2002
La fe de nuestros padres
junio de 2002


Testigos Especiales

La fe de nuestros padres

Al mismo tiempo que miramos hacia el futuro con optimismo, debemos hacer una pausa y mirar hacia el pasado, hacia esa fe de nuestros humildes antepasados pioneros. Por temor a más violencia del populacho que había tomado la vida del profeta José y de su hermano Hyrum, Brigham Young anunció que los santos saldrían de Nauvoo, Illinois, en la primavera de 1846. La mayoría de los que vivían en Nauvoo creyeron plenamente que eso era lo que el Señor deseaba que hicieran.

En 1846, más de diez mil miembros de la Iglesia abandonaron su “bella ciudad” y se aventuraron a la desértica frontera americana. No sabían exactamente hacia dónde iban, ni cuántas millas tenían que recorrer, ni cuán largo sería el viaje, ni siquiera lo que les depararía el destino. Pero sí sabían que los guiaban el Señor y Sus siervos.

Cuando Newel Knight informó a su esposa, Lydia, que los santos debían irse, ella respondió con tenaz fe: “Está bien, no hay nada que discutir. Nuestro lugar está con el Reino de Dios. Empecemos de inmediato a hacer los preparativos para partir”.

La devota sumisión de Lydia Knight a lo que ella sabía que era la voluntad de Dios es un ejemplo poderoso de la fe de los heroicos santos de esa época.

La primera compañía de familias pioneras que abandonó Nauvoo llevó sus carromatos y su ganado a través de la calle Parley, una calle que llegó a conocerse como la “calle de las lágrimas”, hacia un embarcadero donde el trasbordador los llevaría al otro lado del río, hasta el estado de Iowa. Los trozos de hielo que flotaban en el agua se estrellaban contra los lados de las embarcaciones y de las barcazas que llevaban los carromatos a través del río Misisipí. Unas pocas semanas más tarde, la temperatura bajó aún más y los carromatos pudieron atravesar el río fácilmente sobre la superficie de hielo.

El 1º de marzo, la primera compañía empezó su trayecto a través de Iowa. Las dificultades que les causaron el frío, la nieve, la lluvia, el barro, las enfermedades, el hambre y la muerte pusieron a prueba la fe de esos valientes pioneros; pero ellos estaban decididos a seguir a sus líderes y a hacer a toda costa lo que creían con fervor era la voluntad de Dios.

Recordemos a esos pioneros a medida que nos esforzamos por ser siervos valientes. Honremos la fe de nuestros antepasados prestando fiel servicio a esta gran causa. Mi ruego es: “Sigue al Profeta” (Canciones para los niños, pág. 58), y al hacerlo, lograremos todos “venir a Cristo, y… participar de la bondad de Dios” (Jacob 1:7).

Adaptado de un discurso pronunciado en la conferencia general de abril de 1996.