Mother and Child
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Dame sostén

Laura A. Goodman
12/17/21 | 3 min de lectura
En esas primeras semanas, tuve la fuerte sensación de que mi bebita vino a la tierra con una estrecha conexión con el cielo. Ella conocía a Cristo, lo amaba y confiaba en Él.

El día antes de Navidad, en las primeras horas de la mañana, me encontraba acurrucada en el suelo, exhausta, escuchando una de mis canciones navideñas favoritas y repitiendo mentalmente el estribillo como una manera de concentrarme a pesar del dolor.

Nunca antes me había interesado esa canción de Navidad, pero ese año fue bastante conmovedora. Por primera vez en mi vida, comprendí algunas de las emociones de la canción, que se canta desde la perspectiva de María en otra Nochebuena hace mucho tiempo.

Aunque yo daría a luz en un hospital (no en un establo) y mi hija era mortal (no el tan esperado Mesías), todavía se percibe un sentimiento de enormidad que acompaña el nacimiento de un hijo y el llegar a ser madre. A medida que mi cuerpo entraba en las primeras etapas del trabajo de parto, me di cuenta de que yo oraba muchas de las palabras de esa canción: “Dame sostén”, “Acompáñame ahora”, “Hazme fuerte”. Me adentraba en algo nuevo y desconocido. Sin embargo, oré con la certeza de que en realidad no estaba sola, y con la seguridad de que, con el apoyo celestial, podría cumplir con la tarea que tenía por delante.

Durante tres noches seguidas había experimentado contracciones dolorosas (y dormía mal). No obstante, esa mañana, en lugar de calmarse con el amanecer, mis contracciones aumentaron y se intensificaron, llegando finalmente a intervalos regulares, la señal que había esperado para marcar el advenimiento del nacimiento prometido. Mi esposo y yo fuimos al hospital. Gracias a la medicina moderna, pude entonces tener un descanso de mis dolores de parto e incluso tomé una siesta muy necesaria.

La parte más tierna del trabajo de parto para mí fue justo antes de que naciera la bebita. La enfermera había ido a llamar al médico y a preparar todo. El sosiego reinó mientras solo estábamos mi esposo y yo en la habitación. Me sentí muy tranquila y oramos juntos.

Sentí que el cielo nos rodeaba. Nuestra bebé estaba a punto de pasar por el velo hacia este mundo. Nos pareció que ángeles de ambos lados del velo vinieron para asistir en ese nacimiento para apoyarla a ella y a nosotros al pasar por ese momento. De modo que mi bebita vino a este mundo, rodeada de amor.

Pasé el día de Navidad en el hospital aprendiendo a alimentar a una recién nacida. Nunca he estado más agradecida de que Cristo mismo haya venido a este mundo como un bebé. No me había imaginado que la lactancia fuera tan difícil. Derramé lágrimas de frustración al sentir que estaba luchando con mi bebé, desesperada por darle el sustento que necesitaba.

Y aunque fue muy útil tener a un Salvador que me entendía a , lo que en verdad necesitaba era un Salvador que la entendiera a ella, porque yo no la entendía. No recuerdo lo que es ser una recién nacida. No obstante, Cristo “nac[ió] de María […] a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos” (Alma 7:10, 12).

Socorrer a Su pueblo incluye a jóvenes y a mayores. Por medio de esa experiencia, llegué a saber que Él la entendía, y Él me ayudó a entenderla. Con el tiempo, y mientras continuaba orando para suplicar ayuda para alimentarla, descubrí que las lágrimas y la frustración de ambas se convirtieron en momentos de paz y quietud que nos unieron, justo lo que necesitaba con mi bebé.

En esas primeras semanas, tuve la fuerte sensación de que mi bebé vino a la tierra con una estrecha conexión con el cielo. Ella conocía a Cristo, lo amaba y confiaba en Él. Ella sabía que Él la amaba y sintió Su influencia continua en su vida del otro lado del velo de la vida terrenal.

Ella me recuerda que Jesucristo es la persona que me da sostén en todo esto: llevarla en mis entrañas, darla a luz y ahora criarla. Él es mi Salvador en los grandes momentos de mi vida y en los momentos pequeños. Estoy agradecida por Él y por Su ayuda todos los días.


Laura A. Goodman
Laura vive en Utah con su esposo y sus dos hijas, quienes están entusiasmadas por dar pronto la bienvenida a un niño pequeño a la familia. A ella le encanta la oportunidad de ser madre de tiempo completo y está agradecida por la gracia de Cristo en la trayectoria de la crianza de los hijos.
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