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No temas, cree solamente


No temas, cree solamente

Una velada con el élder Jeffrey R. Holland Discurso pronunciado a los maestros de religión del SEI • 6 de febrero de 2015 • Tabernáculo de Salt Lake

Mis queridos colegas del Sistema Educativo de la Iglesia, agradezco el privilegio de estar con ustedes. Como indicó la presentación, esto es como volver a casa. “Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana”1 comencé lo que yo creí que sería una carrera de toda la vida en el Sistema Educativo de la Iglesia; pero alguien dijo: “Si deseas hacer reír a nuestro Padre Celestial, cuéntale tus planes”. Mis planes, y los únicos planes profesionales que tenía, eran que sería maestro del SEI, que nunca dejaría las aulas de educación religiosa y que daría mi último aliento con una tiza en la mano. Me alegra decir que logré estar unos años en las aulas, pero las Autoridades Generales seguían dándome asignaciones fuera de ellas y reparando los daños que eso ocasionaba. En cualquier caso, por favor sepan que todavía siento que soy uno de ustedes, que estoy muy orgulloso de lo que están haciendo por los jóvenes y los jóvenes adultos de la Iglesia, y agradezco mucho las bendiciones que Pat y yo recibimos mientras formábamos parte del SEI con ustedes; y soy consciente de que estoy hablando mucho más allá del Tabernáculo de Salt Lake City, a una audiencia mundial. ¡Cuánto ha crecido este sistema! Pat y yo siempre sentiremos que estamos “con ustedes”—juntos, codo a codo— en ésta, la más grande de todas las causas.

Con ese espíritu, permítanme dedicar unos minutos para agradecer a los muchos de ustedes que han aceptado llamamientos para servir en el SEI de tantas maneras y en muchas partes del mundo. Los maestros, supervisores, auxiliares administrativos y personal de recursos de todo tipo bendicen a los seminarios, los institutos, las instituciones académicas de la Iglesia y las de educación superior. Quizás nadie en ese vasto equipo merece más nuestra admiración y aprecio que los maestros de seminario matutino. Queridos amigos, ¡hay un trono en el cielo para ustedes! Año tras año (¡década tras década para algunos!) se preparan por la noche, ponen la alarma para levantarse por la mañana, gimen cuando suena y luego o conducen a algún lugar en la oscuridad o dan la bienvenida en su sala a un grupo de alumnos soñolientos, despeinados y a medio vestir. ¡Qué santo trabajo hacen y qué escudo de fe es el que ustedes y sus predecesores han ofrecido a los alumnos de seminario matutino en los últimos dos tercios de siglo! Y nunca subestimen lo que esos alumnos escuchen y sientan, a pesar de las apariencias. Benditos sean ustedes y ellos, gracias a uno de los extraordinarios ejemplos de devoción demostrada en esta Iglesia —un programa que impresiona indefectiblemente a los líderes y a los padres de otras religiones que saben de él. Pero no deseo hablar sobre esto. Les agradezco a todos ustedes, dondequiera que se encuentren— asalariados o voluntarios, en las clases de secundaria o de universidad, y en las de la escuela primaria donde todavía los tenemos.

Disculpen otro homenaje muy importante. Agradezco de manera especial a los cónyuges que nos acompañan por todo el mundo esta tarde, sin quienes el Sistema Educativo de la Iglesia no tendría éxito. La hermana Holland ha pasado por una enfermedad muy grave y todavía está en recuperación, por lo que no le es posible estar con nosotros esta tarde, pero quizás ello propicia rendirle un homenaje a ella y a todos los demás cónyuges en este sistema. Sé que es un tanto común decir: “No sé dónde estaría esta tarde sin ella”, pero de cualquier modo eso es absolutamente cierto, después de más de 50 años de contar con su guía, amor e influencia constante en mí y en las críticas decisiones que hemos tomado juntos, incluyendo la decisión de enseñar en el Sistema Educativo de la Iglesia. Digo de ella lo que Mark Twain hizo decir a su Adán de Eva: “[Dondequiera] que estaba, allí estaba el [paraíso]”2.

Así que esposas—y esposos donde eso aplique—les agradezco su dedicación, su sacrificio, su ejemplo y su fe. Esposos—y esposas donde eso aplique— no esperen a tener 74 años y dirigirse al personal del SEI para agradecer a su esposa por hacer posible una vida tan bendecida. Sean buenos entre sí, sean felices juntos, y den gracias por la manera gratificante de ganarse la vida.

Como esta tarea de esta tarde se acercaba, le pedí al élder Paul Johnson y al hermano Chad Webb que pidieran a algunos de ustedes que enviaran preguntas o mencionaran preocupaciones como una manera de hacerme saber lo que pasa por su mente. Cuando llegaron los comentarios, me sorprendí al ver con qué frecuencia se mencionó el asunto del temor o la ansiedad, principalmente los temores y las angustias de los alumnos, pero de vez en cuando era la ansiedad o inseguridad de ustedes la que se expresó. Así que, como tema de esta noche, he organizado mis observaciones en torno a un episodio de la vida del joven Gordon B. Hinckley que todos recordarán y probablemente lo han compartido con sus alumnos.

Cuando el joven élder Hinckley llegó a la edad para ser misionero en lo más crudo de la depresión de los años treinta, el mundo estaba en una crisis financiera, el desempleo estaba en un devastador 35 por ciento, y pocos misioneros iban al campo. El joven Gordon, que había terminado su licenciatura, estaba desesperadamente deseoso de sus estudios de posgrado y luego ganarse la vida de alguna manera. Su madre había fallecido recientemente; su padre estaba solo haciendo frente a todas las presiones económicas del día.

En medio de esas preocupaciones, Gordon recibió un llamamiento misional a Inglaterra —en ese momento la misión más costosa del mundo, sin un plan de equiparación como existe hoy en día. Al prepararse para salir con todas esas emociones y esos posibles problemas que le aquejaban, su amoroso padre, Bryant S. Hinckley, le entregó una tarjeta en la que estaban escritas cuatro palabras: “No temas”, decía, “cree solamente”3.

No estoy seguro por qué ese relato, contado hace veinte años, me ha afectado tanto, pero lo ha hecho. Así que, con ese pasaje conciso de Marcos 5:36 como telón de fondo, les pido a ustedes y a sus alumnos: “No [teman, crean] solamente”4. Con una confianza firme en Dios, les pido que obtengan una confianza plena en ustedes mismos e incorporen en sus alumnos una confianza plena al enseñar con convicción y optimismo que el evangelio de Jesucristo es el más cierto, el más seguro, el más fiable, y la verdad más gratificante en la tierra y en el cielo, en el tiempo y en la eternidad. Les pido que enseñen que nada, ni nadie, ni ninguna influencia detendrán a esta Iglesia de cumplir su misión y llevar a cabo el destino declarado desde antes de la fundación del mundo. La nuestra es esa dispensación de la plenitud del Evangelio infalible, inexorable e indestructible. Nuestros jóvenes no tienen por qué temer, ni ser vacilantes ni indecisos acerca de su futuro. Lo que deben hacer es creer y elevarse y hacer lo mejor que puedan en la extraordinaria época en que vivimos.

El impulso que comenzó hace dos siglos en una arboleda en el norte de Nueva York, seguirá rodando sin cesar y de manera innegable—la piedra de Daniel cortada del monte no con mano5. Ese reino del que hablan las Escrituras triunfará y prevalecerá. A diferencia de cualquier otra época antes que ésta, esta dispensación no experimentará una apostasía institucional, no verá una pérdida de las llaves del sacerdocio ni sufrirá el cese de la revelación de la voz del Dios Todopoderoso. Las personas apostatarán o desoirán la voz de los cielos pero nunca más lo hará la dispensación en forma colectiva. ¡Éste es un pensamiento seguro! ¡Qué época en la que vivimos! ¡Qué manera de eliminar el miedo o la falta de valor!

No es de extrañar que el profeta José enseñara que todos los profetas, sacerdote y reyes de todas las épocas “[han] mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en el que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de ésta, nuestra época… somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días”6.

Me encanta esa declaración que conocen todos los maestros del SEI en la audiencia. Probablemente la han citado a sus propios alumnos. Espero que sí. Me “inspira” con celestiales y gozosas expectativas. También me hace sentir muy humilde que la nuestra sea la dispensación que Dios ha favorecido. Nosotros somos los que han de llevar a cabo la “gloria de los últimos días”7 de la que se ha hablado. Es mucho lo que descansa sobre nuestros hombros, pero será una experiencia gloriosa y llena de éxito. Si alguno de sus alumnos se halla intranquilo, o si ustedes lo están, tranquilicen a todos y a cada uno de que la victoria en esta última contienda ya ha sido declarada. La victoria ya está en los registros— ¡en estos libros, las Escrituras!

Sabemos con certeza que si todo lo demás falla o cuando eso suceda en los últimos días; si los gobiernos, las economías, las industrias y las instituciones se desmoronan; si las sociedades y las culturas se convierten en un atolladero de caos e inseguridad, no obstante, a pesar de todo el evangelio de Jesucristo y La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que lo lleva al mundo permanecerá triunfante. Se destacará sin mácula en la mano de Dios hasta que el mismo Hijo de Dios venga a gobernar y a reinar como Señor de señores y Rey de reyes. Nada es más cierto en este mundo. Nada es más seguro. Nada podría ser un mejor antídoto para la ansiedad. Como la declaró el profeta José y como una generación de misioneros la citan con fervor: La verdad sobre Dios cubrirá toda nación y resonará en todo oído. Ninguna mano impía puede detener su progreso8; y eso sigue siendo cierto.

Como prólogo a las revelaciones de nuestros días, el Señor dijo claramente:

“…estos mandamientos… son verdaderos y fidedignos, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán todas.

“Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida

“Porque he aquí, el Señor es Dios… y la verdad permanece para siempre jamás”9.

Y si hay algunas dificultades en el camino a la espera de ver que cada promesa y profecía se cumplan, que así sea. Como escribió la extraordinaria Eliza R. Snow:

Oh, ¿qué os importa el odio del mundo?

Pues Dios os ampara; tenéis la verdad,

y Él os promete la vida eterna

si siempre sois fieles; a Él escuchad;

si siempre sois fieles; a Él escuchad”10

Ese espíritu atraviesa la confusión como siempre lo hace la espada de dos filos de la verdad del Señor11.

Así que, si no lo han notado, soy optimista en cuanto a los últimos días. En nada podría tener más fe que la que tengo en Dios el Eterno Padre; en Jesucristo su Hijo; en Su Evangelio redentor; y en Su divinamente guiada Iglesia. Así que, ¿qué es lo que le debemos a nuestros alumnos en esto? Les debemos un testimonio equiparable y una vida “[con] ánimo”12. El Salvador pidió eso tan a menudo que personalmente lo considero un mandamiento. Sin embargo, la preocupación o el temor, el pesimismo o las inquietudes pueden destruir el ánimo de todos —el de ustedes y el de la gente que los rodea— así que ¡sonrían y aprecien cada día de su vida! Consideren las palabras de ese joven y temeroso misionero, hablando con la ventajosa perspectiva de muchos, muchos años de experiencia:

Presidente Gordon B. Hinckley: “No temamos, porque Jesús es nuestro líder, nuestra Fortaleza y nuestro Rey.

“Vivimos en una era de pesimismo, pero la nuestra es una misión de fe. A mis hermanos de todas partes, les exhorto a que afiancen su fe y hagan progresar esta obra en todo el mundo. Ustedes podrán fortalecerla mediante la forma en que vivan; hagan del Evangelio su espada y su escudo. Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad en ésta, la causa principal de la tierra”13.

“…¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido?” preguntó el profeta José; y luego respondió: “[Escuchamos] ¡Una voz de alegría!… alegres nuevas de cosas buenas…

“…¡Regocíjense vuestros corazones”, dijo él, “y llenaos de alegría!14.

Permítanme enumerar algunas cosas específicas que creo que deben enseñar a sus alumnos por las que deben estar alegres y sobre las que deben dejar de tener temor. Observo, por ejemplo, casarse y tener familia y traer hijos al mundo. En los consejos presidentes de la Iglesia escuchamos con demasiada frecuencia —y quizás ustedes también— que muchos de nuestros jóvenes y jóvenes adultos tienen miedo a casarse. En casos extremos, temen que el mundo esté por acabar en desastres y guerras —algo a lo que no desean conducir a un cónyuge o a un hijo. En los casos menos graves, los más comunes, temen que el mundo sólo se hará más difícil o que será difícil conseguir empleo y que uno debe haber terminado los estudios, no tener deudas, tener una profesión y tener casa propia antes de pensar en el matrimonio.

¡Según esa fórmula la hermana Holland y yo todavía no estaríamos casados! En serio, cuando nos casamos, los dos todavía estudiábamos en la Universidad Brigham Young, nuestros padres no podían ayudarnos económicamente, ni había manera de pensar en los estudios de posgrado que todavía teníamos por delante y ¡eso con los $300 dólares que teníamos entre los dos el día de nuestra boda! Quizás esa no sea la forma ideal de comenzar un matrimonio, pero qué gran matrimonio hemos tenido y lo que nos habríamos perdido si hubiéramos esperado siquiera un día, una vez que supimos que era lo correcto. Sin duda, hubo sacrificios; sin duda, hubo días, semanas y meses agitados; sin duda, hubo largas noches de trabajo, pero tiemblo al pensar lo que habríamos perdido si hubiéramos dejado que el “temor influyera en nuestras decisiones”15, como el presidente James E. Faust me diría más adelante, vez tras vez tras vez, que es algo que nunca, nunca debo hacer. ¿Qué tal si hubiéramos esperado mucho tiempo? ¿Qué nos habríamos perdido?

Sigo pensando que la mejor definición de amor conyugal es la de James Thurber, que dijo simplemente: “El amor es por lo que ustedes pasan juntos”16. Estaré eternamente agradecido por lo que Pat estaba dispuesta a pasar conmigo—que ella creyera que yo no debía tener un título, un auto, una casa ni una profesión antes de casarnos.

Y deseábamos tener hijos lo antes posible, lo cual en nuestro caso no resultó ser tan fácil como pensábamos. De hecho, si no nos hubiéramos decidido tener nuestra familia tan pronto como pudimos, bien podríamos haber sido una pareja sin hijos, como algunos de nuestros amigos y algunos de ustedes, por causas ajenas a ustedes, habríamos experimentado también lo mismo. Tardamos tres años en tener nuestro primer hijo, otros tres para tener el segundo, y cuatro más para el tercero; y eso fue todo. Un aborto involuntario y a término en el cuarto no nos permitió tener más hijos, por lo que nos hemos regocijado en los tres hijos que hemos podido criar. Pero, ¿cómo habrían sido nuestras vidas si hubiéramos esperado, demorado o nos hubiéramos preocupado indebidamente sobre los aspectos económicos de todo? ¿Con cuál de nuestros hijos no seríamos bendecidos? ¿Qué recuerdos o amor o lecciones que tuvimos con cada uno de ellos nos habríamos perdido? Me estremezco al pensar en ello.

Hermanos y hermanas, creo que debemos empezar antes a enseñar a nuestros alumnos el lugar del matrimonio y el de la familia en el gran plan de felicidad. Esperar hasta que estén en edad de casarse retrasa nuestro progreso. Y no tengo que decirles que las tendencias sociales, la disminución de las normas morales, y las “vanas ilusiones”17 del entretenimiento popular estarán siempre en oposición a esa enseñanza.

Por ejemplo, es alarmante para nosotros que en los últimos 50 años, la edad promedio normal de los hombres al contraer matrimonio ¡haya aumentado de 22 a 28 años! Esa es la cifra del mundo, no la de la Iglesia, pero al final seguimos al mundo en muchas de sus tendencias sociales. Añádase a ello las diversas influencias en los jóvenes como la mayor disponibilidad de varios métodos de control de la natalidad, el aumento moralmente destructivo de la pornografía, un aumento en la desafiliación de la religión institucional, la búsqueda dominante del materialismo en general, el surgimiento del pensamiento post-moderno, con su escepticismo y subjetividad, y notan el contexto para la ansiedad y el temor que puede sentir la nueva generación. El tener ese tipo de influencias en su vida, los puede dañar casi antes de comenzar una vida matrimonial y madura.

Además, muchos jóvenes con los que hablo temen que si se casan, serán sólo otra estadística más de divorcio, otra persona que se casó sólo para descubrir que no era lo que pensaba. Asóciese esa desconfianza en cuanto al éxito del matrimonio a las burlas de mal gusto, ordinarias y a menudo diabólicas que se hacen sobre la castidad, la fidelidad y la vida familiar, que se representan tan a menudo en las películas, en la televisión y verán el problema.

Tenemos nuestra tarea facilitada, la de conservar y perpetuar la santidad y la felicidad del matrimonio. Ustedes pueden comenzar por demostrar la bendición, la recompensa, y la realidad de un matrimonio feliz en su propia vida. Eso no significa que deban ser como Pollyanna en cuanto al matrimonio; cada matrimonio requiere esfuerzo, y el de ustedes también. Pero, como siempre, las primeras lecciones y las que tengan mayor influencia en sus alumnos serán las de su propia vida; demuestren en palabra y obra que el matrimonio y la familia lo significa todo para ustedes porque así debe ser. Ayuden a sus alumnos a “No [temer, a creer] solamente”18 en el matrimonio y en la familia en estos últimos días. Lucifer hará que sea más y más difícil hacerlo a medida que se vuelva cada vez más importante hacerlo.

Algunos de ustedes comentaron acerca de otros problemas contemporáneos —problemas que traen otro tipo de temor, desafiando la creencia de nuestros jóvenes y a veces de forma agresiva. Uno de ustedes lo expresó de esta manera: “Se está haciendo cada vez más difícil enseñar la doctrina de la Iglesia sin ofender a los alumnos que se han vuelto muy tolerantes a los puntos de vista del mundo. ¿Cómo nos mantenemos fieles a la doctrina sin ofender a nuestros alumnos?”.

En primer lugar, diría que es más probable que alguien se ofenda por como presentemos la doctrina más que con la doctrina en sí. Nuestra doctrina no es nueva; no es como si los alumnos no supieran exactamente cuál será nuestra postura en prácticamente toda transgresión de moda que haya. Así que lo que un maestro, un líder, o un padre hábil y sensible, debe hacer es asegurarse de que nuestra determinación de ser justos no dé la impresión de ser santurrones porque nuestros alumnos rápidamente percibirán la diferencia. Es por eso que digo que nuestra forma, nuestro método, nuestra actitud y la compasión, una vez que los alumnos los entiendan, nos permitirán ser tan directos y tan firmes como debamos ser al proclamar los mandamientos de Dios.

Además, les pido que nunca duden en enseñar la doctrina verdadera sencillamente porque tienen temor a que podrían ofender a alguien. Como se declara en la sección 50, si enseñamos la verdad por el Espíritu y los alumnos reciben la verdad por el Espíritu “el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente”19.

En ese intercambio, es posible que hayan escuchado decir a los alumnos lo que les he oído decir, algo así como: “Sé cómo se supone que debemos vivir, ¿pero tenemos que imponer esa norma o ese comportamiento o esas creencias a todos los demás?” Por supuesto que la respuesta a eso es: “No, no imponemos normas ni comportamientos ni creencias a ninguna persona”. Pero esta Iglesia, y nosotros como maestros en ella, estamos bajo convenio de enseñar normas de conducta, de marcar el camino seguro, de señalar el camino seguro, de levantar un estandarte de verdad a las naciones.

Cada maestro en esta audiencia, recuerda el legendario relato del hermano Karl G. Maeser al llevar a un grupo de misioneros a través de los Alpes, siguiendo un feo conjunto de varas colocadas en puntos cruciales en el camino, que marcaban la senda segura. Las varas no eran muy atractivas—todas ellas de forma irregular, algunas erosionadas y desgastadas, ninguna de ellas como para contarle a alguien— pero su ubicación, la senda que marcaban y el mensaje silencioso que comunicaba su sola presencia era la diferencia entre la vida y la muerte. La lección del hermano Maeser ese día fue que esas varas eran como las Autoridades Generales que presiden la Iglesia —algunos altos, algunos bajos, un grupo poco atractivo en un concurso de belleza— pero seguir el camino de ellos era seguir el camino de la seguridad20. Mi objetivo esta tarde es que esto es lo que la verdadera doctrina (la que las Autoridades enseñan) hace por nosotros todo el día, todos los días. Alguien tiene que plantar esos postes de guía doctrinal. Alguien tiene que decir: “Aquí está la verdad, y aquí está la seguridad”. Alguien tiene que guiar el camino de aquellos que viajan caminos estrechos, a menudo peligrosos, quizás por primera vez, como lo están haciendo la mayoría de nuestros alumnos en edad secundaria o de universidad. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ustedes destacan entre esos “álguienes” que Dios ha elegido para marcar el sendero de la salvación.

Así que debemos compartir en forma hábil y compasiva con un alumno en particular, o con la sociedad en conjunto, ese camino de seguridad, ese a veces estrecho sendero de la verdad, ese fundamento seguro sobre el cual, si ellos edifican, no caerán; y un alumno no puede permanecer en ese terreno seguro si él o ella no sabe dónde está, y ellos no pueden saber dónde eso está a menos que los padres, los líderes y los maestros como ustedes lo declaren y caminen ese sendero con ellos.

¿Una base firme? ¿La forma más segura? “…es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios”21 que cada uno de nosotros, jóvenes o viejos, debemos edificar. ¿Por qué? ¿Con qué fin? “…que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, [y a los alumnos y a la sociedad y a las esperanzas y a los sueños, él, el diablo] no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán”22.

Esa fuerza, hermanos y hermanas, sostiene nuestra posición sobre toda cuestión doctrinal, histórica o sobre las prácticas de la Iglesia que a menudo surgirán conforme el mundo se desenvuelva. Ustedes han oído esas preguntas; no son nuevas. Surgieron por vez primera en el vecindario de Palmyra cuando el joven José, de 14 años, tuvo su visión celestial; y continúan de una forma u otra hasta el día de hoy. Hemos hablado recientemente sobre una docena de estos temas en una serie de ensayos, deseando ser tanto precisos como transparentes dentro del marco de la fe. No todas las preguntas tienen respuestas, todavía, pero llegarán.

Mientras tanto, tengo una pregunta. ¿Qué tema histórico, doctrinal o de procedimiento que pudiera surgir, podría eclipsar o negar la convicción espiritual consumidora de uno con respecto al misericordioso plan de salvación del Padre; el nacimiento, la misión, la Expiación y la resurrección de Su Hijo Unigénito; la realidad de la Primera Visión; la restauración del sacerdocio; el recibir revelación divina, tanto personal como institucional; el espíritu moldeador y el poder impulsor del Libro de Mormón; la reverencia y majestad de las experiencias del templo; la experiencia personal con los milagros; y muchas, muchas más? ¡Qué pregunta! Para mí es un misterio cómo esas verdades majestuosas, eternas y de primer nivel, tan importantes para la grandeza de la totalidad del mensaje del Evangelio, pueden ser dejadas a un lado o completamente descartadas por algunos a favor de obsesionarse con trozos de segundo, tercero o cuarto nivel de esa totalidad. Para mí, esto es, en palabras atribuidas a Edith Warthon, estar atrapados “en la densa red de las cosas tenues”.

Reconozco, sin ningún problema, las preguntas legítimas de muchos que son totalmente sinceros de corazón. Asimismo reconozco que todos tienen alguna que otra pregunta del Evangelio por ser contestada. No obstante, esperamos, para el escéptico, el creyente, y todos los que se encuentran en el medio, que la humildad, la fe y la influencia del Espíritu Santo, serían siempre elementos de toda búsqueda de la verdad, que las verdades fundacionales siempre serían los puntos de referencia en dicha búsqueda, y que todos los demás temas que aún necesiten resolverse se indaguen “tanto por el estudio como por la fe”23. Al final del día, todos tenemos que distinguir entre los elementos mayores y menores de nuestros testimonios. Para mí, los grandes pilares incluyen esas majestuosas verdades que mencioné antes, su irremplazable centralidad en mi vida; y el reconocimiento que simplemente no podría vivir, no podría continuar sin ellas ni sin las bendiciones que he conocido, o sin las promesas que a todos se nos ha dado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Así que, al hablar de preguntas, anoten esta pregunta del apóstol Pablo en su mente e incúlquenla en el corazón de sus alumnos: “¿Pues qué, si algunos de ellos [son] incrédulos? [¿Qué pasa si no creen?] ¿Su incredulidad habrá hecho nula la verdad de Dios?” 24. La respuesta a eso es NO ¡No en mi vida! ¡No para mí y mi casa! La incredulidad de nadie no tiene, no puede ni hará que mi fe en Dios, mi amor por Cristo, mi devoción a esta Iglesia y a esta obra de los últimos días sea “nula”. La veracidad de esta obra de los últimos días está “vigente “y se mantendrá “vigente” en tanto que el sol brille y que los ríos vayan al mar, y por siempre jamás. ¡No se pierdan esas bendiciones!

Al decirlo, añado el testimonio de aquel joven alumno de instituto, quien creció hasta llegar a ser el Presidente de la Iglesia a quien hemos citado, seguido por el testimonio de su maravilloso sucesor, nuestro amado Thomas S. Monson:

Presidente Gordon B. Hinckley: “Dios está al timón; jamás duden de eso. Cuando nos enfrentamos con la oposición, Él abrirá el camino a pesar de que parezca que no hay salida…

“No dejen que las voces de protesta les molesten; no permitan que los críticos les preocupen. Como lo dijo Alma hace mucho tiempo: “Ni confiéis en nadie para que sea vuestro maestro ni vuestro ministro, a menos que sea un hombre de Dios, que ande en sus vías y guarde sus mandamientos” (Mosíah 23:14).

La verdad está en esta Iglesia…El salmista dijo: “He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel” (Salmos 121:4).

Nuestro Salvador no se adormece ni duerme mientras vela por Su reino”25.

Presidente Thomas S. Monson: “Les testifico que las bendiciones prometidas son incalculables. Aunque las nubes se arremolinen, aunque las lluvias desciendan sobre nosotros, nuestro conocimiento del Evangelio y el amor que tenemos por nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador nos consolarán y nos sostendrán, y darán gozo a nuestro corazón al caminar con rectitud y guardar los mandamientos. No hay nada en este mundo que pueda derrotarnos.

“Mis queridos hermanos y hermanas, no teman. Sean de buen ánimo. El futuro es tan brillante como su fe”26.

Con convicción en mi corazón y gratitud eterna en mi alma por la veracidad del evangelio restaurado de Jesucristo, permítanme concluir con el consejo que Dios nos ha dado más de cien veces en las Escrituras —a no temer; a ser de buen ánimo. Ese es mi mensaje para ustedes y el mensaje que les pido que transmitan a sus alumnos.

“[He aquí,] sois niños pequeños, y todavía no habéis entendido cuán grandes bendiciones el Padre tiene… [preparadas] para vosotros” 27.

“No temáis… porque sois míos, y yo he vencido al mundo, y vosotros sois de aquellos que mi Padre me ha dado”28.

“y no podéis sobrellevar ahora todas las cosas; no obstante, sed de buen ánimo, porque yo os guiaré. De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las riquezas de la eternidad son vuestras”29.

“Por tanto, estoy en medio de vosotros… soy el buen pastor y la roca de Israel. El que edifique sobre esta roca nunca caerá.

“Y viene el día en que oiréis mi voz y me veréis, y sabréis que yo soy”30.

Esta noche, reitero esa bendición que el Salvador del mundo pronunció y la hago sobre cada uno de ustedes como si mis manos estuvieran sobre su cabeza. Como Dios es mi testigo con respecto a la divinidad de esta obra, de igual forma soy Su testigo de ella. Ésta es la verdad. En esta Iglesia, ustedes y yo somos partícipes al apresurar la obra redentora del evangelio de Jesucristo. La doctrina está aquí, las ordenanzas están aquí, las revelaciones están aquí, el futuro está aquí. Es el único sendero certero y seguro para que sigan los hijos de Dios, incluidos Sus maestros del SEI y sus alumnos. Me deleito en el privilegio de avanzar juntos, el uno al lado del otro en ese terreno tan seguro y sagrado. “No [teman, crean] solamente”31. En el nombre de Jesucristo. Amén.