¿Sabes cómo arrepentirte?
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    ¿Sabes cómo arrepentirte?

    Hace veinte años, mi obispo me estaba entrevistando para una recomendación para el templo. Como yo era miembro de la presidencia de la estaca, conocía todas las preguntas de la entrevista para obtener la recomendación. Yo se las hacía cada semana a otros miembros y estaba preparado para responder a cada pregunta que me hiciera el obispo; pero después de las preguntas de rigor, me tomó totalmente desprevenido con una pregunta adicional sobre mi entendimiento del Evangelio.

    Me preguntó: “Jay, ¿sabe cómo arrepentirse?”. Mi primera impresión fue decir: “Sí, claro que sé cómo arrepentirme”. Pero me detuve un momento para pensarlo, y cuanto más pensaba en ello, más inseguro estaba de la respuesta. Las típicas palabras que empleamos para describir el arrepentimiento (reconocimiento, remordimiento, restitución, reforma, resolución, etc.) no parecían adecuadas. De hecho, en aquel momento carecían de sentido y parecían demasiado trilladas y encasilladas.

    Sé que hay grandes doctrinas y principios en esas palabras sobre el arrepentimiento, pero no me sentía cómodo para dar una respuesta inmediata ni para emplearlas en mi respuesta. Finalmente dije un tanto dubitativo: “Sí, obispo, creo que lo sé”. No recuerdo ningún otro detalle de la entrevista porque quedé impresionado con esa pregunta: “Jay, ¿sabe cómo arrepentirse?”. Desde entonces he pensado mucho en dicha pregunta y en la doctrina que se relaciona con ella.

    El Poder del Arrepentimiento Y de la Expiación

    Hace unos años me hallaba trabajando en el Departamento Misional de la Iglesia; estábamos elaborando materiales para ayudar a los misioneros a ser mejores y más eficaces. Una de las Autoridades Generales compartió la siguiente experiencia sobre el arrepentimiento:

    “Hace poco más de un año, tuve el privilegio de entrevistar a un joven para ir a la misión. Debido a que él había cometido una transgresión seria, fue necesario, según las normas de entonces, que le entrevistara una Autoridad General. Cuando el joven llegó, le dije: ‘Aparentemente ha ocurrido una transgresión grave en su vida, la cual ha requerido de esta entrevista. ¿Le importaría decirme cuál fue el problema? ¿Qué hizo usted?’.

    “Él se rió y dijo: ‘Bueno, no hay nada que no haya hecho’. Yo añadí: ‘Seamos más específicos. ¿Usted ha…?’. Y entonces comencé a indagar con preguntas más específicas. El joven volvió a reírse y dijo: ‘Ya se lo he dicho; he hecho de todo’.

    “Le pregunté: ‘¿Cuántas veces ha…?’. Y él dijo con mucho sarcasmo: ‘¿Cree que las he contado?’. Yo añadí: ‘Desearía que pudiera en caso de que no fuera así’. Él replicó, una vez más con sarcasmo: ‘Pues no puedo’.

    “‘¿Y qué me dice de…?’, inquirí en otra dirección. A lo que él contestó: ‘Ya se lo he dicho; he hecho de todo’. ‘¿Drogas?’, pregunté, y él dijo que sí con una actitud muy altanera. Así que le pregunté: ‘¿Por qué piensa que va a servir en una misión?’, a lo que respondió: ‘Sé que voy a ir porque mi bendición patriarcal dice que iré a una misión; además, me he arrepentido. No he hecho ninguna de esas cosas durante más de un año. Me he arrepentido y sé que voy a ir a la misión’.

    “Yo le dije: ‘Mi querido amigo, lo siento pero usted no va a ir a una misión. ¿Cree que podríamos enviarle con esos jóvenes limpios y sanos que nunca han cometido esos pecados? ¿Cree que podríamos permitirnos el que usted fuera entre ellos alardeando de su pasado? Usted no se ha arrepentido; tan sólo ha dejado de hacer algo.

    “‘En algún momento de su vida tendrá que visitar Getsemaní; y cuando haya estado allí, entenderá lo que es el arrepentimiento. Sólo después de que haya padecido una pequeña parte del dolor que el Salvador sufrió en Getsemaní, sabrá lo que es el arrepentimiento. El Salvador ha padecido por cada transgresión como ninguno de nosotros es capaz de comprender. ¿Cómo se atreve a reírse y bromear, y tener esa actitud de soberbia sobre su arrepentimiento? Lo siento, pero usted no irá a la misión’.

    “Entonces comenzó a llorar; lloró durante varios minutos. Yo no dije nada y, finalmente, comentó: ‘Creo que ésta es la primera vez que he llorado desde que tenía cinco años’. Yo le dije: ‘Si hubiera llorado así la primera vez que fue tentado a violar el código moral, posiblemente podría ir a la misión’.

    “El joven salió de la oficina y creo que pensaba que yo era muy cruel. Les expliqué al obispo y al presidente de estaca que el muchacho no podría salir a la misión”.

    Unos seis meses más tarde, esa misma Autoridad General regresó a la ciudad para discursar durante una serie de disertaciones que se celebraban por la tarde. Al terminar, muchos jóvenes adultos formaron fila para estrecharle la mano. Al dar la mano a cada uno, levantó la vista y vio en la fila, a cuatro personas de distancia, al joven al que había entrevistado con anterioridad. La Autoridad General relató lo siguiente:

    “Mi mente regresó rápidamente a nuestra entrevista. Recordé su risa, su actitud altanera y lo sarcástico que había sido. Al rato, se hallaba delante de mí. Yo estaba en el estrado, y al inclinarme para extenderle la mano, me di cuenta del gran cambio que había ocurrido. Tenía lágrimas en los ojos y había casi un resplandor santo en el rostro. Me estrechó la mano y dijo: ‘He estado allí; he ido a Getsemaní y he regresado’. Yo respondí: ‘Lo sé. Se le nota en el rostro’.

    “Se nos pueden perdonar nuestras transgresiones, pero debemos entender que el simplemente dejar de hacer algo no es arrepentirse. De no haber sido por el Salvador y el milagro del perdón, ese joven habría llevado sus transgresiones consigo por toda la eternidad. Debemos amar al Salvador y servirle por ese motivo y por ningún otro” (adaptado de Vaughn J. Featherstone, en Conference Report, Conferencia de Área de Estocolmo, Suecia, 1974, págs. 71–73).

    Las Condiciones del Arrepentimiento

    Las palabras “condiciones del arrepentimiento” (véase Helamán 5:11; 14:11; D. y C. 18:12) tienen una gran significado. Yo he estudiado las Escrituras y meditado en ellas para aprender cuáles son esas condiciones, y he descubierto que a éstas también se les podría denominar requisitos de las cinco o seis palabras que describen el proceso del arrepentimiento. Estos conceptos son importantes y muy necesarios, pero las condiciones siguientes deben precederlos.

    -La primera condición es saber que Dios vive, que está en el cielo, que nos conoce individualmente por nuestro nombre, que no podemos escondernos de Él. Goza de una plenitud de atributos y perfecciones divinas, entre los que se incluye la omnisciencia.

    El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, hizo un comentario muy significativo sobre el arrepentimiento y Dios: “Alguien dijo una vez que al acercarnos al seno de Dios, lo primero que sentimos que debemos hacer es arrepentirnos” (“Las cosas apacibles del reino”, Liahona, enero de 1997, pág. 94).

    • Somos seres caídos, mortales, impuros y necesitamos ayuda. Estamos distanciados de Dios —por ser mortales— y no podemos vivir con Él.

    • Precisamos saber la doctrina de que un día moriremos. Algunos mueren antes, otros después, pero el día llegará para todos; es incuestionable.

    • Habrá un juicio final; una condición importante del arrepentimiento es creer que un día todos compareceremos ante el tribunal del juicio. Ese día llegará.

    • Otro requisito o condición del arrepentimiento es saber que ninguna cosa impura puede morar con Dios (véase 1 Nefi 10:21; 15:34; Alma 7:21; 40:26; Helamán 8:25). Puedes esconder tus pecados del obispo, puedes esconderlos de tus padres y de tus amigos, pero si sigues así y mueres teniendo pecados que nos has resuelto, eres impuro y ninguna cosa impura puede morar con Dios. No hay excepciones.

    • Somos salvos únicamente mediante los méritos, la misericordia y la gracia del Santo de Israel (véase 2 Nefi 2:8). Él es nuestra única esperanza. Cuando finalmente nos damos cuenta de dónde nos hallamos en la vida, nos volvemos a Él. Me siento muy agradecido por el Evangelio restaurado de Jesucristo, un mensaje de esperanza. Hay esperanza y Él puede limpiarnos.

    He trabajado con muchas personas, entre las que me incluyo, y he visto el milagro del perdón, el milagro de la purificación, y doy testimonio de Él, como uno de Sus testigos. Sé que Él vive. Ruego que siempre sean bendecidos para permanecer en el sendero estrecho y angosto que les conduce a Dios.

    Tomado de un devocional celebrado en el LDS Business College el 6 de mayo de 1998.