2002
El profeta del Señor
agosto de 2002


El profeta del Señor

Eran las tres de la tarde del 30 de mayo de 1996 cuando mi amiga Lorna y yo comenzamos nuestro viaje a Cebú, una isla de las Filipinas. En ese lugar, al día siguiente, el presidente Gordon B. Hinckley iba a hablar en una charla fogonera. Un triciclo —una motocicleta con sidecar— nos llevó al puerto donde nosotras y muchos otros miembros de la Estaca Iloilo, Filipinas, íbamos a tomar un barco que nos llevara a Cebú. Mi amiga y yo sabíamos que ver al profeta merecía la pena cualquier dificultad que encontráramos en el camino.

Al llegar al puerto, comenzó a llover abundantemente. ¿Iba un tifón a aguarnos el viaje y arruinarnos la oportunidad de ver al profeta? “La primera prueba”, me susurró Lorna; pero con el correr del día, nos olvidamos del cielo encapotado. El ánimo de los demás miembros era contagioso y parecía casi increíble que en breve fuéramos a oír al portavoz del Señor.

Pero nuestro viaje no iba a carecer de inconvenientes. Lorna y yo nos sentimos abatidas cuando supimos que en el barco no había agua para bañarse. “La segunda prueba”, pensé. Más tarde recibimos más malas noticias: Debido a la enorme afluencia de gente, nuestro equipaje tenía que quedarse amontonado en el pasillo. Aun así permanecimos con una actitud positiva.

Al día siguiente, una vez que nuestro barco arribó al puerto, hicimos cola para subir a uno de los autobuses que iba a llevarnos al coliseo donde iba a hablar el presidente Hinckley. Nos quedamos atónitas al ver que el último autobús estaba repleto. Lorna me miró como queriendo decir: “ ¿Otra prueba ?” Pero no nos rendimos; paramos un taxi y nos pusimos en camino.

Para cuando llegamos al coliseo, la entrada estaba abarrotada. “¿Llegaremos a entrar?”, me preguntaba. El desánimo comenzó a hacer mella. “Quizás debiéramos simplemente regresar al barco y aguardar a los demás”, sugirió Lorna.

A pesar de mis dudas, le respondí con determinación: “A menos que entremos ahora, tal vez nunca tengamos otra oportunidad de ver al profeta”. Así que nos movimos con resolución entre el gentío. El aire en el recinto estaba tan caliente y era tan opresivo que creí que me iba a asfixiar, pero por fin encontramos dos asientos juntos en la zona más elevada del coliseo, y nos sentamos a esperar en medio del sofocante calor.

Al fin divisé al presidente y a la hermana Hinckley que entraban al recinto con el élder Joseph B. Wirthlin, del Quórum de los Doce Apóstoles, y su esposa, Elisa. En ese instante se desvanecieron mis preocupaciones y frustraciones, incluso del darme cuenta del calor. Toda la congregación se puso de pie y comenzó a cantar “Te damos, Señor, nuestras gracias que mandas de nuevo venir profetas con tu Evangelio, guiándonos cómo vivir” ( Himnos, Nº 10). Las lágrimas me bañaban las mejillas. Hasta ese entonces yo sólo había leído las palabras del profeta en las revistas y los libros de la Iglesia, pero ahora le veía con mis propios ojos.

Al mirar a mi alrededor, podía ver que todos estaban conmovidos por el mismo espíritu. Por todas partes había hombres y mujeres que se enjugaban las lágrimas.

Una cálida certeza invadió todo mi ser mientras escuchaba al presidente Hinckley, asegurándome que él es, en verdad, el profeta del Señor hoy día. Acudió a mi mente un pasaje de las Escrituras: “Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).

En ese momento, el Espíritu fortaleció mi testimonio de la Iglesia, del Señor Jesucristo y de Su profeta. Me siento agradecida por haber tenido la oportunidad de ver al profeta del Señor y sentir el poder de su testimonio. De hecho, fue la oportunidad más maravillosa y la experiencia más valiosa de mi vida.

María Sonia P. Antiqueña es miembro del Barrio Iloilo City 1, Estaca Iloilo Filipinas.