Blog del Canal Mormón

    Sigue Su luz

    15 de diciembre de 2016

    Sigue Su luz

    Escrito por José Alberto López Zepeda de Guatemala

    La primera vez que manejé en una autopista lo hice para ir a ver a mis abuelos en San Marcos, aproximadamente a unos 250 kilómetros de  donde vivo, estaba emocionado por realizar el viaje y ser yo quien manejaría con la ayuda y dirección de mi padre, quien había viajado muchas veces por esa autopista para ir a ver a sus padres. Confiaba en mi padre y en su experiencia.

    En otras visitas previas, recuerdo haber visto en la autopista tramos de la misma que no tenían buena visibilidad, especialmente cuando llegaba la noche y la densa neblina del altiplano de Guatemala. Mientras conducía en mi primer viaje como novato en autopista, todo parecía perfecto, me sentía confiado, más que por mis habilidades como conductor, por llevar a mi padre guiándome por el camino. Sin embargo, no todo fue perfecto. De repente llegamos a un lugar llamado Las Trampas, ¿se imaginan por qué? Sí, la neblina es muy común en ese lugar y además es tan densa que llegas a sentirte atrapado por ella. En ese momento mi corazón empezó a latir más fuerte.

    Mi padre me decía: “no tengas miedo, sólo sigue las líneas”; y yo pensaba dentro de mí: “¿cuáles líneas?, no veo nada, absolutamente nada”. La señalización de la autopista no estaba en buen estado, y cada vez oscurecía más y yo me preguntaba por qué no habíamos salido más temprano, pero, hoy rescato una gran lección que quiero compartir contigo.

    La densidad de la neblina obliga a otros vehículos a encender sus luces y a disminuir la velocidad, mi padre lo sabía, y tenía una lección para mí. Mientras yo me esforzaba por ver las líneas que delimitaban la autopista, mi padre vio más adelante un par de luces rojas de otro auto que iba adelante y me dijo: “seguí las luces y no te despegues de ellas”; yo hacía lo mejor que podía para no despegarme, pero a veces desconfiaba, bajaba la velocidad y quedaba a la deriva para seguir esforzándome más de la cuenta por distinguir las líneas de la autopista. De repente, nos rebasaba otro auto y mi padre volvía a decirme: “pégate, y no las dejes ir”; a veces pensaba en: “¿y si esas luces se descarrilan?, ¿y si nos vamos al barranco los dos?”; pero mi padre insistía en que las siguiera.

    Estaba angustiado y desesperado por salir de esa trampa, quería ver con claridad y que la luz dirigiera mi camino seguro a casa de mis abuelos. Pensaba en los ricos tamalitos con queso que hacia la abuela y el chocolate caliente para aliviar el frío. Pensaba en mi madre y mis hermanos que se habían quedado en casa. No podía perder de vista esas luces rojas del auto que iba delante de nosotros, tenía que mantener el paso y confiar en que juntos saldríamos de ahí. Me resolví a hacerlo.

    Me mantuve cerca de esas luces, pero lo suficientemente separado para frenar, si la situación lo requería, por momentos se adelantaba y tenía que acelerar más, de repente se intensificaban las luces y yo disminuía la velocidad, estaba muy atento a todos sus movimientos y quería anticiparlos para no causar ningún accidente. Después de unos veinte minutos de angustia y desesperación, por fin salimos, la niebla se empezó a desvanecer y el camino se hizo más claro, podía ver mis luces y me sentía más tranquilo. “Ya pasó”, dijo mi padre, “sigamos”. Seguimos hasta que llegamos a la casa de los abuelos, lo peor ya había pasado.

    Al recordar esa experiencia de hace más de diez años, pienso en lo importante que fueron esas luces rojas para ayudarme a atravesar la densa neblina de Las Trampas; y también en la importancia que la luz tiene en nuestras vidas.

    ¿Qué sería del mundo sin luz? ¿Podríamos acaso vivir sin ella? El sol es nuestra mayor fuente de luz. Ilumina nuestro día, nuestro camino, nuestros pasos, nos permite ver lo que hay delante porque nuestros ojos son receptores de luz.

    Hay todavía una luz mayor que el sol, esa luz ilumina nuestro espíritu y nuestro paso por la vida, es una luz que no se apaga y que nunca pierde su brillo, y el que no la ve es porque ha dirigido su vista en otra dirección. Esa es la luz de Cristo. Él ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Juan 8:12)

    ¿Alguna vez te has sentido perdido en la vida, sin saber qué hacer o a dónde ir? ¿Has sentido alguna vez que el pesar y las penas de la vida te abruman como densa neblina? ¿Te has enfrentado a problemas sin saber cómo resolverlos? ¿Has sentido la necesidad de pedir ayuda en esos momentos, aunque sea un poco de luz? Yo sí.

    En esos momentos he tenido que dirigir mi vista hacia Cristo –mi  fuente de luz para vida– y  dejar que su luz ilumine mi camino en la vida. Me he preguntado: ¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar? ¿Cómo puedo actuar como Él?

    Ayer, mientras caminaba con un compañero de trabajo, vimos sobre uno de los carriles de la calle a un hombre que necesitaba ayuda para orillar su vehículo de carga y dejar de bloquear el paso en una calle muy transitada, vi la angustia en su rostro, mi compañero también, nos miramos y dijimos: “necesita ayuda”. Llamamos a otros dos hombres que pasaban por ahí y juntos empujamos el vehículo hasta el arcén. El hombre con alegría nos dijo: “muchas gracias”; pronto llegaría un amigo a remolcarlo. Cristo hubiera hecho eso y más; nosotros seguimos su luz para aliviar la carga de otro.

    Por la noche visité a una amiga que tiene a su esposo en el hospital. En la mañana me había dicho que necesitaba hablarme, no dude en ir después del trabajo. Cuando llegué platicamos en una banca del hospital, me contó sobre lo abrumada que se sentía a causa de la enfermedad de su esposo, la escuché y le animé para que mantuviera el ánimo y la fe de que todo saldría bien. Oré con ella, por su esposo y por su familia. Cristo hubiera hecho eso y más.

    En la noche oscura, a veces escucho pasitos o vocecitas que se acercan a mí: “Papi, tengo miedo”, “Papi, quiero agua”, o simplemente no dicen nada y solo extienden sus brazos mientras se frotan los ojos cargados de sueño. Después de un día cargado por el trabajo y todos los quehaceres puedo elegir ignorar esos pasitos y vocecitas y quedarme en la cama, o puedo ver la luz de Cristo y actuar como lo haría Él. Dar consuelo, alivio y descanso.

    Hay gozo al seguir Su luz, y más gozo por la luz que puedes dar a los demás. No la pierdas de vista, Su camino es seguro. Síguela, ilumina tu vida e ilumina el mundo.

    “Vosotros sois la luz del mundo”.