1990–1999
El día seis de abril de 1830
Abril 1991


El día seis de abril de 1830

“Lo que hicieron se encuentra entre los acontecimientos mas importantes jamas ocurridos desde la muerte de Jesucristo y sus apóstoles en el meridiano de los tiempos”.

El 6 de abril de 1830, hizo ayer 161 años, un grupo de hombres y mujeres que actuaban en obediencia a un mandamiento de Dios, se reunieron en la casa del señor Peter Whitmer para organizar La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta Iglesia, en cuya conferencia anual mundial nos reunimos hoy y la cual había sido profetizada como una obra maravillosa y un prodigio, tuvo un comienzo muy humilde.

Aquel día. seis hombres formaron el total de miembros de la Iglesia. Ninguno de ellos afirmó poseer conocimientos o liderazgo especiales. Eran gente honorable y ciudadanos respetables, pero totalmente desconocidos fuera de su vecindario inmediato.

Podemos hacernos una buena idea de la atmósfera moral y económica del circulo de estos seis hombres en la descripción que se hace del señor Joseph Knight, uno de los ciudadanos locales, en La Historia de la Iglesia. La historia dice que “poseía una granja, un molino y una maquina escardadora. No era rico, sin embargo no solo poseía lo suficiente de este mundo para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sino que también disfrutaba de las comodidades de la vida … Era un hombre sobrio y honrado, y contaba en general con el respeto y el aprecio de sus vecinos y conocidos. No pertenecía a ninguna secta religiosa, pero era creyente” (History of the Church, 1:47). Esa era la clase de gente común y honrada que componía el grupo que se reunió en la casa de Peter Whitmer en Fayette, Condado de Séneca, en el estado de Nueva York, hace mas de un siglo y medio.

La mayoría de los acontecimientos mas trascendentales de la vida se han registrado, pero lo que esos hombres hicieron en esa humilde oportunidad no le habría dado al mundo razón para registrarlo. Sin embargo, lo que hicieron se cuenta entre los acontecimientos mas importantes en el meridiano de los tiempos jamas ocurridos desde la muerte de Jesucristo y sus Apóstoles.

Estos hombres humildes y comunes, se reunieron porque uno de ellos, José Smith, un hombre muy joven, había expuesto algo extraordinario. Les declaro a ellos y a todo aquel que deseara escuchar que había recibido repetidas y

significativas comunicaciones celestiales, incluso una visión real de Dios el Padre y de su Hijo Amado Jesucristo. Como resultado de es as experiencias reveladoras, José Smith había publicado el Libro de Mormón, un registro de los tratos entre Cristo y los habitantes de la antigua América. Mas aun, el Señor le había mandado a este joven, que a la fecha contaba con sólo veinticuatro años de edad, restablecer la Iglesia que existía en los tiempos del Nuevo Testamento, y que, en su pureza restaurada, debería temer el nombre de su piedra angular y cabeza eterna, el Señor Jesucristo mismo.

Así, en forma humilde pero de mucho significado, se presentó la primera escena del gran drama de la Iglesia que finalmente afectaría no sólo a esa generación de hombres, sino a toda la familia humana, incluso a cada persona a cuyos oídos llegue mi voz hoy día. Un comienzo humilde, es cierto, pero la declaración de haber escuchado a Dios, de que la Iglesia de Cristo nuevamente se había organizado y sus doctrinas eran verificadas por revelación divina, fue la declaración mas notable que el mundo haya recibido desde los días del Salvador mismo, cuando caminó por los senderos de Judea y las colinas de Galilea.

Cuando los hombres escucharon que el joven José Smith afirmaba haber visto a Dios, se burlaron y se alejaron de el, de la misma forma que en la era Cristiana hombres sabios y capaces en Atenas se alejaron de un hombre singular que ministraba entre ellos. Sin embargo, queda claro que Pablo, en aquella experiencia, fue el único hombre de esa gran ciudad de erudición que sabia que una persona puede traspasar los portales de la muerte y vivir. Fue el único hombre en Atenas que pudo, en forma clara, ver la diferencia entre la formalidad de la idolatría y la sincera adoración al único Dios viviente. Los epicúreos y los estoicos con quienes había conversado y discutido

llamaron a Pablo “palabrero” y “predicador de nuevos dioses”. Las Escrituras dicen:

“Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber que es esta nueva enseñanza de que hablas?

“Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber que quiere decir esto …

“Entonces Pablo, puesto en pie en medio de Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos;

“porque pasando y mirando vuestros santuarios, halle también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio” (Hechos 17:19-20, 22-23).

Por supuesto que desde un punto de vista intelectual y en términos de una educación formal, José Smith era tan indocto y falto de capacitación en el ministerio como lo era Pablo; probablemente mas indocto y con menos capacitación. No obstante, algo lo hizo muy intrépido en sus declaraciones contra las doctrinas falsas que tenían que ver con el bautismo de los niños pequeños, sacerdotes que se adjudicaban dicho titulo, predestinación y otras enseñanzas equivocadas de la época.

Como sucedió con Pablo, muchos despreciaron a José Smith y se burlaron de sus enseñanzas cuando declaró que había recibido revelaciones del Señor. Otros lo amaron y se sintieron como William Richards, cuando dijo:

“Hermano José, usted no me pidió que lo acompañara a cruzar el no, ni me pidió que viniera a Carthage, ni tampoco me pidió que viniera a la cárcel con usted, ¿y piensa que lo abandonaría en un momento como este? Le diré que es lo que voy a hacer: si le condenan a la horca por ‘traición’, pediré que me ahorquen a mi en su lugar y que a usted le dejen libre” [véase Mi reino se extenderá, pág. 47, capítulo 7]

Esto es como un recuerdo de aquellos que amaron al Señor cuando caminó como hombre en las orillas de Galilea. Aun cuando Jesús fue perseguido, apedreado, condenado y finalmente crucificado, algunos de sus discípulos sintieron como Tomas, cuando dijo: “Vamos también nosotros, para que muramos con el” (Juan 11:16).

José Smith no sólo fue un gran hombre, sino también fue un siervo inspirado del Señor, un Profeta de Dios. Su grandeza consiste en una cosa : la veracidad de su declaración de haber visto al Padre y al Hijo y de haber respondido a la realidad de esa revelación divina. Parte de la revelación divina fue la instrucción que recibió de restablecer la verdad y la Iglesia viviente, la que fue restaurada en nuestra época, tal como existió en el día del ministerio mortal del propio Salvador. El profeta José Smith dijo que la Iglesia de Jesucristo se “organizó de acuerdo con los mandamientos y revelaciones dadas por El a nosotros en estos últimos días, como también de acuerdo con el orden de la Iglesia según se registra en el Nuevo Testamento” (Historia de la Iglesia, 1:79).

Por primera vez, en 1800 años, Dios se había revelado como un ser personal; mas aun, el Padre y el Hijo demostraron la verdad innegable de que son personajes separados y distintos. En verdad, la relación que existe entre el Padre y el Hijo se verificó mediante la forma en que el Padre se presentó al joven Profeta: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” José Smith-Historia 1:17). Aquellos que se bautizaron en la Iglesia el 6 de abril de 1830, creyeron en la existencia de un Dios personal; creyeron que la existencia del Padre y la del Hijo Jesucristo constituye el fundamento eterno sobre el cual esta fundada la Iglesia.

Una vez que aceptamos a Cristo como un ser divino, es fácil concebir a su Padre como a un ser tan personal como el. Cristo dijo: “El que me ha visto a mi, ha visto al Padre” (Juan 14:9). La fe en la

existencia de un Dios personal divino, real y viviente fue el primer elemento que ayudó a perpetuar a la Iglesia de Jesucristo en los primeros días y el fundamento eterno en el cual se edifica La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hoy día.

El 6 de abril de 1830 se organizó oficialmente la Iglesia, con seis miembros. En esa ocasión, el hecho fue totalmente desconocido para el mundo y sólo se llegaría a conocer si contuviera e irradiara principios que armonizaran con todas las demás verdades provenientes de Dios, el autor de toda verdad. Sólo así, mediante su veracidad, llegaría jamas a ser una obra maravillosa y un prodigio.

Hoy día. de ese humilde comienzo hace ya muchos años, existen unidades y miembros de la Iglesia literalmente casi sobre toda la faz de la tierra. El progreso maravilloso de los medios de transporte y de comunicación han hecho posible la promulgación de estas verdades del evangelio restaurado a los hijos de los hombres a casi en todo el mundo. Millones en América, Europa, Asia, Africa y en las islas del mar no sólo han podido escuchar, sino que en millones de casos se han comprometido a cumplir con esos principios salvadores del evangelio de verdad.

Somos representantes y hablamos hoy día por una Iglesia mundial, el Reino de Dios organizado y establecido en la tierra. Os doy mi testimonio de que la Iglesia que se organizó sin fama ni gloria hace 161 años, es en verdad la Iglesia de Jesucristo. Declaro que Dios vive, que es un Dios personal que escucha y contesta nuestras oraciones, que es el Padre que siempre ha declarado ser en las Escrituras. El es, sin duda, mucho mas de lo que podamos entender que es, pero por seguro no es menos de lo que si podemos comprender.

Testifico que Jesucristo es su Hijo Unigénito, el Salvador del mundo, y que el Padre y el Hijo se le aparecieron al profeta José Smith para dar comienzo en nuestra época a esta creciente gran obra de los últimos días.

Testifico que el joven Profeta, que en muchos aspectos continua como el milagro central en los 161 años de la experiencia de la Iglesia, es prueba tangible de que, en las manos de Dios y bajo la dirección del Salvador del mundo, las cosas débiles y sencillas derribaran a las fuertes y poderosas. En esta época de aniversario de la organización de la Iglesia, doy mi testimonio de su veracidad, en el nombre de Jesucristo. Amen.