Nikki Maxon
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Cómo el Evangelio y la educación me ayudaron a descubrir mi valor divino

Nikki Maxon
07/05/22 | 3 min de lectura
Como madre soltera y recién conversa, me encontraba en un vaivén entre lo que una vez fui y lo que estaba esforzándome por llegar a ser.

Al crecer con padres divorciados, me costó saber quién era, dónde encajaba y qué función desempeñaba en mi familia. Estos sentimientos me acompañaron en la secundaria y en la universidad. Para hacer frente a esta situación, me rebelé y me automediqué, lo que me llevó a dejar la universidad después del primer semestre y regresé a casa en Arizona, EE. UU.

Fue entonces cuando conocí a una familia de miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, quienes me invitaron a asistir a la Iglesia con ellos. El primer domingo que asistí, me invadió un sentimiento de paz y pertenencia que nunca antes había sentido. Así que cuando me invitaron a aprender más con los misioneros, acepté y fui bautizada poco después.

En un extraño giro del destino, me enteré de que estaba embarazada justo después de mi bautismo. Me sobrevino un cúmulo de sentimientos encontrados que me dejó en una situación que parecía imposible. Intentaba comprender esta nueva y a veces difícil fe. Sabía que necesitaba formar parte de la Iglesia, pero no entendía los matices de sus enseñanzas. Esto preparó el camino para abrazar mi nueva fe y comenzar el viaje para convertirme por completo.

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Mientras intentaba conciliar mis experiencias y decisiones pasadas, a menudo me preguntaba: “¿Qué significa eso ahora que estoy bautizada? ¿Dónde encajo?”.

Siendo una madre joven y soltera, me mudé a Virginia Occidental para estar más cerca de mi familia y recuperarme. Conseguí un trabajo básico que apenas me permitía llegar a fin de mes. Para proveer una vida mejor a mi hija, me di cuenta de que no solo necesitaría una educación académica, sino las habilidades para obtener un mejor empleo. Mi trabajo me ofrecía reembolso de matrícula, así que empecé a asistir a la universidad por las tardes y los fines de semana mientras trabajaba a tiempo completo.

A pesar de todo, me esforzaba por superar la maternidad sin cónyuge, superarme y nutrir mi testimonio de fe como nueva miembro de la Iglesia. Sentí como si me encontrara en un vaivén entre lo que una vez fui y lo que estaba esforzándome por llegar a ser.

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Afortunadamente tuve unos obispos amorosos y atentos que no estaban dispuestos a dejar que me rindiera. Me dieron un llamamiento y un propósito, y me ayudaron a sentir que tenía un lugar en la Iglesia. Uno de ellos me animó a hacer del templo una prioridad. Mientras me preparaba para entrar en el templo, conocí a mi futuro esposo y tuve que tomar la difícil decisión de interrumpir mi educación para mudarme a Texas y comenzar nuestra vida juntos. Solo me faltaba un semestre para graduarme, pero puse mi confianza en el tiempo del Señor y di un salto de fe.

Aunque mi familia se convirtió en mi prioridad, el deseo de terminar mis estudios aún permanecía en mi corazón, y obtener mi título iba a ser más importante de lo que podía entender en ese momento.

En Texas investigué opciones de titulación, pero ninguna de ellas satisfacía mis necesidades. La mayoría eran demasiado caras para nosotros en ese momento y me requeriría estar lejos de mi creciente familia. Entonces, un domingo, me presentaron BYU–Pathway Worldwide. Los misioneros de servicio compartieron cómo los cursos estaban diseñados para ser asequibles, flexibles y para apoyar otras prioridades importantes en la vida como el trabajo, la familia y el Evangelio.

¡Fue un momento extraordinario! Fue como si el Señor me hubiera abierto una nueva puerta, diciendo: “Oye, veo tus esfuerzos”. Me di cuenta de que era la oportunidad perfecta para terminar lo que había comenzado y me postulé de inmediato.

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Mientras tomaba cursos y asistía a reuniones académicas y religiosas semanalmente, me di cuenta de que la parte más importante era la educación que recibía acerca de Jesucristo. Siempre había tenido fe en Él, pero el tiempo que pasé en BYU–Pathway consolidó mi conocimiento del Evangelio. Incluir a Dios en mis estudios aumentó mi comprensión y me dio una perspectiva de lo que realmente podía lograr.

BYU–Pathway me ayudó a terminar mi licenciatura y, gracias a la inspiración de una amiga de mi familia, decidí seguir mi meta de toda la vida en la Facultad de Derecho. Todo el trabajo y esfuerzo de años anteriores culminaron en mi admisión a la Facultad de Derecho J. Reuben Clark de BYU. Realmente fue la mano del Señor.

Gracias a mi experiencia al abrazar mi nueva fe y procurar continuamente la formación académica, ahora sé lo que significa ser una hija de Dios, lo mucho que Él me ama, y mi capacidad para crecer y convertirme en la persona que Él sabe que puedo ser.

Nikki Maxon

Nikki vive en Utah, EE. UU., y está haciendo un doctorado en Leyes en la Facultad de Derecho J. Reuben Clark de la Universidad Brigham Young. Espera poder orientar a otras personas a través de su formación jurídica y capacitarlas para que procuren alcanzar sus metas. Fuera de la escuela, Nikki pasa tiempo con su familia.

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