enseñando en una casa abarrotada de gente, cuando llegaron cuatro hombres que llevaban a un amigo discapacitado en una camilla, con la esperanza de que Jesús lo sanara. Debido a la congestión de personas en la entrada, los hombres lo llevaron hasta el tejado, hicieron una abertura y bajaron cuidadosamente al paralítico hasta el cuarto donde estaba Jesús. A Él no le irritó esa interrupción, sino que le conmovió la fe de ellos, y dijo pública y audazmente al hombre enfermo: “…Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” (Mateo 9:2) y le instó a que no pecara más.

    Mientras el hombre todavía se hallaba postrado, algunos de los escribas y fariseos pensaron que Jesús había cometido el pecado de blasfemia (véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, “Blasfemar, blasfemia”, pág. 28). Él hizo frente a esas mentes carentes de fe preguntándoles si se requiere más fe para perdonar pecados que para sanar a los enfermos (véase TJS—Lucas 5:23). El Salvador dijo esto para que su auditorio “[supiera] que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mateo 9:6).

    Entonces Jesús se volvió al paralítico y declaró: “…Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa” (Marcos 2:11). Se levantó de inmediato e hizo como se le mandó. Los que se quejaban y los críticos no podían cuestionar un milagro tan obvio ni su clara implicación: Jesús tiene el poder de perdonar los pecados. Se obtienen ánimo y paz cuando sabemos que Él ha perdonado verdaderamente nuestros pecados.

    Perdonar a los demás

    Cuando el Maestro enseñó a Sus discípulos qué hacer cuando se sintieran ofendidos o se pecara contra ellos (véase Mateo 18:15–35), a ellos les pareció una nueva doctrina. “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15). Las palabras del Salvador acerca de perdonar a los demás requerían un ajuste importante en la actitud, pues habían sido instruidos en la noción del “ojo por ojo” (Mateo 5:38; véase Levítico 24:20). Pedro, queriendo estar seguro de que entendía el significado de la enseñanza, preguntó: “…Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21). Probablemente Pedro fuera consciente del requisito rabínico de que el ofensor diera el primer paso para resolver la ofensa y que el ofendido perdonara dos o tres veces solamente3.

    Jesús contestó claramente: “…No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22). En otras palabras, no debe haber limitaciones, numéricas ni de cualquier otra clase, para que perdonemos a los demás.

    Después, el Salvador contó a Sus discípulos una parábola para que pudieran apreciar, recordar y aplicar más plenamente la lección de que debemos perdonar a todos (véase Mateo 18:23–32). Describió a un rey que quería ajustar cuentas con aquellos siervos que le debían dinero. El primer siervo le debía 10.000 talentos, que podría ser el equivalente moderno de 1 millón de dólares. Como el siervo no pudo saldar la deuda, el rey ordenó que él y su familia fueran vendidos como esclavos. El siervo, desesperado, pidió tiempo y paciencia, prometiendo que pagaría todo. Conmovido por su sinceridad, el rey le tuvo compasión y le perdonó su gran deuda, y el siervo se postró y lo adoró.

    Ese mismo siervo, que había sido el receptor del maravilloso acto de misericordia y perdón del rey, en seguida fue en busca de otro siervo que le debía cien denarios, probablemente el equivalente actual de unos pocos dólares, y exigió de forma grosera un pago inmediato. Cuando el siervo le pidió tiempo y paciencia, el primer siervo no estuvo dispuesto a dar lo que él había recibido liberalmente del rey, y envió al siervo a prisión hasta que pudiera pagar su deuda. Algunos siervos del rey presenciaron ese acto cruel e informaron al monarca. “Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía”. Jesús añadió esta posdata: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:34–35).

    Los que se quieren considerar como discípulos del Maestro deben entender que nosotros, al igual que el primer siervo, hemos contraído una gran deuda con nuestro Rey Celestial por los muchos dones que hemos recibido de Él. El entender esto abre la puerta a los dones del arrepentimiento y de nuestro propio perdón. La retención de esos dones depende de nuestro fiel perdón a todos los que nos hayan ofendido. El Salvador dijo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7) y “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados” (Mateo 7:2).

    Sin embargo, perdonar a los demás no quiere decir que necesariamente debamos apoyar ni aprobar el mal comportamiento o la transgresión. De hecho, hay muchos actos y actitudes que merecen una clara condena; pero aun así debemos perdonar completamente al ofensor. “…perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

    Todos los pecados menos uno

    El Salvador dejó bien claro que, sujeto a las condiciones del arrepentimiento, se nos pueden perdonar todos nuestros pecados por medio de Su sagrado sacrificio expiatorio, a excepción del que él llamó “la blasfemia contra el Espíritu” (Mateo 12:31; véase también Marcos 3:28–29). El profeta José Smith enseñó al respecto: “Jesús salvará a todos menos a los hijos de perdición. ¿Qué debe hacer el hombre para cometer el pecado imperdonable? Debe haber recibido el Espíritu Santo, deben habérsele manifestado los cielos, y después de haber conocido a Dios, pecar contra Él”4.

    De este modo, la clara convicción del Salvador es que “todos los pecados serán perdonados” (Marcos 3:28) si nos arrepentimos, pues la misión del Salvador consistió en predicar el arrepentimiento (véase Marcos 3:22; véase también Mosíah 26:29–30).

    El don del perdón

    El Salvador enseñó a Sus discípulos en dos ocasiones diferentes que debían orar a Dios para solicitar el perdón de sus pecados o deudas. También nosotros debemos demostrar la sinceridad de nuestras oraciones perdonando a los que hayan pecado contra nosotros. Él les mandó orar: “Y perdónanos nuestras deudas [ofensas], como también nosotros perdonamos a nuestros deudores [los que nos hayan ofendido]” (Mateo 6:12), y “…perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4). En esta enseñanza se halla implícito un hilo conductor entre la súplica del perdón y nuestros esfuerzos por arrepentirnos de todos nuestros pecados.

    Al perdonar y buscar el perdón, debemos reconocer que, a pesar de cualquier restitución que podamos llevar a cabo o recibir, tanto nuestros esfuerzos como los de los demás son muy insuficientes para satisfacer las demandas de la justicia eterna. Entonces, ¿cómo se lleva a cabo el verdadero perdón? Pablo, al dirigirse a los efesios, escribió que es en Cristo “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).

    Muchas son las bendiciones que emanan del don del perdón, pero la principal es la paz. El Salvador desea que cada uno de nosotros sienta Su paz. Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). El perdón que ofrecemos a los demás y el que recibimos de Jesucristo nos conducen a Él y al camino de la vida eterna.