La doctrina de la obra del templo
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    La doctrina de la obra del templo

    El templo es un lugar de revelación, de inspiración, meditación y paz; un lugar donde fortalecer el ánimo, despejar la mente, hallar respuestas a nuestras oraciones y disfrutar de la satisfacción que proviene de la adoración y del servicio.

    Luego de cumplir con el servicio militar siendo joven, regresé a la casa de mis padres en el centro del estado de Utah, a unos sesenta y cinco kilómetros de la ciudad de Manti. No hacía mucho que se habían anunciado los planes de una pequeña ampliación del Templo de Manti, y los líderes de la Iglesia estaban pidiendo voluntarios para colaborar en el proyecto. Me apunté para un turno de dos semanas y poco tiempo después me encontraba sosteniendo un pico, quebrando rocas y quitando las piedras de los alrededores del templo. El ardiente sol veraniego caía sobre nosotros durante todo el día y el trabajo era físicamente severo y mentalmente aburrido. Algunas veces, mientras me esforzaba por quitar otra piedra, me preguntaba si quizás me habría precipitado al responder al llamado de voluntarios.

    Sin embargo, al pasar los días, tuve una extraordinaria experiencia espiritual. En varias ocasiones, en medio de tan agotadora labor, oí y sentí al Espíritu Santo decirme que en algún momento futuro tomaría parte en la construcción de otros templos. Se trataba de un sentimiento apacible pero muy claro. En esa ocasión me estaba preparando para regresar a trabajar en un rancho de ganado, por lo que no me resultaba nada obvio que pudiera llegar a tomar parte en la construcción de otros templos, pero acepté aquel sentimiento como si fuera inspiración. Con el paso de los años, de vez en cuando me preguntaba en cuanto a ello, todavía incierto de cómo podría suceder eso, pero muy seguro de que la voz apacible y delicada me había dirigido aquellas palabras.

    Durante los últimos años, he tenido el privilegio de ver el cumplimiento de esa promesa de formas para mí inimaginables al disponer de la oportunidad de trabajar en el Departamento de Templos durante este emocionante período de crecimiento. He sido testigo personal del esfuerzo que ha hecho el presidente Gordon B. Hinckley de acercar los templos a más personas del mundo y comparto el entusiasmo de él por las bendiciones que proceden de las ordenanzas del templo. El presidente Hinckley dijo: “Exhorto a nuestros miembros de todas partes, con todo el poder de persuasión del que soy capaz, a que sean dignos de tener una recomendación para el templo, a que la consigan y la consideren una posesión preciada, y a que hagan un esfuerzo mayor por ir a la casa del Señor y participar del espíritu y de las bendiciones que se reciben allí”1. En estas palabras, el presidente Hinckley se hace eco de los profetas que le han precedido. Por ejemplo, el profeta José Smith nos advirtió de las consecuencias de no asistir a los templos que tenemos: “Los santos que descuiden [la obra del templo] a favor de sus antepasados arriesgan su propia salvación”2.

    Es evidente que las ordenanzas del templo tienen importancia eterna, pero también pueden presentar un reto. Espero ofrecer ciertas ideas que sean útiles a los miembros de la Iglesia para mejorar su comprensión de la naturaleza de los templos, y ofrecer también algunos recordatorios y consejos prácticos sobre las diversas formas de prepararnos para la adoración en el templo.

    La “obra” de La “obra del Templo”

    La obra del templo es un acto de servicio. El templo es un lugar donde tenemos la oportunidad de hacer algo por los demás. En recientes dedicaciones de templos, el presidente Hinckley ha sugerido que no nos centremos demasiado en los beneficios personales de asistir al templo, sino que más bien nos centremos en la obra del templo como “obra” en sí. Aun cuando las bendiciones que emanan de la asistencia al templo son numerosas, no debemos perder de vista el hecho de que se trata de una obra y que requiere dedicación y servicio.

    La obra del templo no es diferente de otros tipos de servicio que se prestan en la Iglesia, tales como servir en una misión o dar ayuda de emergencia como maestro orientador o maestra visitante. Esos actos de servicio por lo general nos cuestan algo y a menudo requieren cierto sacrificio. Nuestro profeta nos invita a tener esa misma manera de pensar, o actitud, cuando asistamos al templo, la cual debiera tener el propósito de prestar servicio más que convertirse en un acto egoísta centrado en uno mismo. El Salvador dijo: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará”3.

    Si acudimos al templo sólo por nosotros mismos, podemos estar privándonos de beneficios enormemente espirituales. Piensen en las cosas que hacemos cuando vamos al templo. ¿Son iguales o diferentes de las actividades que habitualmente denominamos “trabajo”? A menudo el trabajo suele ser difícil, desafiante y en ocasiones tedioso; de otro modo, lo veríamos tal vez como una especie de entretenimiento. El trabajo requiere que estemos inmersos en un proceso. Quizás, en estos términos, si descubrimos que nuestra asistencia al templo no es más que una actividad principalmente pasiva, es posible que no estemos sacando todo el provecho que podríamos.

    Un ejemplo claro podría ser la diferencia que existe entre asistir al templo como obrero o como participante. Para un obrero, trabajar en el templo es un trabajo de verdad; desde la memorización hasta la puesta en práctica, hay mucho que hacer. El resultado de este esfuerzo es que los obreros del templo se familiarizan con las ordenanzas y tienen la oportunidad de aprender y progresar todavía más, y tal como descubrí durante mis labores físicas en el Templo de Manti siendo joven, la disposición para trabajar y servir puede preparar nuestro corazón para recibir perspectivas espirituales.

    Aunque ciertamente el templo es un lugar de refugio, un retiro en donde aprender y llegar a entendernos mejor a nosotros mismos, quizás sea aún más provechosa la experiencia si asistimos para cumplir con una labor exigente, importante, rigurosa y agotadora. Uno de los beneficios del disponer de numerosos templos es no sólo el que un mayor número de miembros pueda asistir, sino que más miembros puedan servir como obreros de las ordenanzas.

    Es más, la actitud de servicio puede ayudarnos a ver las cosas viejas bajo una nueva luz. Consideren las semejanzas que existen entre los modelos de enseñanza en las ordenanzas del templo y en las parábolas de las Escrituras. Ambos tienen diversos niveles de significado. Muchas de las parábolas que enseñó el Salvador resultaban difíciles de entender para la mayoría de los que las oían. A algunos les parecían trilladas y simples. Por ejemplo, en las parábolas de las diez vírgenes, de los talentos, de la oveja perdida, de la viuda y del juez injusto, o del hijo pródigo, hay una historia, un mensaje que hasta el simple observador podría percibir. Pero a plena vista, en medio de esos relatos, hay tremendas verdades que explican algunos de los principios centrales y fundamentales del reino. De igual modo, las ordenanzas del templo pueden tener partes que parezcan sencillas, pero a los que tengan ojos espirituales maduros les aguardan profundos conocimientos.

    Doctrina Básica a Favor de los Muertos

    Una función vital de los templos es el llevar a cabo la obra de las ordenanzas por nuestros antepasados fallecidos. Cuando pensamos en las ordenanzas del templo y en la necesidad de realizarlas a la perfección, sin error, pensamos en este poderoso pasaje:

    “Os parecerá que este orden de cosas es muy minucioso, pero permítaseme deciros que sólo es para obedecer la voluntad de Dios, acomodándonos a la ordenanza y preparación que el Señor ordenó y dispuso antes de la fundación del mundo, para la salvación de los muertos que fallecieran sin el conocimiento del evangelio…

    “…Porque su salvación es necesaria y esencial para la nuestra, como dice Pablo tocante a los padres: que ellos sin nosotros no pueden ser perfeccionados, ni tampoco podemos nosotros ser perfeccionados sin nuestros muertos”4.

    Consideren la poderosa y reveladora visión del presidente Joseph F. Smith (1838–1918):

    “Así se predicó el evangelio a los que habían muerto en sus pecados, sin el conocimiento de la verdad, o en trasgresión por haber rechazado a los profetas.

    “A ellos se les enseñó la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado, el bautismo vicario para la remisión de los pecados, el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos,

    “y todos los demás principios del evangelio que les era menester conocer, a fin de habilitarse para que fuesen juzgados en la carne según los hombres, pero vivieran en espíritu según Dios”5.

    Doctrina Básica Para los Vivos

    El templo es un lugar de revelación, de inspiración, meditación y paz; un lugar en donde fortalecer el ánimo, despejar la mente, hallar respuestas a nuestras oraciones y disfrutar de la satisfacción que proviene de la adoración y del servicio.

    El Señor reveló por medio del profeta José Smith: “…Todos los convenios, contratos, vínculos, compromisos, juramentos, votos, prácticas, uniones, asociaciones o aspiraciones que no son hechos, ni concertados, ni sellados por el Santo Espíritu de la promesa, así por el tiempo como por toda la eternidad… por conducto de mi ungido, a quien he nombrado sobre la tierra para tener este poder… ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos, ni después; porque todo contrato que no se hace con este fin termina cuando mueren los hombres”6.

    Enseñémonos el uno al otro el valor supremo del “nuevo y sempiterno convenio del matrimonio”7en nuestros discursos y lecciones y mediante el ejemplo. Cuando una pareja se sella en el templo mediante el sacerdocio, se organiza una nueva familia. Nos regocijamos cuando se organiza una nueva rama, barrio o estaca. ¡Cuánto más debemos regocijarnos cuando organizamos la unidad básica de la Iglesia: una nueva familia eterna! Existe únicamente una forma mediante la cual el sacerdocio puede establecer correctamente esa nueva unidad: es en la casa del Señor. Llegará el día en que a todos se nos relevará de nuestros llamamientos en la Iglesia, pero no de nuestros papeles eternos dentro de la organización de la familia.

    Según se explica en Doctrina y Convenios: “A algunos les parecerá muy atrevida esta doctrina que discutimos: un poder que registra o ata en la tierra y también en los cielos. Sin embargo, en todas las edades del mundo, cada vez que el Señor ha dado una dispensación del sacerdocio a un hombre o grupo de hombres, por revelación efectiva, siempre se ha dado este poder. De manera que, todo cuanto esos hombres hicieron con autoridad, en el nombre del Señor, y lo hicieron verdadera y fielmente, y llevaron un registro adecuado y fiel de ello, esto llegó a ser una ley en la tierra y en los cielos, y, de acuerdo con los decretos del gran Jehová, no podía anularse”8.

    La Investidura

    ¿Cuál es el significado y la naturaleza de la investidura? El presidente Brigham Young (1801–1877) pronunció las siguientes palabras: “Su investidura consiste en recibir, en la casa del Señor, todas las ordenanzas que les son necesarias, después que hayan salido de esta vida, para permitirles volver a la presencia del Padre para que los ángeles que estén allí de centinelas los dejen pasar… y obtengan su exaltación eterna”9.

    Como el presidente Young la ha descrito, la palabra investidura sugiere la recepción de un presente, algo de valor para nuestra jornada eterna. El Señor nos concede una bendición de poder y protección espirituales para que podamos disfrutar de la vida más plena y abundantemente.

    Recibimos las bendiciones más grandes del reino de Dios mediante la gracia de Jesucristo, por la obediencia a Su palabra. La revelación de los últimos días aclara que la plenitud de la gracia de Cristo se derrama sobre los que guardan los mandamientos, incluso la realización y la observancia de convenios: “Porque si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud y seréis glorificados en mí como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia sobre gracia”10. Doctrina y Convenios explica además: “…benditos son aquellos que han guardado el convenio y observado el mandamiento, porque obtendrán misericordia”11.

    Una razón del poder de los convenios puede que se deba a la capacidad que tienen de efectuar cambios en nuestra vida, especialmente los convenios sagrados. Esa capacidad se debe en parte a que, cuando concertamos un convenio con Dios, estamos haciendo una promesa a nuestro Padre Celestial, Quien nos conoce mejor que nadie, que sabe exactamente lo que sentimos, lo que pensamos y cuál es la intención de nuestro corazón; y es esto lo que nos da la singular motivación para cumplir con nuestras promesas. Además, los convenios sagrados son aún más poderosos que los convenios o las promesas comunes y corrientes, porque al entrar en un convenio que es sellado por el Santo Espíritu de la promesa (el Espíritu Santo), obtenemos acceso especial a la gracia de Dios para ayudarnos a cumplir las promesas que hemos hecho.

    El propósito de la obra del templo es hacer más eficaz la expiación de Jesucristo, y puesto que los convenios pueden ser un instrumento tan eficaz para efectuar cambios, los convenios constituyen una parte importante de la obra del templo y son particularmente un componente clave de la investidura. Consideren cómo los convenios del bautismo, de la Santa Cena y de la imposición de manos se centran en el Salvador y en Su sacrificio expiatorio, y cómo pueden influir en nosotros para que cambiemos nuestra vida. De igual modo, los convenios que hacemos cuando recibimos la investidura pueden impulsarnos a cambios todavía mayores y a una conducta más cristiana. Visto de otra forma, podríamos preguntarnos: ¿Cómo podemos tener acceso a la plenitud de la Expiación, esa dispensación adicional de gracia? Sólo mediante los convenios, los cuales realizamos mediante ordenanzas, las que se efectúan únicamente por medio de las llaves del sacerdocio12. El profeta José Smith enseñó: “El nuevo nacimiento viene por el Espíritu de Dios mediante las ordenanzas”13.

    Esas verdades nos ayudan a entender el poder espiritual de la obra del templo y la forma en que ese poder puede llegar a la vida de una persona mediante el convenio. De este modo, el guardar el convenio conlleva la recepción de la bendición prometida en esta vida y en la eternidad.

    Repasemos algunas cuestiones prácticas que contribuyen a realzar la experiencia del templo.

    Normas

    La reverencia es un elemento indispensable de la revelación. Para recibir la revelación prometida, debemos preservar la naturaleza sagrada de la casa del Señor. El templo puede formar una parte importante de nuestra vida si nos preparamos reverentemente para entrar en él y si nos ceñimos a su belleza, dignidad y solemnidad al salir de él. Parte de esa reverencia reside en mantener una actitud de gran respeto en el corazón por la Deidad. Nuestras palabras y algunas de nuestras acciones pueden afectar la reverencia que sentimos y, por consiguiente, las manifestaciones espirituales que experimentamos.

    En lo que atañe a las cosas sagradas, hay un “tiempo de callar, y [un] tiempo de hablar”14. Tenemos la responsabilidad de preservar la santidad de la investidura del templo; no debemos emplear el lenguaje del templo fuera de él y siempre debemos tener cuidado de no utilizar un lenguaje ordinario o mundano en los recintos sagrados del templo. La vulgaridad no debe ser parte de nuestra comunicación fuera del templo y obviamente no hay lugar para ésta en la casa del Señor. Incluso las bromas y la risa excesivas pueden privarnos de sentir la reverencia y el respeto que deberíamos sentir.

    Dignidad

    Algunos miembros, ansiosos por recibir las bendiciones del templo, pueden llegar a insistir en recibir una recomendación antes de estar totalmente preparados. Sin embargo, el llegar a ser digno de ir al templo nos prepara, de hecho, para entender las cosas que allí hay y que “son del Espíritu”15. Nuestro profeta nos ha aconsejado: “Sé que es difícil para un obispo negar la recomendación para el templo a un miembro de su barrio que esté en el límite con respecto a su comportamiento personal. El rechazo puede ser ofensivo para el solicitante, pero la persona debe entender que a menos que haya una dignidad total, no ganará ninguna bendición, sino que la condenación caerá sobre la cabeza de quien atraviese indignamente las puertas de la casa del Señor”16.

    El Gárment

    Las personas que hayan recibido su investidura deben vestir el gárment correctamente. El vestir el gárment es uno de nuestros grandes privilegios. Resulta apropiado considerar el gárment como parte del templo, como un recordatorio de los convenios hechos en la casa del Señor. De esa forma, al vestir el gárment adecuadamente, llevamos el templo con nosotros en nuestras actividades cotidianas.

    Debemos ceñirnos a las instrucciones de la Primera Presidencia con respecto al modo de vestir el gárment:

    “Llevar el gárment es el sagrado privilegio de aquellos que han tomado sobre sí los convenios del templo. El gárment… cuando se viste de forma apropiada, servirá de protección contra la tentación y el mal.

    “Se espera que los miembros lleven el gárment día y noche de acuerdo con las instrucciones facilitadas en el templo. Los miembros no deben ajustar al gárment ni vestirlo de forma contraria a dichas instrucciones para adecuarlo a diferentes estilos de ropa, aun cuando éstos sean aceptables. El gárment no se debe quitar para efectuar actividades que se podrían realizar de igual modo con éste bajo la ropa.

    “Los miembros deben buscar la guía del Espíritu Santo para responder por sí mismos a las preguntas que tengan sobre cómo vestir el gárment. Este sagrado convenio se realiza entre el miembro y el Señor, y es una manifestación externa de un compromiso interior de seguir al Salvador Jesucristo”17.

    Vestimenta Apropiada

    Vestirnos de forma apropiada para ir al templo nos ayudará a dejar atrás nuestras preocupaciones mundanas y prepararnos para participar en las ordenanzas de la casa del Señor. Reflexionen en el siguiente consejo del presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, sobre la preparación para ir al templo: “Agrada al Señor que cuidemos de nuestro aseo personal, así como de que nos pongamos ropa limpia, no importa que ésta no sea costosa. Para ir a la casa del Señor debemos vestirnos como lo haríamos para sentirnos cómodos en una reunión sacramental o en cualquier otra de índole espiritual”18.

    Al entrar en el templo, todos nos ponemos una modesta ropa blanca. Los hombres llevan camisas blancas de manga larga y pantalones blancos. Las mujeres llevan un vestido blanco de manga larga con el largo hasta el suelo, o una blusa blanca y una falda larga y blanca. La ropa blanca del templo simboliza la pureza y el ser limpios de nuestros pecados, estado en el que esperamos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. El cambio a una ropa blanca sirve también como recordatorio de que todos somos iguales ante Dios, de que Él mira en nuestro corazón y nuestra alma y no al puesto que ocupamos en el mundo.

    Las futuras novias deben tomar nota de que los vestidos de boda sean tan modestos como los habituales vestidos del templo. “Todo vestido que se use en el templo debe ser blanco, de mangas largas, modesto de diseño y de tela, y sin adornos llamativos. Las telas transparentes deben forrarse. En el templo no se permite el uso de pantalones a las mujeres. El vestido de novia no debe tener cola a menos que ésta se pueda quitar para la ceremonia del templo”19.

    Las Ordenanzas Selladoras

    Por último, piensen de nuevo en el poder del templo, especialmente en lo que atañe a nuestros antepasados fallecidos. ¿Quién de nosotros no ha llorado por un hermano, una hermana u otro familiar que, por una razón u otra, no haya aceptado plenamente el Evangelio en esta vida? Los sellamientos efectuados en el templo nos dan gran esperanza por la posibilidad que tenemos de reunirnos con todos nuestros seres queridos. La ordenanza selladora confiere una poderosa bendición sobre los Santos de los Últimos Días que permanecen firmes y fieles a sus convenios. Siempre he recibido gran fortaleza, ánimo y consuelo del presidente Lorenzo Snow (1814–1901) cuando describió esta profunda promesa:

    “Dios ha cumplido las promesas que nos ha hecho, y nuestras expectativas son grandes y gloriosas. Sí, en la vida venidera tendremos… a nuestros hijos e hijas. En caso de no tenerlos a todos de una vez, llegará un tiempo en que así será… Ustedes que lloran a sus hijos descarriados, los tendrán con ustedes. Si pasan con éxito por estas pruebas y aflicciones y reciben una resurrección, por el poder del sacerdocio, trabajarán, tal y como hace el Hijo de Dios, hasta que encarrilen a todos sus hijos e hijas en el camino que conduce a la exaltación y la gloria. Esto es tan cierto como que el sol salió esta mañana tras aquellas montañas. Por tanto, no lloren porque sus hijos e hijas no sigan el camino que ustedes les han señalado o hagan caso omiso de sus consejos. Al grado que tengamos éxito en asegurarnos la gloria eterna y seamos salvadores, reyes y sacerdotes de nuestro Dios, salvaremos a nuestra posteridad”20.

    Hay gran poder en los lazos selladores del convenio. Doy testimonio de que estas verdades y convenios eternos fueron dados antes de la fundación del mundo y bendecirán nuestra vida si preparamos nuestro corazón y nuestra mente para recibirlos.

    “Exhorto a nuestros miembros de todas partes… a que sean dignos de tener una recomendación para el templo, a que la consigan y la consideren una posesión preciada, y a que hagan un esfuerzo mayor por ir a la casa del Señor”.

    —Presidente Gordon B. Hinckley