1990–1999
Cristo Junto Al Estanque De Betesda
Octubre 1996


Cristo Junto Al Estanque De Betesda

“Cada uno de nosotros debe contestar la misma pregunta: ¿Que pues, haré de Jesús? El mismo nos ha dado la repuesta: ‘Seguidme’.”

Una de las galerías mas famosas del mundo es la Galería Nacional de Arte que se sitúa al lado de “Trafalgar Square” (la Plaza Trafalgar) en la ciudad de Londres, Inglaterra. En la galería se exhiben muchas obras de arte de valor inestimable.

Hace sólo unas semanas, mi esposa Frances, y yo visitamos dicha Galería y admiramos las inspiradas obras ilustres que se desplegaban ante nosotros, las que impresionaron nuestro corazón. Una gran pintura ocupaba la mayor parte de la pared de uno de los salones: una obra incomparable de Bartolomé Esteban Murillo, que concluyó en el año 1670 y que se titula “Christ Healing the Paralytic at the Pool of Bethesda” (Cristo sanando al paralítico junto al Estanque de Betesda). Los siglos no han empañado su belleza, ni apagado su encanto ni disminuido el impacto que produce.

Al contemplarla, no podía quitarle los ojos de encima, ni tampoco podía pensar en otra cosa. Me sentí transportado en el tiempo mientras veía al lisiado apoyado sobre su tosca muleta, con los brazos extendidos y las palmas de las manos vueltas hacia arriba, al apelar al Salvador del mundo. Las palabras y los pensamientos que se expresan en el libro de Juan cruzaron por mi mente y las comparto con ustedes en esta ocasión:

“Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos.

“En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua.

“Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.

“Y había allí un hombre que hacia treinta y ocho años que estaba enfermo.

“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

“Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.

“Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda.

“Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo”1.

Finalmente, después de reflexionar en lo que decían estos versículos, salí del salón en donde me había imaginado la escena que representaba la obra. Aun así, el impacto que me produjo esa obra maestra permaneció imborrable en mi alma.

Desde entonces he pensado en la majestuosidad del mandato del Maestro, en la ternura de Su corazón y en el gozo indescriptible que Su acción le otorgó al enfermo.

Tan sólo con pensar en ti

me lleno de solaz,

y por tu gracia, oh Jesús,

veré tu santa faz..

Jamas el hombre oirá

tan melodioso son

como tu nombre, oh Jesús;

tu das la salvación.2

¿Nos acordamos de la pregunta que hizo Poncio Pilato mientras les hablaba a los que derramarían la sangre de Jesús y le daría fin a Su vida terrenal? “¿Que, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!”3. Y así aconteció.

Cada uno de nosotros debe contestar la misma pregunta: ¿Que, pues, haré de Jesús? El mismo nos ha dado la respuesta “Seguidme, y haced las cosas que me habéis visto hacer”4.

La misión terrenal de nuestro Señor fue predicha por los santos Profetas, así como Su nacimiento. Por generaciones, la humanidad ilustre, tanto del viejo como del nuevo mundo, buscó con anhelo el cumplimiento de las profecías anunciadas por hombres justos inspirados por el Dios Todopoderoso.

Entonces se escuchó esta declaración celestial a los “pastores en la misma regi6n, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño … que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”5. Nació en un establo, fue acostado en un pesebre, descendió del Cielo para vivir en la tierra como un hombre mortal y establecer el Reino de Dios. Su glorioso Evangelio reformó el pensamiento del mundo. El bendijo al enfermo, hizo que el cojo caminara, que el ciego viera, que el sordo oyera; aun les dio vida a los muertos. El proporcionó, para ustedes y para mi, el obsequio mas grande que podríamos recibir: la Expiación y todo lo que eso comprende. Ofreció Su vida para que nosotros viviéramos para siempre.

Con frecuencia se hace la pregunta: “Si Jesús se te apareciese hoy, le pedirías?”

Mi respuesta siempre ha sido la misma: “No diría una sola palabra. Tan sólo le escucharía”.

A través de las épocas, el mensaje de Jesús ha sido el mismo. A Pedro, a las orillas del mar de la hermosa Galilea, le dijo: “Venid en pos de mi”6. A Felipe de antaño, se le llamó: “Sígueme”7. A Leví, que se sentaba al banco de los tributos, se le dijo: “Sígueme”8. Y a ustedes y a mi, si escucháramos, vendría aquella misma anhelosa invitación “Sígueme”.

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”9. ¿Lo hacemos nosotros? De El se dijo que “anduvo haciendo bienes”10. ¿Lo hacemos nosotros?

Sus amados Apóstoles bien notaron Su ejemplo: El vivió “no … para ser servido, sino para servir”11; no para recibir, sino para dar; no para salvar Su vida, sino para derramarla por los demás. Se ha dicho: “Si vieran la estrella que por fin dirigiera sus pasos e influyera en su destino … no deben buscarla en las circunstancias de la vida, que cambian como el firmamento, sino en la profundidad de su propio corazón, y de acuerdo con el modelo que dio el Maestro”.

Pensemos por un momento en la experiencia de Pedro ante la puerta del templo que se llamaba la Hermosa. Uno se compadece ante la petición del que era cojo de nacimiento, a quien ponían a la entrada del templo todos los días para que pidiera limosna a todo aquel que entraba. El hecho de que le pidiera limosna a Pedro y a Juan mientras ellos se acercaban a el, indica que les trató igual que a los que habían de pasar a su lado todos los días. Cuanto me gusta la instrucción directa y sencilla de Pedro: “Míranos”12. Entonces el hombre cojo esperó con atención.

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

“Y tomándole por la mano derecha le levantó …

“… se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo”13.

No todos los que se allegaban al Maestro cumplían Sus instrucciones divinas:

“Al salir el para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de el, le preguntó: Maestro bueno, haré para heredar la vida eterna?

“Jesús le dijo …

“Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre.

“El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud.

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.

“Pero el, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones”14.

Hace un tiempo recibí una carta enternecedora de Randy Spaulding, que vive en el norte del estado de Utah. En la carta me explicaba cómo estaba compuesta su familia y, luego, narraba el comienzo de una enfermedad que gradualmente fue aquejando a su padre, entonces fuerte y saludable, para convertirlo en una persona de mediana edad débil y paralítica. El estado físico de su padre se deterioró de tal manera que no pudo trabajar mas, ni siquiera caminar; tuvo que permanecer en una silla de ruedas casi sin poder atenderse a si mismo.

Randy me contó de que manera la familia y los miembros del barrio se habían hecho cargo de la granja y lo mucho que habían ayudado a la familia. Ahora su padre no habla y su mama es quien le proporciona constantes cuidados; sin embargo, ninguno de ellos ha dicho o escrito las palabras: “¿Y por que nosotros?”

Permítanme leer las palabras que escribió Randy. El dice: “Una mañana, mientras pensaba acerca de los quehaceres diarios de la vida y, al dirigirme con prisa hacia la puerta para comenzar la jornada, note que papa estaba sentado en un rincón de la habitación leyendo las Escrituras. Me detuve y fui a hablarle. Al verlo, me di cuenta de las difíciles circunstancias por las que pasaba: con la mano derecha trataba de sostenerse la cabeza lo suficiente para verme y leer el Libro de Mormón. Comprendí que en una época de tan grande prueba, todavía tenía la fe suficiente como para leer acerca de un Dios de amor, de un Dios que cicatriza y que nos cura, de un Dios de vida, de vida eterna. Mi padre todavía cree. Ah, cómo desearía transportarlo en el tiempo hacia el estanque de Betesda y suplicarle a nuestro Maestro que tuviera misericordia de nosotros para que también papa tomara su lecho y anduviera”.

Su carta continua: “Ese día. regrese a mi dormitorio y le agradecí a mi Padre Celestial los inigualables padre y madre que tenía”.

Recordemos que no fueron las aguas del estanque de Betesda las que curaron al paralítico, sino que su bendición provino a través del toque de la mano del Maestro. Del hermoso salmo aprendemos: “El deseo de los humildes oíste, oh Jehová; Tu dispones su corazón, y haces atento tu oído”15.

El te ha escuchado y, en verdad, te ha bendecido a ti y a los tuyos: una esposa y madre angelical que, sin limites, sacrifica su propia comodidad para la bendición de su

compañero eterno; vecinos que ofrecen su mano de ayuda, que tienen corazones que sienten y cuyos pies y talento vienen al rescate. Son las bendiciones que se otorgan por las promesas del Señor. Aunque Betesda atrae, el Señor ha escuchado. El dijo: “De cierto, de cierto os digo, que se os concederá según lo que de mi deseareis”16.

El élder Harold B. Lee nos consoló con estas palabras: “ [Aquellos] a los que se les han negado bendiciones … en esta vida, que expresan en su corazón: Si hubiera podido hacerlo, lo habría hecho, o si tuviera, daría, pero no puedo porque no tengo, el Señor les bendecirá como si lo hubieran hecho, y el mundo venidero les compensara a aquellos que, en su corazón, desearon justas bendiciones que no recibieron, porque no fueron los causantes de esa falta”17.

En todas partes hay quienes sufren dolor, que perseveran ante enfermedades debilitantes, que luchan contra el demonio de la depresión. Nuestro corazón siente compasión por todos. Nuestros ruegos son en favor de ellos. Las manos de ayuda se extienden.

Me gusta el sentimiento que se encuentra en las palabras del poema titulado “Living What We Pray For” (Vivir lo que oramos):

Al llegar la noche, me arrodille a suplicar:

“Bendice a todos, Señor, y da como Tu sabes dar;

el dolor del corazón afligido quita,

y que el enfermo sane, Tu bondad permita”.

Y, al llegar de un nuevo día la alborada,

mi camino seguí sin pensar en nadie ni en nada.

Y ni siquiera pensé que alguien necesitara

que otro ser humano sus lágrimas enjugara.

Tampoco ayudar se me ocurrió

a algún hermano abrumado de dolor;

ni tuve ojos para ver

que a mi vecino enfermo debí atender.

Y aun así, a la noche, al orar,

“bendice a todos, Señor”, supe rogar.

Pero al hacerlo, a mis oídos llegó

una voz que mi conciencia despertó.

“Hijo mío, antes de por el bien suplicar,

quien has tratado hoy tu de ayudar?

Las bendiciones de Dios saben estar

con los que aquí a los demás de sí suelen dar”.

Mi rostro escondí, avergonzado,

“Perdóname, Dios, el egoísmo con que me he comportado.

Dame otro día para practicar

lo que yo me atreva a suplicar”.

Cuando leí la frase del poema: “Mi rostro escondí, avergonzado”, una memoria llena de recuerdos me susurró que compartiera con ustedes una experiencia personal muy tierna.

Hace muchos años, cuando era obispo, me avisaron que Mary Watson, un miembro de mi barrio, estaba internada en el hospital del condado. Cuando la fui a ver, la encontré en un gran dormitorio repleto de tantas camas que me fue difícil divisarla. Al ver su cama y al acercarme a ella, le dije: “Hola, Ella me respondió: “Hola, obispo”. Advertí que la paciente de la cama contigua a la de Mary Watson se cubría el rostro con la sábana.

Le di una bendición a Mary Watson, le estreche la mano y le dije “adiós”, pero no pude retirarme de su lado. Fue como si una mano que no veta estuviera descansando sobre mi hombro, y sentí dentro de mi alma que yo estaba escuchando estas palabras: “Ve a la cama de al lado, en la que la pequeña anciana se cubrió el rostro cuando llegaste”. Y así lo hice. A lo largo de mi vida he aprendido que nunca debo posponer lo que mandan los susurros del Espíritu.

Me acerque a la cama de la otra paciente, con gentileza le di unas palmaditas en el hombro y con cuidado descorrí la sábana que le cubría la cara. ¡Que sorpresa! Ella también era miembro de mi barrio. Yo no sabia que estaba en el hospital. Su nombre era Kathleen McKee. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, exclamó con lágrimas: “Ah, obispo, cuando entró por esa puerta, pensé que usted había venido a verme a mi y bendecirme, dando respuesta a mis oraciones. Me sentí gozosa al pensar que usted sabía que yo estaba aquí; pero cuando se detuvo ante la otra cama, se me vino el alma abajo, y me di cuenta de que no me había venido a ver a mi”.

Le respondí: “No se preocupe. Lo que es importante es que nuestro Padre Celestial lo sabia y que usted había orado en silencio por una bendición del sacerdocio. El fue el que me inspiro a interrumpir su descanso”.

Se dio una bendición; se contestó una oración. Le di un beso en la frente y partí del hospital con gratitud en mi corazón por los susurros del Espíritu. Aquella sería la ultima vez que vería a Kathleen McKee en la vida terrenal, pero no la última que escucharía de ella.

Apenas murió, me llamaron del hospital, diciendo: “Obispo Monson, Kathleen murió esta noche. Ella hizo los arreglos necesarios para que le notificáramos a usted si ella moría; le dejó la llave del departamento.

Kathleen McKee no tenía familia inmediata. Junto con mi dulce esposa, fui a su humilde departamento, di vuelta a la llave, abrí puerta y prendí la luz. Allí, en departamento inmaculado de dos dormitorios, vi una pequeña mesa con una nota debajo de una botella de medicamentos. La nota, escrita de su propia mano, decía: “Obispo, en este sobre esta mi diezmo y en botella hay monedas suficiente para cubrir el pago de las ofrendas de ayuno. Estoy mano a mano con el Señor”. Tome el dinero y extendí los recibos pertinentes.

No me he olvidado de la dulzura de esa noche. Lágrimas de gratitud llenaron toda mi alma.

Hace unas semanas recibí una tarjeta de cumpleaños de un padres que el año pasado perdieron una hermosa hija que falleció, de cáncer. La tarjeta expresa este pensamiento profundo:

“ ‘¿Y que es tan importante como el conocimiento?’, preguntó la mente.

“ ‘Preocuparse por los demas y ver con el coraz6n’, respondió el alma”.

Esta expresi6n describe lo que podemos aprender de la bendición que Cristo dio en Betesda. De esta verdad divina yo testifico. En nombre de Jesucristo. Amén.

  1. Juan 5 :2-9.

  2. “Tan solo con pensar en ti”, Himnos, 76.

  3. Mateo 27:22.

  4. 2 Nefi 31:12.

  5. Lucas 2:8, 11.

  6. Mateo 4:19.

  7. Juan I :43.

  8. Lucas 5:27.

  9. Lucas 2:52.

  10. Hechos 10:38.

  11. Mateo 20:28.

  12. Hechos 3:4.

  13. Hechos 3:6-8.

  14. Marcos 10:17-22.

  15. Salmos 10:17.

  16. D. y C. 6:8.

  17. “Ye Are the Light of the World”, 1974, pág. 292; cursiva agregada.