La ley del ayuno: Una responsabilidad personal de cuidar del pobre y del necesitado
    Notas al pie de página

    La ley del ayuno: Una responsabilidad personal de cuidar del pobre y del necesitado

    Como seguidores del Salvador, tenemos la responsabilidad personal de cuidar del pobre y del necesitado

    Mis queridos hermanos, me encanta el sacerdocio y estar con ustedes. Estoy profundamente agradecido de poder servir unidos en esta gran obra.

    Ésta es una época extraordinaria. Los milagrosos avances en medicina, ciencia y tecnología han mejorado la calidad de vida de muchos; pero también hay evidencias de aflicción y enorme sufrimiento humano. Además de guerras y rumores de guerras, el aumento de desastres naturales como inundaciones, incendios, terremotos y enfermedades, afecta la vida de millones de personas en todo el mundo.

    Los líderes de la Iglesia conocen y velan por el bienestar de los hijos de Dios en todas partes. Cuando y donde es posible, la Iglesia envía recursos de emergencia mediante canales humanitarios para dar respuesta a los necesitados. Por ejemplo, el pasado mes de noviembre el tifón Haiyan azotó la nación insular de Filipinas.

    El supertifón Haiyan, de categoría cinco, dejó a su paso enorme destrucción y sufrimiento. Ciudades enteras fueron destruidas; se perdieron muchas vidas; millones de hogares quedaron seriamente dañados o asolados y sin servicios básicos como agua, alcantarillado o electricidad.

    Los recursos de la Iglesia estuvieron disponibles en las primeras horas después del desastre. Los miembros de la Iglesia en Filipinas corrieron al rescate de sus hermanos y hermanas proveyendo alimentos, agua, ropa y productos de higiene, tanto a miembros como a no miembros.

    Los centros de reuniones de la Iglesia se convirtieron en refugios para miles de personas sin techo. Bajo la dirección de la Presidencia de Área y de los líderes locales del sacerdocio, muchos de los cuales lo habían perdido todo, se hizo una valoración del estado y la seguridad de todos los miembros. Planes inspirados para ayudarlos a recuperar su autosuficiencia y condiciones de vida aceptables, comenzaron a tomar forma.

    Se proporcionaron recursos modestos para ayudar a los miembros de la Iglesia a reconstruir sus refugios de madera y sus casas. No fue una mera limosna; los miembros recibieron capacitación y realizaron los trabajos necesarios para ellos mismos y luego por otros.

    La bendición resultante fue que adquirieron habilidades de carpintería, fontanería y otras ramas de la construcción que les aseguraron importantes oportunidades de empleo cuando comenzó la reconstrucción de las ciudades vecinas.

    El cuidado del pobre y del necesitado es una doctrina fundamental de la doctrina del Evangelio, y un elemento esencial en el eterno Plan de Salvación.

    Antes de Su ministerio terrenal, Jehová declaró, por medio de Su profeta: “Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”1.

    Cuidar del pobre y del necesitado en nuestros días es una de las cuatro responsabilidades divinamente señaladas por la Iglesia para ayudar a las personas y a las familias a reunir los requisitos para lograr la exaltación2.

    Cuidar del pobre y del necesitado contempla tanto la salvación temporal como la espiritual. Incluye el servicio de los miembros de la Iglesia que cuidan personalmente del pobre y del necesitado, así como el Plan de Bienestar de la Iglesia, administrado a través de la autoridad del sacerdocio.

    La ley del ayuno es esencial en el plan del Señor para cuidar del pobre y del necesitado. “El Señor ha establecido la ley del ayuno y las ofrendas de ayuno para bendecir a Su pueblo y proporcionarle un medio para que sirva a los necesitados”3.

    Como seguidores del Salvador, tenemos la responsabilidad personal de cuidar del pobre y del necesitado. Los miembros fieles de la Iglesia en todas partes lo hacen al ayunar cada mes, absteniéndose de comer y beber agua durante veinticuatro horas y dando a la Iglesia una ofrenda de ayuno equivalente, por lo menos, al valor de los alimentos que habrían comido.

    Las palabras de Isaías deberían meditarse en oración y enseñarse en cada hogar:

    “¿No es más bien el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de la maldad, soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados y romper todo yugo?

    “¿No consiste en que compartas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes alojes en tu casa; en que cuando veas al desnudo lo cubras y no te escondas del que es tu propia carne?”4.

    Isaías continúa declarando las maravillosas bendiciones que el Señor promete a aquellos que obedecen la ley del ayuno. Él dice:

    “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se manifestará pronto; e irá tu rectitud delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.

    “Entonces invocarás, y te responderá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí…

    “y si extiendes tu alma al hambriento y sacias al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía;

    “y Jehová te guiará siempre, y en las sequías saciará tu alma”5.

    Sobre este pasaje de las Escrituras, el presidente Harold B. Lee dijo: “Las enormes bendiciones que vienen [del ayuno] se han descrito en cada dispensación, y aquí el Señor nos explica, a través de Su gran profeta, el porqué del ayuno y las bendiciones que conlleva. Si analizan el capítulo cincuenta y ocho del libro de Isaías, verán la razón por la que el Señor desea que ayunemos y paguemos ofrendas de ayuno: Es para que podamos hacernos merecedores de llamar a la puerta y que el Señor nos conteste; de clamar y que el Señor diga: ‘Heme aquí’”.

    El presidente Lee añade: “¿Querríamos estar en la condición de llamar y que Él no conteste? ¿De clamar en nuestra desesperación y que Él no esté con nosotros? Creo que ha llegado el momento de pensar en estos principios básicos, porque así serán los días que tenemos por delante, cuando necesitaremos más y más las bendiciones del Señor, cuando los juicios sean derramados sin mezcla sobre toda la tierra”6.

    Nuestro amado profeta, el presidente Thomas S. Monson, ha compartido su testimonio de estos principios, testimonio que nace de la experiencia personal. Él dijo: “Ningún miembro de la Iglesia que haya ayudado a proveer de lo necesario para los necesitados, olvida o lamenta jamás la experiencia de haberlo hecho. El trabajo, la frugalidad, la autosuficiencia y el compartir con los demás no son algo nuevo para nosotros”7.

    Hermanos, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días somos un pueblo que hace convenios y guarda los mandamientos. No se me ocurre ninguna ley, ningún mandamiento que sea más fácil de cumplir y que brinde mayores bendiciones que la ley del ayuno, si la cumplimos fielmente. Cuando ayunamos y damos una ofrenda honesta, entregamos al almacén del Señor lo que habríamos gastado en esas comidas. No requiere un excesivo sacrificio económico mas allá de lo que gastaríamos normalmente. Al mismo tiempo, se nos prometen las extraordinarias bendiciones que anteriormente se mencionaron.

    La ley del ayuno es para todos los miembros de la Iglesia. Se puede enseñar a los niños pequeños a ayunar, comenzando con una comida y más adelante dos, a medida que pueden comprender y sobrellevar físicamente la ley del ayuno. Esposos y esposas, miembros solteros, jóvenes y niños deben comenzar su ayuno con una oración en la que expresen gratitud por las bendiciones de su vida y procuren las bendiciones del Señor y fortaleza durante el ayuno. La ley del ayuno se cumple en su plenitud cuando se entrega la ofrenda de ayuno al representante del Señor, el obispo.

    Obispos, ustedes dirigen el bienestar en su barrio. Tienen el mandato divino de buscar y cuidar de los pobres. Con el apoyo de la presidenta de la Sociedad de Socorro y los líderes del quórum del Sacerdocio de Melquisedec, su meta es ayudar a los miembros a ayudarse a sí mismos y llegar a ser autosuficientes. Ustedes ministran las necesidades temporales y espirituales de los miembros al utilizar con prudencia las ofrendas de ayuno como una ayuda temporal, y como un suplemento a los recursos que aporta la familia y la comunidad. Al ejercer las llaves del sacerdocio con espíritu de oración y discernimiento para ayudar al pobre y al necesitado, ustedes llegarán a comprender que las ofrendas de ayuno se deben usar para mantener las necesidades básicas de la vida, no un estilo de vida.

    Presidentes de quórum del Sacerdocio Aarónico, ustedes poseen las llaves y el poder de administrar las ordenanzas exteriores. Trabajan con el obispo e instruyen a los miembros del quórum en cuanto a sus deberes en el sacerdocio y de acercarse a los miembros de la Iglesia para darles la oportunidad de contribuir al ayuno. Al magnificar sus responsabilidades en el sacerdocio y brindar esta oportunidad a todos los miembros de la Iglesia, ustedes, los poseedores del Sacerdocio Aarónico, facilitan las bendiciones prometidas del ayuno a aquellos que más pueden necesitarlas. Ustedes serán testigos de que el espíritu de cuidar del pobre y del necesitado tiene el poder de ablandar corazones de otro modo endurecidos, y bendice la vida de aquellos que quizás no asisten a la Iglesia con regularidad.

    El presidente Monson ha dicho: “Aquellos obispos que organicen a sus quórumes del Sacerdocio Aarónico para participar en la recolección de las ofrendas de ayuno, tendrán más éxito en esta sagrada responsabilidad”8.

    Obispos, recuerden que las circunstancias varían mucho de una área a otra y de un país a otro. El que los miembros del quórum del Sacerdocio Aarónico vayan a las casas tal vez no sea práctico en la región donde vivan. No obstante, los invitamos a considerar con espíritu de oración el consejo del profeta y a procurar inspiración sobre maneras apropiadas en que los poseedores del Sacerdocio Aarónico de sus barrios puedan magnificar su sacerdocio participando en la recolección de ofrendas de ayuno.

    En el capítulo veintisiete de 3 Nefi, el Señor resucitado preguntó: “¿Qué clase de hombres habéis de ser?”; y respondió: “En verdad os digo, aun como yo soy”9. Al tomar sobre nosotros el nombre de Cristo y esforzarnos por seguirlo, recibiremos Su imagen en nuestro semblante y llegaremos a ser más como Él. Cuidar del pobre y del necesitado es inherente al ministerio del Salvador; es parte de todo lo que Él hace. Él extiende su mano hacia todos y nos eleva. Su yugo es fácil y ligera Su carga. Invito a cada uno de nosotros a que cuidemos del pobre y del necesitado cumpliendo fielmente la ley del ayuno y contribuyendo con una generosa ofrenda para que lleguemos a ser más como el Salvador. Testifico con humildad que cuidar fielmente del pobre y del necesitado es un reflejo de madurez espiritual y bendecirá tanto al que da como al que recibe. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

    Notas

    1. Deuteronomio 15:11.

    2. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 2.2.

    3. Manual 2, Sección 6.1.2.

    4. Isaías 58:6–7.

    5. Isaías 58:8–11.

    6. Harold B. Lee, “Listen and Obey” (Welfare Agricultural Meeting, 3 de abril de 1971), copia de un texto mecanografiado, pág. 14, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.

    7. Thomas S. Monson, “¿Estamos preparados?” Liahona, septiembre de 2014, pág. 4.

    8. Thomas S. Monson, en una reunión con el Obispado Presidente, 28 de febrero de 2014.

    9. 3 Nefi 27:27.