En 1956, algunos Santos de los Últimos Días de los Estados Unidos que vivían en Perú organizaron una rama y solicitaron una misión oficial en el país. Para 1959, cuando se abrió la Misión Andes, ya se habían unido a la Iglesia setecientos peruanos. El rápido crecimiento continuó y, para la década de 1980, el Evangelio se enseñaba tanto en español como en quechua.
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En 1851, mientras residía en Chile, el élder Parley P. Pratt, del Cuórum de los Doce Apóstoles, vio en Perú un campo potencialmente fértil para la predicación del Evangelio. “Tenía un gran deseo de ir a Perú”, escribió más tarde, “pero los bolsillos vacíos y el español a media lengua, que apenas me había permitido empezar a hablar torpemente en ese idioma […], se combinaron para hacerme esperar un poco”.
Aunque se hicieron algunos esfuerzos, pasó más de un siglo antes de que el sueño de Pratt de establecer la Iglesia en Perú se hiciera realidad. En julio de 1956, se organizó una rama en Lima y los miembros, principalmente estadounidenses que trabajaban en el país, comenzaron a invitar a sus vecinos a reuniones en sus hogares. Los misioneros llegaron un mes después. En 1959, cuando se organizó la Misión Andes en Lima, más de setecientos conversos habían sido bautizados y se habían organizado tres ramas.
Gracias al rápido crecimiento, hubo hombres jóvenes de todo Perú que aceptaron llamamientos para servir como misioneros de construcción y recibieron capacitación práctica en oficios de construcción mientras construían los tan necesarios centros de reuniones en todo el país. El crecimiento continuó a medida que los miembros siguieron “proclama[ndo] [el] evangelio sempiterno” de ciudad en ciudad (véase Doctrina y Convenios 99:1) en español y quechua, una lengua indígena local. En 1986, se dedicó el Templo de Lima, Perú, el primero de los cuatro templos que hay en el país. Dos años más tarde, se organizaron siete estacas en Lima en solo dos días, con lo que la cantidad total de estacas en el país ascendió a treinta y cuatro, en Lima, Sicuani, Trujillo, Arequipa, Chimbote, Chiclayo, Iquitos, Tacna, Piura, Huancayo y Cusco.
Los santos peruanos han mostrado incomparable fe y devoción al Evangelio y sus comunidades. En medio de la violencia, los desastres naturales y la agitación política, han permanecido unidos en amor y han servido a los vivos y a los muertos.