Los sueños de Belén


Los sueños de Belén

El entorno era de lo más pacífico que la naturaleza podía proporcionar: la llegada de la noche a principios de la primavera. Los cielos clarísimos, con estrellas que salían primero por decenas, luego por cientos y finalmente por miles. En el campo, los pastores encuentran alivio del resplandor del día y de la fatiga del trabajo honrado. En esa escena pastoral, el único elemento extraño, pero a la vez notablemente hermoso, se hallaba en un establo en la ladera de una colina cerca de la aldea, en la que dos figuras humanas se acurrucaban junto a un niño que yacía en un pesebre con solo unos pocos animales domésticos que eran testigos de la maravilla que habían visto.

Estos tres, que no habían encontrado amigos ni un posadero dispuesto en el aglomerado pueblo de Belén, eran, en primer lugar, una hermosa y joven madre virgen llamada María (si se seguían las tradiciones de la época, probablemente estaba en la temprana o mediana adolescencia), cuyo valor y fe manifiesta son tan sorprendentes como nada que se haya registrado en las Escrituras. Segundo, su esposo, llamado José, mayor que su joven esposa pero que, por definición, debió haber sido el hombre más digno de la tierra para criar a un bebé que no era hijo de él en el aspecto físico, sino un bebé que, al haber vivido, llegaría a ser el padre espiritual de José. El tercero, el último y el más hermoso de todos: el bebé que se llamaría Jesús, acostado en pañales sobre el heno más limpio que un ansioso padre podría recoger.

Una ironía de esta tranquila e inédita escena contradictoria era el hecho que nunca había nacido un bebé del que ya se supiera tanto, de quien ya se hubiese escrito tanto, y del que ya se esperara tanto. De hecho, ¡el conocimiento acerca de quién y qué fue Él comenzó en los reinos del cielo antes de que nadie hubiera nacido! Como el Primogénito del Padre1 en el mundo de los espíritus, Él fue designado para ser el Salvador del mundo2, preordenado para ser el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”3. Más tarde, pero aun antes de Su nacimiento, Él sería el gran Jehová del Antiguo Testamento, que ayudaría a Noé a salvar a su familia en tiempos del diluvio4 y ayudaría a José salvar a su familia en tiempos de hambruna5. Él era el magistral Jehová cuyos nombres incluirían “Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”6. Él era el Alfa y la Omega7 en el gran plan de misericordia que al final “proclamar[ía] buenas nuevas a los mansos […]; vendar[ía] a los quebrantados de corazón […], proclamar[ía] libertad a los cautivos y a los prisioneros [liberaría] de la cárcel”8.

Para lograr esto, Él pisaría el lagar de la redención total y completamente solo, sin un compañero terrenal que lo ayudara y ningún compañero celestial que pudiera hacerlo. Al soportar todos los pecados y pesares de la mortalidad, Él traería el don incomprensible de la salvación a toda la familia humana, desde Adán hasta el fin del mundo. Durante toda Su trayectoria, Él sería “el Pastor y Obispo de [n]uestras almas”9, el gran “Sumo Sacerdote de nuestra profesión”10, la “fuente de toda rectitud”11 que fluye libremente. Todos estos deberes y requisitos terrenales aún debían cumplirse. Pero esta noche no; no esta noche. Aquí Él era solo un bebé en los brazos de una madre que lo adoraba, protegido por un padre que era tierno y fuerte.

Pronto aquellos pastores llegaron representando la más humilde de las actividades temporales, los hombres más pobres y sus labores. Después, vinieron reyes, los magos de oriente, simbolizando los más elevados logros temporales, los hombres más ricos y sus labores. Sobre todo, literalmente sobre todo, vinieron ángeles cantando “Gloria a Dios en las alturas”12, una verdadera multitud de esa hueste celestial alabando a este pequeño bebé que por fin había venido a la tierra. De hecho, los ángeles habían marcado durante siglos el camino hacia ese pesebre. Más recientemente, un ángel había ido a María para darle a conocer la gloriosa anunciación de lo que ella había sido elegida para hacer y la persona que había sido elegida para ser13. Un ángel fue a José para darle valor para casarse con esa joven que misteriosamente ya estaba embarazada, un mandamiento que él instantánea y fielmente aceptó obedecer14. Después del nacimiento, un ángel le dijo a la joven pareja que huyera, que huyera de lo que sería la matanza de inocentes por parte de Herodes (esos niños pequeños que fueron los primeros mártires cristianos del Nuevo Testamento) y ese mismo ángel dijo a la pareja cuándo podía regresar de Egipto para establecerse en la lejana Nazaret, en lugar de establecerse en Belén o incluso Jerusalén15. Obviamente, los ángeles del cielo sabían mucho más que los mortales de la tierra en cuanto a lo que significaba ese nacimiento y lo que sería la misión de ese niño, a saber “[para soportar] nuestras enfermedades y [llevar] nuestros dolores […], [ser] herido […] por nuestras transgresiones [y] molido por nuestras iniquidades; [para asegurar que] el castigo de nuestra paz [fuese] sobre él, y por sus heridas [fuésemos] sanados”16.

Para mí, personalmente, es significativo que todo eso se llevara a cabo por la noche, ese período en el que los músculos se relajan y se da reposo a la fatiga, cuando se dicen oraciones, cuando se anticipa la revelación y es más factible que los seres divinos estén cerca. Y una vez al año, es de noche cuando los niños apenas pueden cerrar los ojos por la alegría que casi no pueden contener, al saber que mañana será Navidad. Por difícil que haya sido el día, los dulces sueños de la noche pueden remediarlo todo. Como escribió una vez el élder Parley P. Pratt:

“Dios ha revelado muchas cosas importantes […] por medio de los sueños […]. [Entonces] los nervios se relajan y toda la humanidad mortal se queda callada durante el [descanso y] […] los órganos espirituales […] conversan con la Deidad […], [con] ángeles y [con] espíritus de hombres perfectos”17.

Y así fue esa noche de grandioso asombro, donde verdaderamente “la luz de redención que da a todo hombre”18 se cumplió esa noche en los sueños de Belén.

Esa noche cuando en [los] cielos de Judea

la estrella mística su luz dispensaba,

un ciego se [movía] mientras dormía

y soñaba [que] veía.

Esa noche al oír los pastores el son

de las cercanas huestes angelicales,

un sordo encantado por un ligero sueño se movía

y soñaba [que] oír podía.

Esa noche cuando en el establo

[en silencio] el Niño y la madre dormían,

un [hombre] lisiado sus miembros retorcía

y soñaba [que caminar podía].

Esa noche cuando sobre el recién nacido Bebé

se inclinaba la tierna María,

un leproso detestable sonreía mientras dormía

y soñaba [que] limpio sería.

Esa noche, recostado en el pecho de su madre,

el pequeño Rey protegido estuvo,

una mujer pecadora feliz dormía

y soñaba [que] pura sería.

Esa noche cuando en el pesebre yacía

el Santificado, quien a salvar vino,

un hombre en el sueño de la muerte se movía

y soñaba que sepulcro no habría19.

Les dejo, como mi regalo de Navidad, los sueños de Belén. Y lo hago en el nombre del bebé que hace todos esos sueños realidad, sí, el Señor Jesucristo. Amén.