1990–1999
El Señor prosperara a los justos
Octubre 1992


El Señor prosperara a los justos

“El Señor desea prosperar a Su pueblo con los riquezas de la tierra, cuando este demuestra que hará uso prudente de esa abundancia, con humildad y caridad.”

En nombre de la Presidencia de los Setenta y de los miembros de ambos quórumes, deseo extender una cálida bienvenida a los élderes Eyring y Pace al tomar ellos su lugar entre los Setenta. También reconocemos a los quince hombres que se han agregado a los quórumes de los Setenta, cuyos nombres leyó el presidente Hinckley, y que han servido en sus cargos desde mediados de agosto. Expresamos, además, nuestros buenos deseos a los obispos Edgeley y Burton, que han tomado su lugar como consejeros del obispo Hales en el Obispado Presidente de la Iglesia.

Y manifestamos nuestro afecto, profundo respeto y admiración a los hermanos cuyo servicio como Setentas ha llegado oficialmente a su fin en el transcurso de esta conferencia.

En 1831, durante la conferencia de la Iglesia en Fayette, estado de Nueva York, José Smith recibió esta revelación del Señor, la cual contiene una promesa extraordinaria:

“… he hecho rica a la tierra”, declaró el Señor, “y he aquí, es el estrado de mis pies; por tanto, de nuevo pondré mi pie sobre ella.

“Y os extiendo y condesciendo a daros riquezas mas grandes, si, una tierra de promisión, una tierra que fluye leche y miel, sobre la que no habrá maldición cuando el Señor venga;

“y os la daré como tierra de vuestra herencia, si es que la procuráis con todo vuestro corazón.

“Y este será mi convenio con vosotros, la recibiréis como tierra de vuestra herencia y como herencia de vuestros hijos para siempre, mientras dure la tierra, y la poseeréis otra vez en la eternidad, para nunca mas volver a pasar” (D. y C. 38:17-20).

A través de las generaciones, el Señor ha demostrado que cuando los habitantes de la tierra lo recuerdan y son obedientes a Su dirección, El los bendice no sólo con bendiciones espirituales, sino también con abundancia material.

Las Escrituras contienen muchas evidencias de que el Señor desea prosperar a Su pueblo con las riquezas de la tierra, cuando este demuestra que hará uso prudente de esa abundancia, con humildad y caridad, reconociendo siempre la fuente de sus bendiciones.

Cuando los del pueblo de Lehi llegaron a las Américas provenientes del Viejo Mundo, al establecer sus hogares y trabajar para su sustento, sintieron que dependían enteramente del Señor. Nefi registra lo siguiente:

“Y nos afanamos por cumplir con los juicios, y los estatutos y mandamientos del Señor en todas las cosas …

“Y el Señor fue con nosotros, y prosperamos en gran manera; porque plantamos semillas, y cosechamos abundantemente en cambio. Y empezamos a criar rebaños, manadas y animales de toda clase.

“Y aconteció que comenzamos a prosperar en extremo, y a multiplicarnos en el país” (2 Nefi 5:10-11, 13).

Esta clase de prosperidad material siempre ha sido una cosa muy frágil; ha llegado a ser una de las pruebas mas grandes por las que puede pasar una persona. Las cualidades humanas esenciales y otros varios factores que determinan la prosperidad han sido siempre difíciles de mantener. Esto se manifiesta en un episodio que se describe en el primer capitulo de Alma, en el Libro de Mormón.

Al leer varios versículos de este relato, prestemos particular atención a los elementos que contribuyen al éxito material de la gente, y luego a los factores que conducen a las desgracias subsiguientes.

“Y cuando los sacerdotes dejaban su trabajo para impartir la palabra de Dios a los del pueblo, estos también dejaban sus labores para oír la palabra. Y después que el sacerdote les había impartido la palabra de Dios, todos volvían diligentemente a sus ocupaciones; y el sacerdote no se consideraba mejor que sus oyentes, porque el predicador no era de mas estima que el oyente, ni el maestro era mejor que el discípulo; y así todos eran iguales y todos trabajaban, todo hombre según su fuerza.

“Y. de conformidad con lo que tenia, todo hombre repartía de sus bienes a los pobres, y a los necesitados, y a los enfermos y afligidos; y no usaban ropa costosa, no obstante, eran aseados y atractivos.

“Y así dispusieron los asuntos de la iglesia; y así empezaron nuevamente a tener continua paz …

“Ahora, debido a la estabilidad de la iglesia, empezaron a enriquecerse en gran manera, teniendo en abundancia todas las cosas que necesitaban, y abundancia de rebaños y manadas, y toda clase de animales cebados, y también grano, oro, plata y objetos preciosos en abundancia, así como abundancia de seda y lienzo de fino tejido, y toda clase de buenas telas sencillas.

“Y así, en sus prósperas circunstancias no desatendían a ninguno que estuviese desnudo, o que estuviese hambriento, o sediento, o enfermo, o que no hubiese sido nutrido; y no ponían el corazón en las riquezas; por consiguiente, eran generosos con todos, ora ancianos, ora jóvenes, esclavos o libres, varones o hembras, pertenecieran o no a la iglesia, sin hacer distinción de personas, si estaban necesitadas.

“Y así prosperaron … “ (-31).

Siempre ha sido así. Cuando la vida de las personas esta en armonía con la voluntad del Señor, todos los factores esenciales que producen las bendiciones que Dios condesciende a dar a Sus hijos parecen ocupar el lugar que les corresponde. Reinan el amor y la armonía, e incluso el tiempo, el clima y los elementos parecen cooperan Perduran la paz y la tranquilidad; la industria y el progreso caracterizan la vida de las personas. Todo es como el Señor lo ha prometido:

“Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra,

“yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto.

“Vuestra trilla alcanzara a la vendimia, y la vendimia alcanzara a la sementera, y comeréis vuestro pan hasta saciaros, y habitareis seguros en vuestra tierra.

“Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante … “ (Levítico 26 3-6).

Quizás las tragedias mas grandes de todos los tiempos sean las que han ocurrido cuando las personas han recibido las bendiciones prometidas del Señor y luego han olvidado el origen que ha tenido su buena vida. Moisés amonestó al pueblo de Israel por motivo de esa inclinación natural, cuando dijo:

“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos …

“no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites,

“y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente;

“y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios …

“y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:11-14, 17).

Volviendo al relato de Alma al que hice referencia anteriormente, pocos años después de la época de prosperidad que bellamente se describió, la gente empezó a atribuirse el mérito por los buenos tiempos de abundancia que gozaba. En el registro de Alma encontramos este triste relato:

“Y aconteció que en el año octavo del gobierno de los jueces, los de la iglesia empezaron a llenarse de orgullo por motivo de sus grandes riquezas, y sus delicadas sedas, y sus lienzos de tejidos finos, y por motivo de sus muchos rebaños y manadas, y su oro y su plata, y toda clase de objetos preciosos que habían obtenido por su industria; y en todas estas cosas se envanecieron en el orgullo de sus ojos …

“… los de la iglesia empezaban … a fijar sus corazones en las riquezas y en las cosas vanas del mundo, y … empezaban a despreciarse unos a otros” (Alma 4:6, 8).

Ese mismo ciclo ocurrió en los días de Helamán. En una ocasión, Helamán describe a su pueblo de la siguiente manera:

“Y ocurrió que en este mismo año hubo una prosperidad sumamente grande en la iglesia, de tal modo que miles se unieron a la iglesia y fueron bautizados para arrepentimiento.

“Y tan grande fue la prosperidad de la iglesia, y tantas las bendiciones que se derramaron sobre el pueblo, que aun los propios sumos sacerdotes y maestros se maravillaron en extremo” (Helamán 3:24-25).

No pasó mucho tiempo hasta que se completó el ciclo. En menos de cinco años después del período recién citado, Helamán hace este informe en cuanto a los miembros de la iglesia:

“Y en el año cincuenta y uno del gobierno de los jueces también hubo paz, con excepción del orgullo que empezó a insinuarse en la iglesia; no dentro de la iglesia de Dios, sino en el corazón de aquellos que profesaban pertenecer a ella.

“Y se enaltecieron en el orgullo, al grado de perseguir a muchos de sus hermanos … “ (Helamán 3:33-34).

Esos cambios repentinos en las condiciones de la gente hicieron que Helamán se lamentara de esta manera:

“Y así podemos ver cuan falso e inconstante es el corazón de los hijos de los hombres; si, podemos ver que el Señor en su grande e infinita bondad bendice y hace prosperar a aquellos que en el ponen su confianza.

“Si, y podemos ver que es precisamente en la ocasión en que hace prosperar a su pueblo, si, en el aumento de sus campos, sus hatos y sus rebaños, y en oro, en plata y en toda clase de objetos preciosos de todo genero y arte; preservando sus vidas y librándolos de las manos de sus enemigos … y en una palabra, haciendo todas las cosas para el bienestar y felicidad de su pueblo; si, entonces es la ocasión en que endurecen sus corazones, y se olvidan del Señor su Dios … “ (Helamán 12 1-2).

Una cosa es considerar los acontecimientos de la historia, y otra el ver nuestra propia época. Tenemos la promesa del Señor de que El bendecirá y prosperara a Su pueblo si guarda Sus mandamientos y lo reconoce a El como la fuente de las bendiciones que goza.

Por otra parte, no debemos olvidar que estas bendiciones son condicionales. El rey Limhi exhortó a su pueblo de esta manera:

“Porque he aquí, el Señor ha dicho: No socorreré a los de mi pueblo en el día de su transgresión, sino que obstruiré sus caminos para que no prosperen; y sus hechos serán como piedra de tropiezo delante de ellos” (Mosíah 7:29).

Como poseedores del sacerdocio a quienes el Señor ha confiado el liderazgo de Su obra, debemos contemplar seriamente nuestra propia vida y hacer una sincera evaluación del nivel de la fe y la obediencia de nuestra gente. Muchos de los índices son desalentadores: actualmente, sólo un pequeño porcentaje de los miembros de la Iglesia de todo el mundo pagan el diezmo. Para las muchas personas que viven en condiciones de pobreza material, tal vez no haya ninguna otra manera de escapar de su empobrecimiento que el prestar obediencia a esta ley. En las visitas que hago a las estacas de la Iglesia, me he dado cuenta de que no es raro encontrar que menos de un cincuenta por ciento de los hogares contribuyen al fondo de ofrendas de ayuno de la Iglesia, y no se observa la tendencia a mejorar.

Hemos llegado a un punto en el que hay mas hombres adultos en la categoría de candidatos a élder que en la de los que reciben el Sacerdocio de Melquisedec; aproximadamente la mitad de los miembros que han entrado en el templo tienen en la actualidad una recomendación vigente. Los informes que recibimos acerca de otras infracciones a las leyes de Dios son para nosotros motivo de gran preocupación.

Estos informes tal vez suenen terribles, pero tal como Enós declaro en el Libro de Mormón, algunas veces es necesario recurrir a “muchas palabras claras” (Enós 1:23).

A medida que el mundo continúa madurando en la iniquidad, es menester que nuestra vida sea cada vez mas diferente del mundo y sus normas. Será para nosotros un gran desafío: Debemos ser mejores de lo que hemos sido hasta ahora. Si lo logramos, tenemos la promesa segura del Señor de que nos prosperara en todo lo que necesitemos para nuestro bienestar. Esa es mi fe y ese es mi testimonio. Pero es una promesa condicional. Que seamos dignos de que se cumpla en nuestra vida y en nuestra época, es mi ferviente oración. En el nombre de Jesucristo. Amen.