Flower
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El Señor me envió flores

Camille Cazier
05/28/21 | 4 min de lectura
Es a partir de las pruebas y el dolor que los hermosos ramos de flores cobran vida y nos damos cuenta de que no hemos estado solos: nuestro Salvador ha estado allí todo el tiempo.

Cuando era niña, me encantaba visitar a mi abuela en Oregón. Ella tenía un hermoso jardín y a menudo se tomaba el tiempo para enseñarme los nombres de todas las plantas y flores. Después de eso yo entraba en la casa y escribía los nombres de las plantas que había aprendido ese día en una pizarra con forma de dinosaurio que ella tenía a mano para sus nietos.

Me encantan esos recuerdos especiales que compartí con mi abuela en su jardín. Me emocionaba recorrerlo y pronunciar los nombres de todas las plantas que ella me había enseñado. De esas preciadas experiencias floreció mi amor por las flores.

Cuando mi hermano y su familia se mudaron lejos de Utah, nos dieron un cactus de Navidad. No sabía que así se llamaba la planta; durante los primeros dos años que la tuvimos, no supe nada sobre ella. No fue sino hasta principios de junio de 2019 que tuvo su primera flor. Era amarilla, mi color de flor favorito; duró solo unas cuantas semanas, y desapareció.

Justo antes de que floreciera, mi esposo y yo habíamos recibido la devastadora noticia de que el bebé que esperábamos había muerto semanas antes de nuestra primera cita médica. Estábamos desconsolados y conmocionados porque no había habido ninguna señal de que algo estuviera mal, con excepción de una suave impresión que había tenido unas semanas antes, de que todo iba a estar bien. El 6 de junio finalmente supe a qué se debía esa impresión, pero sentí poco consuelo en ese momento.

Una de mis palabras favoritas es fortuito: que ocurre o que se descubre por casualidad de una manera feliz o beneficiosa. La flor que produjo mi cactus de Navidad fue precisamente eso: un regalo fortuito. Llegó en un tiempo de pesar y, por algunos momentos, atenuó el dolor e hizo que la vida pareciera brillante. También fue un recordatorio de lo delicada que era la vida y de que debíamos atesorar nuestras hermosas experiencias para poder disfrutarlas mucho después de que se hubieran marchitado.

Unos meses después de ese incidente volví a quedar embarazada, pero el 10 de noviembre de 2019, cuando estaba de poco más de siete semanas, comencé a sangrar mucho. Luego de una visita a la sala de urgencias ya entrada la noche, el médico nos envió a casa con la seguridad de que el bebé estaba bien y que el sangrado debía detenerse pronto. No fue así. Perdimos al bebé, mi familia y yo nos abrazamos mientras llorábamos, incapaces de hacer más. Quedamos con la mirada fija hacia la nada, conmocionados una vez más por lo que estábamos viviendo. Los días siguientes fueron oscuros y solitarios. No habíamos perdido a uno sino a dos preciados bebés y desconocíamos porqué o cómo.

La Navidad estaba a unas cuantas semanas. A pesar de nuestra reciente tristeza, lo pasamos de maravilla con la familia y disfrutamos de estar todos juntos durante más o menos una semana. Muy pronto llegó el momento de irnos, empacamos nuestras cosas, las subimos al auto y nos dirigimos a casa. Mientras conducíamos, reflexionamos sobre el tiempo que habíamos disfrutado con la familia y cómo había crecido nuestro amor y reverencia por el Salvador. Hablamos de que el día de Navidad no había sido tan difícil como yo esperaba, aunque era la fecha prevista para el nacimiento del primer bebé que habíamos perdido.

Condujimos durante horas y finalmente llegamos a casa. Al encender la luz para entrar en nuestra habitación, vi algo colorido y brillante en la esquina: flores en el cactus de Navidad. El Señor me había enviado flores. En más de tres años, el cactus de Navidad solo había florecido una vez y eso fue poco tiempo después de nuestra primera pérdida. Ahora, después de un segundo aborto espontáneo igualmente devastador, la planta había dado muchas flores más, ¡un ramo entero! Me envolvió un sentimiento de calidez y amor, y supe que esas flores no eran una coincidencia; de hecho, su llegada fue muy intencional. Me sentí, al igual que Lehi, “… envuelt[a] entre los brazos de[l] […] amor [de Dios]”1.

Habíamos estado fuera más de una semana. Durante siete días, ese cactus de Navidad no había recibido agua ni luz del sol. Sin embargo, dio más de veinte hermosas flores mientras estábamos lejos.

Lo que he empezado a comprender es que nuestro florecimiento completo posiblemente no ocurrirá sino hasta después de que nos hayamos visto sumidos en la noche más oscura. Es a partir de las pruebas y el dolor que los hermosos ramos de flores cobran vida y nos damos cuenta de que no hemos estado solos: nuestro Salvador ha estado allí todo el tiempo, brindándonos belleza cuando sentíamos que en el mundo ya no había ninguna. Él convierte nuestros pesares en rayos de sol, nuestro llanto en infinidad de oportunidades y bendiciones que apenas podemos imaginar. Él nos permite llorar, pero nos brinda Su hombro sobre el cual llorar. Y cuando estamos demasiado cansados para seguir caminando, nos lleva en Sus brazos hasta que recobramos las fuerzas. Él verdaderamente nos da paz y hace que cada experiencia sea para nuestro bien.

Me envió flores para recordarme que conoce mi corazón y sabe las cosas que más amo. Él estaba allí cuando caminaba con mi abuela en su hermoso jardín y Él sabía que se me inculcó el amor por las flores. Él estaba allí cuando sentí que mi tierra era estéril y envió flores amarillas para recordarme que Él puede lograr lo mejor a partir de lo peor.

“… Aférrense a Su amor. Sepan que un día el alba brillará intensamente y todas las sombras de la mortalidad huirán. Aunque sintamos que somos ‘como una vasija quebrada’, como dijo el salmista2, debemos recordar que esa vasija está en las manos del Alfarero Divino”3.

Podemos tener esperanza mañana y gozo hoy. Y si tan solo miramos, podemos ver Su delicada mano obrar. Él siempre está allí. Lo sé porque me envió flores.

Notas

1. 2 Nefi 1:15. 2. Salmo 31:12. 3. Jeffrey R. Holland, “Como una vasija quebrada”, Conferencia General de octubre de 2013.

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