1990–1999
Leales a la fe
Abril 1997


Leales a la fe

“Con tan grande herencia, no podemos menos que hacer lo mejor que este a nuestro alcance. Los que nos han precedido esperan eso de nosotros. Tenemos un mandato del Señor.”

Con esa imagen como telón de fondo, deseo decir algo a modo de resumen de lo que ya se ha escuchado y se ha visto en este, el cumpleaños de la Iglesia. Como se nos ha recordado numerosas veces, este año representa un gran aniversario, por lo que deseo hablar públicamente sobre la magnitud de lo que nuestros antepasados llevaron a cabo y sobre lo que eso significa para nosotros. Es una historia que la mayoría de ustedes conocen, pero vale la pena contarla otra vez.

Es una historia de tan grande envergadura, tan llena de sufrimiento humano y del resultado del ejercicio de la fe, que nunca envejecerá ni perderá su frescor.

Ya sea que se encuentran ustedes entre los descendientes de los pioneros o que se hayan bautizado tan sólo ayer, todos somos beneficiarios de la gran hazaña de ellos.

(Que prodigioso es contar con grandes y nobles progenitores! (Que admirable es haber recibido ese magnifico patrimonio que habla de la mano guiadora del Señor, del oído atento de Sus Profetas, de la dedicación total de una enorme congregación de santos que amaron esta causa mas que a la vida misma! No debe sorprender que tantos cientos de miles de nosotros si, aun millones, hagamos una pausa en el mes de julio que se aproxima para recordarlos, así como para celebrar sus maravillosos logros y regocijarnos en la obra milagrosa que ha crecido de los cimientos que ellos establecieron.

Permítanme citar una palabra de Wallace Stegner; el no era miembro de la Iglesia, pero fue mi contemporáneo en la Universidad de Utah; posteriormente, fue profesor de creación literaria en la Universidad Stanford y ganador del premio Pulitzer. Era un hombre muy observador y aplicado estudiante. Escribió lo siguiente acerca de estos antepasados nuestros:

“Establecieron una mancomunidad, o, como ellos lo hubieran llamado, un Reino. La historia de su migración es mas que la historia de la fundación de Utah. En su héjira, se abrieron paso por el sur de Iowa, desde Locust Creek hasta el río Misuri, hicieron los primeros caminos, construyeron los primeros puentes, establecieron las primeras comunidades; transformaron junto al río Misuri en Council Bluffs una factoría y agencia indígena en un fuerte fronterizo de civilización, fundaron poblados en ambos lados del río e hicieron de Winter Quarters … y después de Kanesville … puestos de abastecimiento que se igualaban a Independence, Westport y St. Joseph … Los libros guías de la ruta y las señales indicadoras del camino, los puentes y las balsas de embarque que hicieron para los santos que los seguirían después también les sirvieron a los que no eran de su fe …

Continua diciendo: “Los mormones constituyeron una de las fuerzas principales en la colonización del Oeste. El grupo mayor de ellos abrió el paso por el sur de Iowa, la frontera de Misuri, Nebraska, Wyoming, Utah. El grupo de Samuel Brannan de santos del este que navegaron alrededor del Cabo de Hornos en el buque Brooklyn, y el Batallón Mormón que marchó mas de 3.200 kilómetros por tierra desde el Fuerte Leavenworth hasta San Diego, fueron grupos secundarios del movimiento mormón; entre ellos, contribuyeron a abrir los pasos del Suroeste y de California. Integrantes del Batallón se hallaban en Coloma cuando se descubrió oro en el lecho del canal del molino Sutter … Colonizadores mormones de Brigham Young, poniéndose nuevamente en marcha tras una breve permanencia, salieron de los valles de Salt Lake, de Utah y de Weber y fueron a establecer colonias que se extendieron desde el norte de Arizona hasta el río Lemhi, de Idaho, y desde el Fuerte Bridger en Wyoming hasta Genoa en Carson Valley … y en el suroeste pasando por St. George a Las Vegas y a San Bernardino”(1).

Ese es un relato en cápsula de los notables logros de los pioneros.

En el espacio de siete años, nuestra gente, que había huido de la orden de exterminio del gobernador Boggs de Misuri, se fue a Illinois, donde establecieron la ciudad mas grande de ese entonces en ese estado; la edificaron en las riberas del río Misisipi, en un pronunciado recodo de este. Allí construyeron casas de ladrillo, una escuela, instituyeron una universidad, erigieron un salón de asambleas y edificaron su templo, que se dice era el edificio mas suntuoso que había entonces en todo el estado de Illinois. Sin embargo, el odio en contra de ellos siguió en aumento y culminó con la muerte de su líder, José Smith, y de su hermano Hyrum, que fueron muertos a tiros en la cárcel de Carthage el 27 de junio de 1844.

Brigham Young sabia que no podían quedarse allí, y resolvieron irse al oeste, a un lugar remoto donde, como había dicho José Smith: “el diablo no nos pueda echar fuera”(2). El 4 de febrero de 1846, los carromatos comenzaron a movilizarse en dirección al río por la “Parley’s Street”. Allí los trasladaron en balsas al territorio de Iowa. Poco después, bajó considerablemente la temperatura; el río se congeló y lo atravesaron sobre el hielo. Una vez que se despidieron de Nauvoo, quedaron a merced de los elementos y se encomendaron a la misericordia de Dios.

Cuando el hielo se derritió, el terreno se convirtió en un lodazal profundo y peligroso. Los carromatos se hundían hasta los ejes, y, para sacarlos, había que duplicar y hasta triplicar las yuntas de bueyes. Abrieron un camino por el que nadie había transitado antes. Finalmente, al llegar al Gran Campamento a orillas del río Misuri, construyeron cientos de refugios, algunos muy toscos y otros mas cómodos; se valieron de cualquier resguardo para cobijarse a salvo de las inclemencias del tiempo.

Durante todo aquel invierno de 1846 en esos campamentos fronterizos, las fraguas y los yunques no cesaron de utilizarse en la construcción de carromatos. Mi propio abuelo, que hacia poco había dejado atrás los años de la adolescencia, llegó a ser experto herrero y constructor de carromatos. Ninguna vocación era mas útil en aquellos días que la de saber forjar el hierro. Mas adelante, el construyó su propio carromato en el que con su joven esposa, su niño lactante y su cuñado emprendieron el viaje hacia el oeste. Durante aquel largo viaje, su esposa enfermó y murió, y su cuñado falleció en el mismo día. Tras sepultarlos a los dos, llorando les dijo adiós; con ternura, tomó al niño entre sus brazos y prosiguió la marcha hacia el valle del Gran Lago Salado.

En la primavera de 1847, los carromatos de la primera compañía partieron de Winter Quarters con rumbo al oeste. Por lo general siguieron la ruta a lo largo de la ribera del lado norte del Río Platte. Los que se dirigían a California y a Oregón seguían la ruta del lado sur. El camino de los mormones llegó a ser ulteriormente la vía del Ferrocarril Union Pacific y la de la carretera transcontinental.

Como sabemos, el 24 de julio de 1847, después de 111 días de viaje, tras salir del desfiladero, desembocaron en el Valle del Lago Salado. Brigham Young dijo: “Este es el lugar indicado”(3). Siento un respeto imponente por esas palabras. Pudieron haber seguido la marcha a California o a Oregón, donde la tierra ya se había puesto a prueba, donde había abundante agua y donde el clima era mas agradable y constante. Jim Bridger les había advertido que no intentaran cultivar la tierra del Valle del Lago Salado. Sam Brannan le había suplicado a Brigham Young que prosiguieran el viaje a California. Pero desde allí contemplaron el estéril valle y las salinas aguas del lago que relucían hacia el oeste bajo el sol del verano boreal. Ningún arado había surcado nunca el suelo endurecido por el sol. Allí estuvo Brigham Young, a los 46 años de edad, y le dijo a su gente que este era el lugar indicado. Ellos nunca habían cultivado la tierra ni sabían lo que era una cosecha; nada sabían de las estaciones del año. Miles de personas mas venían detrás de ellos y todavía habían de venir decenas de miles mas. Ellos aceptaron las palabras proféticas de Brigham Young.

Al poco tiempo comenzaron a levantarse casas en el desértico suelo. Se plantaron arboles, y el milagro es que crecieron. Se comenzó la construcción de un nuevo templo, tarea que había de durar incesantemente durante 40 años. Desde aquel comienzo de 1847 hasta la llegada del ferrocarril en 1869, los santos llegaron por decenas de miles a su Sión establecida entre las montañas. Nauvoo quedó desocupada; su templo lo incendió un pirómano y a la postre sus paredes cayeron con una tormenta.

La obra misional había comenzado en Inglaterra en 1837 y de allí se extendió a Escandinavia y paulatinamente a Alemania y a otros piases. Todos los que se convertían deseaban venir a congregarse en Sión. Aquella no fue una operación fortuita. Agentes de la Iglesia se encargaron de todos los detalles. Se comisionaron barcos para que transportaran a los inmigrantes a Nueva Orleans, a Nueva York y a Boston. La meta final era siempre la misma: el valle del Gran Lago Salado, desde el cual muchos de ellos se esparcirían en todas direcciones para fundar nuevas ciudades y nuevos poblados, mas de 350 de ellos en la región de las Montañas Rocosas.

Cientos de personas murieron en el largo camino; morían del cólera, de llagas negras, de agotamiento completo, de hambre y de frío.

Se destacan, como hemos escuchado, entre los que pagaron un precio espantoso los de la compañía de carros de manos de Willie y de Martin de 1856.

No había suficientes carromatos para transportar a todos los que se habían convertido tanto en Inglaterra como en el occidente de Europa, por lo que para venir a Sión tenían que caminar tirando de un pequeño carro. Cientos de personas viajaron de ese modo y avanzaban con mayor rapidez que las yuntas de bueyes. Pero en 1856, esas dos compañías caminaron con la muerte. Emprendieron el viaje tarde en el año y nadie sabia que venían en camino. Los carros no estaban preparados. A los pocos que tuvieron medios para comprarse un carromato se les designó viajar con ellos para prestarles ayuda. Comenzaron el viaje entonando cantos. Poco sabían de lo que les aguardaba mas adelante.

Caminaron a lo largo del río Platte, siempre rumbo al oeste. Cerca del Fuerte Laramie, comenzaron sus dificultades. Comenzó a nevar y hubieron de reducir sus raciones de alimento; comprendieron que se encontraban en una situación desesperada al comenzar a subir lentamente las tierras altas de Wyoming. Perecieron cerca de 200 personas en aquella terrible y trágica marcha.

Muchismos son los relatos de los que estuvieron allí y padecieron casi hasta la muerte, y llevaron a lo largo de toda su vida las cicatrices de aquella espantosa experiencia. Fue una tragedia sin paralelo en la migración de nuestra gente hacia el oeste.

Después de todo lo que se ha dicho y hecho, nadie se puede imaginar, nadie puede aquilatar ni comprender lo desesperadas que fueron sus circunstancias. Deseo rendir homenaje a la gente de la Estaca Riverton, Wyoming, que ha hecho tanto por buscar los datos de los que recorrieron ese camino de muerte y sufrimiento atroz, así como por realizar la obra del templo por ellos y por conmemorarlos. Podría volver a relatar muchas historias, pero no cuento con el tiempo para hacerlo. Mencionare muy brevemente solo una. En Rock Creek Hollow, en un terreno que ahora es propiedad de la Iglesia, hay una fosa común de 13 personas que perecieron en una sola noche. Entre ellas había una niña de nueve años procedente de Dinamarca y que viajaba sola con otra familia. Se llamaba Bodil Mortensen. En octubre de 1856, la copiosa nieve que caía en medio de un viento huracanado ya llegaba a mas de medio metro de profundidad cuando los de la compañía de James G. Willie intentaron buscar algún resguardo de la fuerte ventisca. Bodil fue a buscar malezas secas para hacer fuego. Al regresar, en cuanto llegó a su carro con las ramitas en el brazo, cayo muerta; se había congelado. El hambre y el frío intenso le arrancaron de su extenuado cuerpo la vida por la que había luchado.

Le. damos gracias al Señor porque todo eso ya ha quedado atrás, a una distancia de un siglo y medio.

Hoy recibimos los frutos del gran esfuerzo de ellos. Confío en que les estemos agradecidos. Espero que alberguemos en el corazón un profundo sentimiento de gratitud por todo lo que hicieron por nosotros.

Estamos ahora en 1997, y el futuro esta ante nosotros. Así como se esperó mucho de ellos, celos esperan mucho de nosotros. Hemos observado lo que hicieron con lo que tenían. Nosotros tenemos mucho mas de lo que ellos tuvieron, junto con el enorme reto de continuar la edificación del reino. Hay mucho que hacer. Hemos recibido el mandato divino de llevar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo Tenemos el encargo de enseñar y bautizar en el nombre del Señor Jesucristo. Dijo el Salvador resucitado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”(4).

Nos hallamos embarcados en la gran y avasalladora cruzada de la verdad y la rectitud. Felizmente, vivimos en una época de buena voluntad. Hemos recibido un patrimonio de respeto y honor a nuestra gente. Debemos tomar la antorcha y correr la carrera.

Personas de nuestro pueblo ocupan puestos de responsabilidad en todo el mundo. La buena reputación de ellas realza la obra del Señor. Dondequiera que estemos, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, “… Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspi [remos] “(5).

La pequeña piedra que previo Daniel va rodando con majestad y poder. Todavía hay quienes nos desdeñan. Vivamos por encima de eso. Todavía hay quienes nos consideran un pueblo singular. Aceptemos eso como un cumplido y sigamos adelante mostrando por medio de la virtud de nuestras vidas la fortaleza y la integridad de aquello portentoso en lo cual creemos.

En una época en la que las familias en todo el mundo se desintegran, robustezcamos las nuestras, fortalezcámoslas, cuidémoslas con la rectitud y con la verdad.

Con tan grande herencia, no podemos menos que hacer lo mejor que este a nuestro alcance. Los que nos han precedido esperan eso de nosotros. Tenemos un mandato del Señor. Tenemos una visión de nuestra causa y de nuestro propósito.

Busquemos a los justos de la tierra que prestaran oído a nuestro mensaje de salvación. Llevémosle la luz y la verdad y el conocimiento a una generación que esta postrada en su desencanto al buscar otras cosas.

Dios nos ha bendecido con bellísimos edificios en los cuales enseñar la verdad viviente. En la actualidad, tenemos centros de reuniones esparcidos en todos los continentes. Utilicémoslos para nutrir a nuestra gente con “la buena palabra de Dios”(6).

Ahora tenemos templos por todas partes y se están construyendo mas, a fin de que la gran obra de la salvación de los muertos siga adelante cada vez con mayor ímpetu.

Nuestros antepasados establecieron un sólido y extraordinario cimiento. Ahora, la oportunidad es nuestra de edificar una superestructura, con una armazón perfecta, siendo Cristo la principal piedra del ángulo. Mis amados hermanos y hermanas, ¡que bendecidos somos! ¡Que asombroso patrimonio tenemos! Este supuso sacrificio, sufrimiento, muerte, visión, fe, conocimiento y un testimonio de Dios el Padre Eterno y de Su Hijo, el resucitado Señor Jesucristo.

Los carromatos de antaño han sido reemplazados con los aviones que atraviesan el cielo. Los coches tirados por caballos han sido reemplazados con los automóviles con aire acondicionado que se deslizan velozmente por las autopistas. Tenemos excelentes instituciones de aprendizaje. Tenemos enormes tesoros de historia familiar. Tenemos casas de adoración por miles. Los gobiernos de la tierra nos consideran con respeto y aprobación. Los me dios de información nos tratan bien. Deseo señalar que esta es nuestra gran época de oportunidades.

Honraremos de la mejor forma a los que nos han precedido si servimos bien en la causa de la verdad. Que el Todopoderoso nos sonría con aprobación al buscar nosotros hacer Su voluntad y seguir adelante como “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa [y] pueblo adquirido por Dios”(7).

Esto ruego, humildemente, al mirar hacia el pasado y hacia el futuro en este año de aniversario, y dejo mi testimonio y mi bendición con ustedes en el nombre del que es nuestro Maestro, el Señor Jesucristo. Amen.

  1. Wallace Stegner, The Gathering of Zion: The Story of the Mormon Trail, 1964, págs. 67.

  2. Enseñanzas del Profeta José’ Smith, pág. 410.

  3. B. H. Roberts, Comprehensive History of the Church, 3:224.

  4. Marcos 16:15.

  5. Articulo de Fe No. 13.

  6. Jacob 6:7.

  7. 1 Pedro 2:9.