2000–2009
Vida eterna en Cristo Jesús
Abril 2002


Vida eterna en Cristo Jesús

“Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos”.

Hace casi dos mil años, un joven rico, hizo una pregunta sumamente importante al Salvador: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

“Oyendo” las instrucciones del Salvador y Su tierna invitación “ven y sígueme” (Mateo 19:21), el joven rico “se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo 19:22).

Trágicamente, millones de personas hoy en día aún valoran y prefieren “las riquezas de la tierra”, en vez de “las riquezas de la eternidad” (D. y C. 38:39), sin saber o comprender totalmente que “rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7; cursiva agregada), y que la vida eterna es el don más grandioso que Dios da al hombre (véase D. y C. 14:7). En pocas palabras, la vida eterna es vivir para siempre como familias en la presencia de Dios (véase D. y C. 132:19–20, 24, 55).

En Su grandiosa oración intercesora, el Salvador da a la humanidad la clave para obtener la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Pero, ¿cómo puede el hombre llegar a conocer al único Dios verdadero?

El Salvador responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo y conocerlo.

Pero, ¿quién es Jesucristo, para que debamos ir a él y conocerlo? No creo que exista un resumen más maravilloso en cuanto a la identidad y el papel del Señor Jesucristo que la declaración que hizo la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, intitulada “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles”, del cual cito lo siguiente:

“[Jesucristo] fue el Gran Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento. Bajo la dirección de Su Padre, Él fue el Creador de la tierra…

“…Él dio Su vida para expiar los pecados de todo el género humano…

“…Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo.

“Se levantó del sepulcro para ser las ‘primicias de los que durmieron’ (1 Corintios 15:20). Como el Señor Resucitado… ministró entre Sus ‘otras ovejas’ (Juan 10:16) en la antigua América… Él y Su Padre aparecieron al joven José Smith, iniciando así la largamente prometida ‘dispensación del cumplimiento de los tiempos’ (Efesios 1:10)…

“…Su sacerdocio y Su Iglesia han sido restaurados sobre la tierra, ‘edificados sobre el fundamento de… apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo’ (Efesios 2:20).

“…algún día Él regresará a la tierra… [y] regirá como Rey de reyes y reinará como Señor de señores… Todos nosotros compareceremos para ser juzgados por Él.

“…Sus apóstoles debidamente ordenados [testifican] que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios. Él es el gran Rey Emanuel… Él es la luz, la vida y la esperanza del mundo” (“El Cristo Viviente”, Liahona, abril de 2000, pág. 2).

Es algo maravilloso y absolutamente esencial saber quién es el Señor Jesucristo.

Pero de nuevo, testifico que la única manera mediante la cual nosotros y toda la humanidad podemos venir a nuestro Padre Celestial y conocerlo, y de ese modo obtener la vida eterna, es venir al Señor Jesucristo, y conocerlo.

¿Qué significa conocer al Señor Jesucristo, y cómo podemos llegar a conocerlo?

El Salvador responde: “…estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y continuación de las vidas, y pocos son los que la hallan, porque no me recibís en el mundo ni tampoco me conocéis.

“Mas si me recibís en el mundo, entonces me conoceréis…” (D. y C. 132:22–23).

¿Podemos verdadera y plenamente comprender Sus palabras? “…si me recibís” a mí, al Gran Jehová, al Mesías, al creador de la tierra, al Salvador y al Redentor del mundo, al Hijo inmortal de Dios; “…si me recibísentonces me conoceréis” (D. y C. 132:23; cursiva agregada).

Para conocer al Señor Jesucristo, nosotros y toda la humanidad debemos recibirlo. Y para recibirlo, debemos recibir a Sus siervos (véase Mateo 10:40; D. y C. 1:38; 68:8–9; 84:36; 112:20).

Para recibirlo, debemos recibir la plenitud de Su Evangelio, Su convenio sempiterno, incluso todas esas verdades o leyes, convenios y ordenanzas que la humanidad necesita para entrar de nuevo en la presencia de Dios (véase D. y C. 39:11; 45:9; 66:2; 76: 40–43; 132: 12; 133:57).

Para recibirlo, los fieles hijos de Dios deben recibir Su sacerdocio y magnificar sus llamamientos (D. y C. 84:33–35).

Pero, al final, para recibirlo y conocerlo, nosotros, al igual que toda la humanidad, debemos hacer lo que nos exhorta Moroni: “…venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32; cursiva agregada). En otras palabras, debemos venir a Cristo y esforzarnos por “llegar a ser” como Él es (véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 40).

El Señor resucitado dijo: “¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). El significado de la palabra habéis como la utilizó en Su pregunta: “…qué clase de hombres habéis de ser” es de vital importancia para entender Su respuesta: “…aun como yo soy”. La palabra habéis significa “ha de ser necesario” o “tenéis el deber o la obligación moral” (véase también Lucas 24:26); lo que sugiere, como lo confirman las Santas Escrituras, antiguas y modernas, que es “necesario” que estemos “obligados” como si fuese por convenio “a ser” como Él declaró: “aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; véase también 3 Nefi 12:48; Mateo 5:48; 1 Juan 3:2; Moroni 7:48).

Ruego que pronto llegue “el día en que el conocimiento de un Salvador se [esparza] por toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Mosíah 3:20; véase también Moisés 7:62; Isaías 11:9), que todos los que tengan el deseo, lo reciban a Él, sí, al Señor Jesucristo, y que le conozcan, para que puedan venir a nuestro Padre Celestial y conocerle, y así obtener la vida eterna, en el nombre de Jesucristo. Amén.