Temas doctrinales

Documento de base sobre el Dominio de la doctrina


1. La Trinidad

La Trinidad se compone de tres seres distintos: Dios, el Eterno Padre; Su Hijo Jesucristo; y el Espíritu Santo. El Padre y el Hijo tienen cuerpos tangibles y glorificados de carne y hueso, y el Espíritu Santo es un personaje de espíritu (véase D. y C. 130:22–23). Ellos son uno en propósito y están perfectamente unidos a fin de llevar a cabo el plan de salvación del Padre Celestial.

Dios el Padre

Dios el Padre es el Ser Supremo a quien adoramos; y es el Padre de nuestro espíritu (véase Hebreos 12:9). Es perfecto, tiene todo poder y sabe todas las cosas. También es justo, misericordioso y bondadoso. Dios ama a cada uno de Sus hijos con un amor perfecto, y todos son iguales ante Él (véase 2 Nefi 26:33). Su obra y Su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

Jesucristo

Jesucristo es el Primogénito del Padre en el espíritu y el Unigénito del Padre en la carne; bajo la dirección del Padre, Jesucristo creó los cielos y la tierra. Él es el Jehová del Antiguo Testamento y el Mesías del Nuevo Testamento.

Jesucristo hace la voluntad del Padre en todas las cosas. Llevó una vida sin pecado y expió los pecados de todo el género humano (véase 3 Nefi 11:10–11). Su vida es el ejemplo perfecto de cómo debemos vivir (véase 3 Nefi 12:48). Él fue el primero de los hijos del Padre Celestial en resucitar. En nuestros días, tal como en la antigüedad, Él está a la cabeza de Su Iglesia. Vendrá de nuevo en poder y gloria, y reinará sobre la tierra durante el Milenio (véase D. y C. 29:10–11). Él juzgará a todo el género humano.

Puesto que Jesucristo es nuestro Salvador y Mediador ante el Padre, toda oración, bendición y ordenanza del sacerdocio debe efectuarse en Su nombre (véase 3 Nefi 18:15, 20–21).

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Es un personaje de espíritu y no tiene un cuerpo de carne y hueso. A menudo se hace referencia a Él como el Espíritu, el Santo Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu del Señor y el Consolador.

El Espíritu Santo da testimonio del Padre y del Hijo, revela la verdad de todas las cosas y santifica a quienes se arrepienten y se bautizan. Por medio del poder del Espíritu Santo podemos recibir dones espirituales, que son bendiciones o capacidades que el Señor da para nuestro propio beneficio, y para ayudarnos a servir y bendecir a otras personas.

2. El Plan de Salvación

En la existencia preterrenal, el Padre Celestial presentó un plan para permitirnos llegar a ser semejantes a Él y obtener la inmortalidad y la vida eterna (véase Moisés 1:39). Para llevar a cabo ese plan y llegar a ser semejantes a nuestro Padre Celestial, debemos llegar a conocerlo a Él y a Su Hijo Jesucristo, y tener un entendimiento correcto de Su carácter y atributos (véase Juan 17:3).

En las Escrituras se hace referencia al plan del Padre Celestial como el Plan de Salvación, el gran Plan de Felicidad, el Plan de Redención y el Plan de Misericordia. El plan incluye la Creación, la Caída, la expiación de Jesucristo y todas las leyes, ordenanzas y doctrinas del Evangelio. El albedrío moral —la capacidad de escoger y de actuar por nosotros mismos— es también una parte esencial del plan del Padre Celestial. Nuestro progreso eterno depende de cómo utilicemos ese don (véanse Josué 24:15; 2 Nefi 2:27).

Jesucristo es la figura central en el plan del Padre Celestial. El Plan de Salvación hace posible que nos perfeccionemos, que recibamos una plenitud de gozo, que disfrutemos de nuestros lazos familiares por las eternidades, y que vivamos para siempre en la presencia de Dios.

La vida preterrenal

Antes de nacer en la tierra, vivíamos en la presencia de nuestro Padre Celestial como Sus hijos procreados como espíritus (véase Abraham 3:22–23). En esa existencia preterrenal, participamos en un concilio junto con los demás hijos del Padre Celestial procreados como espíritus. En ese concilio, el Padre Celestial presentó Su plan y Jesucristo hizo convenio en la vida preterrenal de ser el Salvador.

Nosotros utilizamos nuestro albedrío para seguir el plan del Padre Celestial, A los que siguieron a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo se les permitió venir a la Tierra para experimentar la condición de seres mortales y progresar hacia la vida eterna. Lucifer, otro hijo de Dios procreado en espíritu, se rebeló contra el plan y llegó a ser Satanás. Él y sus seguidores fueron expulsados del cielo y se les negaron los privilegios de recibir un cuerpo físico y de experimentar la vida terrenal.

La Creación

Jesucristo creó los cielos y la tierra bajo la dirección del Padre (véase D. y C. 76:22–24). La creación de la Tierra fue una parte esencial del plan de Dios, ya que proporcionó un lugar en el que podríamos obtener un cuerpo físico, ser probados y desarrollar atributos divinos.

Adán fue el primer hombre creado sobre la Tierra. Dios creó a Adán y a Eva a Su propia imagen. Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a imagen de Dios (véase Génesis 1:26–27). El ser hombre o el ser mujer es una característica esencial de la identidad y del propósito premortales, mortales y eternos de cada persona.

La Caída

En el Jardín de Edén, Dios unió a Adán y Eva en matrimonio. Mientras Adán y Eva estaban en el jardín, seguían en la presencia de Dios y podrían haber vivido para siempre. Vivían en inocencia y Dios proveía para sus necesidades.

Dios dio a Adán y Eva el albedrío mientras se hallaban en el Jardín de Edén. Les mandó que no comiesen del fruto prohibido, el fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal. Obedecer ese mandamiento significaba que podrían permanecer en el jardín; sin embargo, Adán y Eva aún no entendían que si permanecían allí, no podrían progresar al no experimentar la oposición en la vida mortal. No podrían conocer el gozo, por no conocer el pesar y el dolor. Además, no podrían tener hijos.

Satanás tentó a Adán y Eva para que comieran del fruto prohibido y ellos optaron por hacerlo. Debido a esa decisión, fueron expulsados de la presencia de Dios y llegaron a tener una condición caída y mortal. A la transgresión de Adán y Eva y a los cambios resultantes que ellos experimentaron, incluso la muerte espiritual y la física, se les llama la Caída. La muerte espiritual es estar separados de Dios, y la muerte física es la separación del espíritu y el cuerpo mortal.

La Caída es una parte esencial del plan de salvación del Padre Celestial. Debido a la Caída, Adán y Eva pudieron tener hijos. Ellos y su posteridad podrían experimentar gozo y pesar, distinguir el bien del mal, y progresar (véase 2 Nefi 2:22–25). Como descendientes de Adán y Eva, heredamos un estado caído en la vida terrenal. Estamos separados de la presencia del Señor y sujetos a la muerte física. También se nos prueba mediante las dificultades de la vida y las tentaciones del adversario. Aunque nosotros no somos responsables de la caída de Adán y Eva, sí lo somos de nuestros propios pecados. Mediante la expiación de Jesucristo, podemos superar los efectos negativos de la Caída, recibir el perdón de nuestros pecados y, al final, tener una plenitud de gozo.

La vida terrenal

La vida terrenal es un tiempo de aprendizaje durante el cual mostramos que usaremos nuestro albedrío para hacer lo que el Señor ha mandado, y nos preparamos para la vida eterna al cultivar atributos divinos. Lo hacemos al ejercer la fe en Jesucristo y en Su expiación, arrepentirnos, recibir las ordenanzas y los convenios de salvación como el bautismo y la confirmación, y al perseverar fielmente hasta el fin de nuestra vida terrenal siguiendo el ejemplo de Jesucristo.

En la vida terrenal, nuestro espíritu está unido a nuestro cuerpo físico, lo cual nos da oportunidades de progresar y desarrollarnos de modos que no eran posibles en la vida preterrenal. Puesto que nuestro Padre Celestial tiene un cuerpo tangible de carne y hueso, nuestro cuerpo es necesario para progresar y llegar a ser semejantes a Él. El cuerpo es sagrado y debe respetarse como el don de nuestro Padre Celestial que es (véase 1 Corintios 6:19–20).

La vida después de la muerte

Cuando morimos, nuestro espíritu entra en el mundo de los espíritus y espera la resurrección. A los espíritus de los justos se les recibe en un estado de felicidad que se llama paraíso. Quienes mueren sin el conocimiento de la verdad y quienes son desobedientes en la vida terrenal entran en un lugar temporario del mundo postmortal que se llama la cárcel de los espíritus.

Todas las personas tendrán la oportunidad de aprender los principios del Evangelio y recibir sus ordenanzas y convenios. Muchos de los fieles predicarán el Evangelio a quienes se encuentran en la prisión espiritual. Quienes escojan recibir el Evangelio, arrepentirse y aceptar las ordenanzas de salvación que se efectúen en su favor en el templo podrán morar en el paraíso hasta la resurrección (véase 1 Pedro 4:6).

La resurrección es la reunión del cuerpo espiritual con el cuerpo físico de carne y hueso. Después de la resurrección seremos inmortales; nuestro espíritu y nuestro cuerpo jamás volverán a separarse. Toda persona que haya nacido en la tierra resucitará gracias a que Jesucristo venció la muerte física (véase 1 Corintios 15:20–22). Los justos resucitarán antes que los inicuos y saldrán en la Primera Resurrección.

El Juicio Final ocurrirá después de la resurrección y Jesucristo juzgará a cada persona para determinar la gloria eterna que recibirá. Ese juicio se basará en los deseos de cada persona y su obediencia los mandamientos de Dios (véase Apocalipsis 20:12).

Existen tres reinos de gloria: el Reino Celestial, el Terrestre y el Telestial (véase 1 Corintios 15:40–42). Aquellos que sean valientes en el testimonio de Jesús y obedientes a los principios del Evangelio morarán en el Reino Celestial en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo, y con los integrantes rectos de sus familias.

3. La expiación de Jesucristo

Jesucristo fue preordenado en el concilio de la vida preterrenal para ser nuestro Salvador y Redentor. Vino a la tierra y padeció y murió por su propia voluntad para redimir a todo el género humano de los efectos negativos de la Caída y para pagar el castigo por nuestros pecados. La victoria de Jesucristo sobre la muerte espiritual y la física mediante Su sufrimiento, muerte y resurrección se llama la Expiación. Su sacrificio beneficia a cada uno de nosotros y demuestra el valor infinito de cada hijo del Padre Celestial (véase D. y C. 18:10–11).

Solo por medio de Jesucristo podemos ser salvos, ya que Él era el único capaz de realizar una expiación infinita y eterna por todo el género humano (véase Alma 34:9–10). Solamente Él tenía el poder para vencer la muerte física. De María, Su madre terrenal, heredó la capacidad de morir; de Dios, Su Padre inmortal, heredó el poder de vivir para siempre o de entregar la vida y volverla a tomar. Él solo podía redimirnos de nuestros pecados; puesto que llevó una vida perfecta y sin pecado, estaba libre de las demandas de la justicia y podía pagar la deuda por quienes se arrepienten.

La expiación de Jesucristo incluyó Su padecimiento por los pecados de la humanidad en el Jardín de Getsemaní, el derramamiento de Su sangre, Su sufrimiento y muerte en la cruz, y Su resurrección literal. Él fue el primero en resucitar. Se levantó de la tumba con un cuerpo glorificado e inmortal de carne y hueso (véase Lucas 24:36–39). Debido a Su expiación, todo el género humano resucitará con un cuerpo perfecto e inmortal, y serán llevados de regreso a la presencia de Dios para ser juzgados. El sacrificio expiatorio de Jesucristo proporcionó el único modo de que seamos limpiados y perdonados por nuestros pecados a fin de poder morar en la presencia de Dios eternamente (véanse Isaías 1:18; D. y C. 19:16–19).

Como parte de Su expiación, Jesucristo no solo padeció por nuestros pecados, sino que también tomó sobre sí los dolores, tentaciones, enfermedades y dolencias de todo el género humano (véanse Isaías 53:3–5; Alma 7:11–13). Él comprende nuestros padecimientos porque los ha experimentado. Al acudir a Él con fe, el Salvador nos fortalecerá para que llevemos nuestras cargas y logremos tareas que no podríamos realizar por nuestra propia cuenta (véase Mateo 11:28–30; Éter 12:27).

Sin embargo, al pagar el precio de nuestros pecados, Jesucristo no nos eximió de nuestra responsabilidad personal. A fin de aceptar Su sacrificio, ser limpiados de nuestros pecados y heredar la vida eterna, debemos ejercer la fe en Él, arrepentirnos, bautizarnos, recibir el Espíritu Santo, y perseverar fielmente hasta el final de la vida.

La fe en Jesucristo

El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo. Nuestra fe conduce a la salvación solo cuando está centrada en Jesucristo (véase Helamán 5:12).

Tener fe en Cristo incluye creer firmemente que Él es el Hijo Unigénito de Dios y el Salvador del mundo. Reconocemos que la única manera en que podemos volver a vivir con nuestro Padre Celestial es al confiar en la expiación infinita de Su Hijo, y confiar en Jesucristo y seguir Sus enseñanzas. La fe es más que una creencia pasiva; la verdadera fe en Jesucristo lleva a la acción y se expresa mediante la forma en que vivimos (véase Santiago 2:17–18). Nuestra fe aumenta a medida que oramos, estudiamos las Escrituras y obedecemos los mandamientos de Dios.

El arrepentimiento

La fe en Jesucristo y nuestro amor por Él y el Padre Celestial nos conducen a arrepentirnos. El arrepentimiento es parte del plan del Padre Celestial para todos Sus hijos que sean responsables de sus decisiones. Ese don es posible mediante la expiación de Jesucristo. Es un cambio en la manera de pensar y en el corazón; incluye apartarnos del pecado y tornar nuestros pensamientos, acciones y deseos hacia Dios, y poner nuestra voluntad de conformidad con la de Él (véase Mosíah 3:19).

El arrepentimiento incluye reconocer nuestros pecados; sentir remordimiento (es decir, la tristeza según Dios) por haberlos cometido; confesarlos a nuestro Padre Celestial y, si fuera necesario, a otras personas; abandonar el pecado; procurar restituir hasta donde sea posible todo el daño ocasionado por dichos pecados, y llevar una vida de obediencia a los mandamientos de Dios (véase D. y C. 58:42–43). El Señor promete perdonar nuestros pecados al bautizarnos, y nosotros renovamos ese convenio cada vez que tomamos la Santa Cena sinceramente y con la intención de recordar al Salvador y guardar Sus mandamientos.

Por medio del arrepentimiento sincero y la gracia que se ofrece a través de la expiación de Jesucristo podemos recibir el perdón de Dios y sentir paz. Sentimos la influencia del Espíritu en mayor abundancia y estamos más preparados para vivir eternamente con nuestro Padre Celestial y Su Hijo.

4. La Restauración

Dios ha restaurado Su evangelio en estos últimos días al restablecer Sus verdades, la autoridad del sacerdocio y la Iglesia sobre la tierra. Los profetas de la antigüedad predijeron la restauración del Evangelio de los últimos días (véanse Isaías 29:13–14; Hechos 3:19–21).

La Restauración comenzó en 1820. Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieron a José Smith en respuesta a la oración de este, y lo llamaron para que fuera el Profeta de la Restauración (véase José Smith—Historia 1:15–20). Dios llamó a José Smith para que fuese un testigo en los últimos días del Cristo Viviente. Como el Profeta de la Restauración, José Smith tradujo el Libro de Mormón por el don y el poder de Dios (véase D. y C. 135:3). Junto con la Biblia, el Libro de Mormón testifica de Jesucristo y contiene la plenitud del Evangelio (véase Ezequiel 37:15–17). El Libro de Mormón también es testigo del llamado profético de José Smith y de la veracidad de la Restauración.

Como parte de la Restauración, Dios envió mensajeros angelicales para restaurar el Sacerdocio Aarónico y el Sacerdocio de Melquisedec. Luego mandó que Su Iglesia se organizara de nuevo sobre la tierra el 6 de abril de 1830. Ya que la ha establecido Dios mismo, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30).

La apostasía

A causa de la apostasía, se hizo necesaria la restauración de las verdades de Dios, de la autoridad del sacerdocio y de la Iglesia. La apostasía sucede cuando una o más personas se apartan de las verdades del Evangelio.

Después de la crucifixión del Salvador y de la muerte de Sus apóstoles, muchas personas se apartaron de las verdades que el Salvador había establecido (véase 2 Tesalonicenses 2:1–3). Los principios del Evangelio y algunas partes de las Sagradas Escrituras se corrompieron o extraviaron. Se hicieron modificaciones no autorizadas en la organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio. Debido a esa iniquidad generalizada, el Señor quitó de la tierra la autoridad y las llaves del sacerdocio. Aunque había muchas personas buenas y sinceras que adoraban a Dios de acuerdo con la luz que tenían y que recibían respuesta a sus oraciones, el mundo quedó sin la revelación divina que se recibe mediante los profetas vivientes. A ese período se le conoce como la Gran Apostasía.

También hay otros períodos de apostasía generalizada que han ocurrido a lo largo de la historia del mundo.

Dispensación

Cuando los hijos de Dios han caído en un estado de apostasía, Él, con amor, les ha tendido una mano al llamar a profetas y dispensar (proporcionar) de nuevo las bendiciones del Evangelio a la gente mediante Sus profetas. Un período de tiempo en el que el Señor revela Sus verdades, Su autoridad del sacerdocio y Sus ordenanzas se denomina dispensación. Se trata de un período en el que el Señor tiene al menos un siervo autorizado sobre la tierra que posee el santo sacerdocio y que tiene la comisión divina de dispensar (declarar) el Evangelio y administrar sus ordenanzas.

Las dispensaciones se corresponden con Adán, Enoc, Noé, Abraham, Moisés, Jesucristo y otras personas. La restauración del Evangelio de los últimos días, el cual el Señor comenzó por medio del profeta José Smith, es parte de ese modelo de dispensaciones.

En cada dispensación, el Señor y Sus profetas han procurado establecer Sión. Sión se refiere al del pueblo del convenio del Señor, son los puros de corazón, unidos en rectitud y que se preocupan el uno por el otro (véase Moisés 7:18). Sión también se refiere al lugar donde viven los puros de corazón.

En la actualidad vivimos en la última dispensación: la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Es la única dispensación que no terminará en apostasía. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, con el tiempo, llenará la tierra y permanecerá para siempre (véase Daniel 2:44).

5. Los profetas y la revelación

Un profeta es una persona que ha sido llamada por Dios para hablar en Su nombre (véanse Jeremías 1:4–5; Amós 3:7; Juan 15:16; D. y C. 1:37–38). Los profetas testifican de Jesucristo y enseñan Su evangelio, dan a conocer la voluntad y el verdadero carácter de Dios, condenan el pecado, advierten sobre sus consecuencias y nos ayudan a evitar el engaño (véanse Ezequiel 3:16–17; Efesios 4:11–14). En ocasiones, profetizan acerca de acontecimientos futuros. Los profetas pueden cumplir con esas responsabilidades porque reciben autoridad y revelación de Dios.

La revelación es la comunicación de Dios con Sus hijos. La mayor parte de la revelación llega a través de impresiones, pensamientos y sentimientos que provienen del Espíritu Santo. La revelación también puede recibirse por medio de visiones, sueños y visitas de ángeles.

Durante Su ministerio terrenal, y luego en nuestra época, el Señor organizó Su Iglesia sobre el fundamento de los profetas y los apóstoles (véase Efesios 2:19–20). El Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el profeta de Dios para todo pueblo de la tierra en la actualidad. Sostenemos al Presidente de la Iglesia como profeta, vidente y revelador, y como la única persona sobre la tierra que recibe revelación para dirigir toda la Iglesia. Si recibimos y obedecemos con fidelidad las enseñanzas del Presidente de la Iglesia, Dios nos bendecirá para que podamos evitar el engaño y la maldad (véase D. y C. 21:4–6). También sostenemos a los consejeros de la Primera Presidencia y a los miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores.

Las Escrituras, la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y La Perla de Gran Precio, contienen revelaciones dadas por medio de profetas de la antigüedad y de los últimos días. Al estudiar las palabras de los profetas, aprendemos la verdad y recibimos guía.

Aunque Dios da revelación a través de los profetas para guiar a todos Sus hijos, las personas pueden recibir revelación que las ayude en sus necesidades, responsabilidades y preguntas específicas, y que contribuya a fortalecer sus testimonios. Sin embargo, la inspiración personal del Señor nunca contradice la revelación que Dios da mediante Sus profetas.

6. El sacerdocio y las llaves del sacerdocio

El sacerdocio es el poder y la autoridad eternos de Dios. Por medio del sacerdocio, Dios creó y gobierna los cielos y la Tierra. Por medio de ese poder Él redime y exalta a Sus hijos.

Dios da la autoridad del sacerdocio a los miembros de la Iglesia varones que sean dignos a fin de que actúen en Su nombre para la salvación de Sus hijos y para edificarlos (véase D. y C. 121:36, 41–42).

Las llaves del sacerdocio constituyen el derecho de presidir, es decir, el poder que Dios da al hombre para gobernar y dirigir el Reino de Dios sobre la tierra (véase Mateo 16:15–19). Las llaves del sacerdocio son necesarias para dirigir la predicación del Evangelio y la administración de las ordenanzas de salvación.

Jesucristo posee todas las llaves del sacerdocio pertenecientes a Su Iglesia y ha conferido sobre cada uno de Sus apóstoles todas las llaves pertenecientes al Reino de Dios en la tierra. El Presidente de la Iglesia es la única persona sobre la tierra autorizada a ejercer todas las llaves del sacerdocio. Los presidentes de templo, los presidentes de misión, los presidentes de estaca, los obispos y los presidentes de cuórum también poseen llaves del sacerdocio para presidir y dirigir la obra que se les ha encomendado.

Todos los que prestan servicio en la Iglesia, tanto hombres como mujeres, son llamados bajo la dirección de alguien que posee llaves del sacerdocio, por lo tanto, tienen derecho al poder necesario para servir y cumplir con las responsabilidades de sus llamamientos (véase D. y C. 42:11).

Quienes están ordenados al Sacerdocio Aarónico y al Sacerdocio de Melquisedec entran en el juramento y convenio del sacerdocio. Si magnifican su llamamiento y reciben fielmente al Señor y Sus siervos, obtendrán las bendiciones de la exaltación. A las mujeres también se prometen las bendiciones de la exaltación conforme sean fieles a los convenios que han hecho con el Señor.

Sacerdocio Aarónico

Al Sacerdocio Aarónico se le suele llamar sacerdocio preparatorio. El Sacerdocio Aarónico “tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo” (D. y C. 13:1). Mediante el ejercicio de ese sacerdocio se prepara, bendice y reparte la Santa Cena. Los oficios del Sacerdocio Aarónico son diácono, maestro, presbítero y obispo.

Sacerdocio de Melquisedec

El Sacerdocio de Melquisedec es el sacerdocio mayor y “posee el derecho de presidir, y tiene poder y autoridad sobre todos los oficios en la iglesia en todas las edades del mundo, para administrar en las cosas espirituales” (D. y C. 107:8). Todas las bendiciones, las ordenanzas, los convenios y las organizaciones de la Iglesia se administran bajo la autoridad del Presidente de la Iglesia, que es el Presidente del Sacerdocio de Melquisedec. Ese sacerdocio se confirió a Adán y ha estado en la tierra cada vez que el Señor ha revelado Su evangelio. Los oficios del Sacerdocio de Melquisedec son élder, sumo sacerdote, patriarca, Setenta y Apóstol.

7. Las ordenanzas y los convenios

Ordenanzas

Una ordenanza es un acto sagrado que se efectúa mediante la autoridad del sacerdocio. Dios ha dispuesto cada ordenanza a fin de enseñar verdades espirituales, con frecuencia, mediante simbolismos.

Algunas ordenanzas son esenciales para la exaltación y se llaman ordenanzas de salvación. Solamente podemos obtener todas las bendiciones que están a nuestro alcance a través de la expiación de Jesucristo si recibimos las ordenanzas de salvación y guardamos los convenios correspondientes. Sin esas ordenanzas de salvación no podemos llegar a ser semejantes a nuestro Padre Celestial ni regresar a vivir en Su presencia eternamente (véase D. y C. 84:20–22). Las ordenanzas de salvación se efectúan bajo la dirección de quienes poseen las llaves del sacerdocio.

La primera ordenanza de salvación del Evangelio es el bautismo por inmersión en agua, efectuado por alguien que tenga la autoridad. El bautismo es necesario para que la persona sea miembro de la Iglesia de Jesucristo y para que entre en el Reino Celestial (véase Juan 3:5).

Después del bautismo, uno o más poseedores del Sacerdocio de Melquisedec confirman a la persona miembro de la Iglesia y confieren sobre esta el don del Espíritu Santo (véase 3 Nefi 27:20). El don del Espíritu Santo no es lo mismo que la influencia del Espíritu Santo. Antes del bautismo, la persona puede sentir la influencia del Espíritu Santo y recibir un testimonio de la verdad. Después de recibir el don del Espíritu Santo, la persona que guarda sus convenios tiene derecho a la compañía constante del Espíritu Santo.

Entre otras ordenanzas de salvación se hallan la ordenación al Sacerdocio de Melquisedec (para los varones), la investidura del templo y el sellamiento en matrimonio. Esas ordenanzas de salvación también pueden efectuarse de forma vicaria en el templo a favor de personas fallecidas. Las ordenanzas vicarias entran en vigor solo cuando las personas fallecidas las aceptan en el mundo de los espíritus y honran los convenios relacionados con dichas ordenanzas.

Otras ordenanzas, como la bendición de los enfermos y la bendición de los niños, también son importantes para nuestro progreso espiritual.

Convenios

Un convenio es un acuerdo sagrado entre Dios y el hombre. Dios establece las condiciones del convenio y nosotros nos comprometemos a hacer lo que Él nos pide. Dios, a Su vez, nos promete ciertas bendiciones por nuestra obediencia (véanse Éxodo 19:5–6; D. y C. 82:10). Si no cumplimos con nuestros convenios, no recibiremos las bendiciones prometidas.

Todas las ordenanzas de salvación del sacerdocio incluyen convenios. Por ejemplo, hacemos convenio con el Señor mediante el bautismo (véase Mosíah 18:8–10) y los varones que reciben el Sacerdocio de Melquisedec entran en el juramento y convenio del sacerdocio. Renovamos los convenios que hemos hecho al tomar la Santa Cena.

Concertamos convenios adicionales cuando recibimos las ordenanzas de salvación de la investidura y el sellamiento en matrimonio en el templo. Nos preparamos para participar en las ordenanzas y hacer convenios en el templo al vivir las normas de dignidad que el Señor ha establecido (véase Salmos 24:3–4). Es esencial que seamos dignos de entrar en el templo, puesto que este es literalmente la Casa del Señor. Es el lugar más sagrado de todos los sitios de adoración de la tierra.

8. El matrimonio y la familia

El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y la familia es fundamental en Su plan de salvación y para nuestra felicidad (véanse Génesis 2:24; D. y C. 49:15–17). El hombre y la mujer solo pueden lograr su potencial divino y eterno al concertar y guardar fielmente el convenio del matrimonio celestial (véanse 1 Corintios 11:11; D. y C. 131: 1–4).

Dios ha mandado a Sus hijos multiplicarse y henchir la tierra (véase Génesis 1:28). Los sagrados poderes de la procreación han de emplearse solo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa (véanse Génesis 39:9; Alma 39:9). El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos. Los padres deben criar a sus hijos con amor y rectitud y proveer para sus necesidades físicas y espirituales.

La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro.

El divino plan de felicidad permite que las relaciones familiares se perpetúen más allá del sepulcro. Se ha creado la tierra y se ha revelado el Evangelio a fin de que se puedan formar familias, y de que estas puedan sellarse y ser exaltadas por la eternidad. Por medio de la Historia Familiar y del servicio en el templo podemos brindar las ordenanzas y los convenios del Evangelio a nuestros antepasados (véase Malaquías 4:5–6).

(Adaptado de “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129).

9. Los mandamientos

Los mandamientos son las leyes y los requisitos que Dios nos da para ayudarnos a progresar y llegar a ser semejantes a Él. Los mandamientos son una manifestación del amor que Dios nos tiene. Cuando cumplimos Sus mandamientos, demostramos nuestro amor a Dios (véase Juan 14:15). Guardar los mandamientos siempre traerá dicha y las bendiciones del Señor (véanse Mosíah 2:41; Alma 41:10). Dios no nos dará un mandamiento sin antes prepararnos la vía para que lo obedezcamos (véase 1 Nefi 3:7).

Los dos mandamientos más básicos son: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente… Y… amarás a tu prójimo como a ti mismo” (véase Mateo 22:36–39). Solo podemos amar y servir a Dios al optar por amar y servir a los demás (véanse Mosíah 2:17; Moroni 7:45, 47–48).

Uno de los primeros mandamientos dados al hombre fue santificar el día de reposo. Dios manda a Sus hijos honrarlo al hacer Su voluntad en vez de la propia en el día de reposo, y promete grandes bendiciones a quienes santifican Su día (véase Isaías 58:13–14).

Los Diez Mandamientos son una parte esencial del Evangelio y son principios eternos necesarios para nuestra exaltación (véase Éxodo 20:3–17). El Señor los reveló a Moisés en la antigüedad y los ha repetido en las revelaciones de los últimos días.

Los mandamientos de Dios comprenden orar a diario, estudiar la palabra de Dios, arrepentirse, obedecer la ley de castidad, pagar un diezmo íntegro (véase Malaquías 3:8–10), ayunar (véase Isaías 58:6–7), perdonar a los demás (véase D. y C. 64:9–11), guardar la Palabra de Sabiduría (véase D. y C. 89:18–21), y enseñar el Evangelio a otras personas (véanse Mateo 5:14–16; D. y C. 18:15–16).

Para obtener más información sobre estos temas, véase gospeltopics.lds.org o Leales a la fe: Una Referencia del Evangelio, 2004.